Resumen: La expresión «mojigatería ambiental» describe bien al ambientalismo burgués, extremadamente conservador, anclado a una conciencia ambiental que surge en el seno del capitalismo y que tiene por fin aliviar la angustia del daño que causa mientras amplía las posibilidades de acumulación capitalista. Lo hace a través de obras de caridad y proyectos de conservación, con acciones que no alivian las causas estructurales de la destrucción ambiental o de la injusticia social, sino que limpian la imagen de un sistema altamente destructivo. Más aún, este tipo de ambientalismo refuerza peligrosas políticas racistas, machistas, clasistas y xenófobas.
En este
artículo exploro, con una perspectiva crítica feminista, algunos elementos del
ambientalismo burgués que expresan tal conservadurismo: el clasismo, el
esencialismo de la noción de naturaleza, el nacionalismo racista y xenófobo.
Conduzco el análisis de forma multiescalar de lo global a expresiones locales,
para concluir que la mojigatería ambiental nos impide pensar creativamente
en la transición hacia un mundo sin explotación capitalista, de allí la urgencia
de liberar al ambientalismo de su halo conservador.
Palabras
clave: ambientalismos,
naturaleza, ecofascismo, justicia ecosocial
Abstract: «Environmental
sanctimony» describes bourgeois environmentalism, extremely conservative,
anchored to an environmental consciousness that emerges within capitalism. This
type of environmentalism aims to alleviate the anguish of the damage that
capitalism causes while expanding the possibilities of capitalist accumulation.
It does so through charity and conservation projects, with actions that do not
alleviate the structural causes of environmental destruction or social
injustice, but rather clean up the image of a highly destructive system.
Furthermore, bourgeois environmentalism reinforces dangerous racist, sexist, classist
and xenophobic policies.
Within this context and from a feminist critical
perspective, in this article I explore some elements of bourgeois
environmentalism that express such conservatism: classism, the essentialism of
the notion of «nature», and racist and xenophobic nationalism. By conducting a
multi-scale analysis from the global to local expressions, I conclude that
environmental sanctimony prevents us from thinking creatively about the
transition to a world without capitalist exploitation, hence the urgency of
freeing environmentalism of its conservative halo.
Keywords: environmentalisms, nature, eco-fascism,
eco-social justice
Introducción
La mojigatería
ambiental («environmental sanctimomy» según Peet et al., 2011)
es un constructo que describe muy bien el ambientalismo burgués al que me
referiré en este texto. Dicen estos autores que, cuando el ser humano es
desprovisto de los medios de producción que le permiten vivir, su existencia
pierde sentido. Entonces surge la religión. Como dijo Marx, «la religión es el
corazón de un mundo que se ha quedado sin corazón, el alma de las condiciones
sin alma: es el opio del pueblo». Si esto se traduce en términos de
conciencia ambiental, cabe la siguiente afirmación (Peet et al., 2011:
14; mayúsculas en el original):
La agonía de
destruir la naturaleza se alivia a través de una mojigatería ambiental —llorar
sobre las heridas infligidas a la Tierra, lanzar plegarias a la Madre
Naturaleza—. Sin embargo, adorar a la Naturaleza no es suficiente para dar
sentido a un sistema de producción sin alma, que aliena al ser humano de la
naturaleza. Entonces, para que la producción capitalista adquiera sentido y
pueda continuar destruyendo la naturaleza día tras día, surge la filantropía en
la forma de «fondos de defensa ambiental» y de «inversión verde».
El
ambientalismo burgués, en esta línea de pensamiento, tiene por fin aliviar la
angustia del daño que causa el capitalismo. Lo hace a través de obras de
caridad y proyectos de conservación, con acciones que no alivian las causas
estructurales de la destrucción ambiental o de la injusticia social, sino que
limpian la imagen de un sistema altamente destructivo. Así sortea las críticas
al sistema —al que no busca cambiar— y alivia la culpa. Más aún, el
ambientalismo burgués tiene como único fin ampliar las posibilidades de
acumulación capitalista. Porque volverse verde también es negocio. En su
vertiente más conservadora, este tipo de ambientalismo defiende la conservación
de una naturaleza definida como prístina, virgen y ahistórica: en suma, pura.
Las perspectivas clasistas y racistas que afloran atribuyen a los pobres y
marginalizados la responsabilidad por las crisis ambientales, prestas a señalar
al «mal salvaje» (Ulloa, 2004), mientras que, con una lectura patriarcal,
feminizan a la naturaleza y resaltan su rol de cuidadora y reproductora, con el
resultado de amenazar la autonomía de los cuerpos femeninos (Asambleas del
Feminismo Comunitario, 2010). Cabe destacar que esta feminización de la
naturaleza dista mucho del esencialismo estratégico que las propias mujeres
indígenas parecen usar en su lucha contra las industrias extractivas al
autoidentificarse con la madre tierra como estrategia de cohesión y
confrontación política (Jenkins, 2015).
Este tipo de
ambientalismo, que ha existido desde los orígenes del movimiento, está dando
cada vez más espacio a ideologías racistas, clasistas y machistas de la mano de
discursos catastróficos asociados al cambio climático (Ojeda et al., 2019).
Un halo conservador, casi puritano, avanza peligrosamente incluso dentro de movimientos
antisistema y se acerca de forma peligrosa al ecofascismo[1] en tanto que «asocia un anhelo de pureza en la esfera ambiental
con un deseo de pureza racial en la esfera social» (Adler-Bell, 2019). Es el
tipo de ambientalismo que diagnostica que la sociedad humana en su totalidad
está enferma y pregona un cambio individual, en el mejor de los casos, y
soluciones neomalthusianas, en el peor.
Ambientalismo
burgués
El
ambientalismo se puede definir como un conjunto estándar de principios para
definir la forma en que los diferentes grupos humanos entienden la naturaleza y
la relación humano-naturaleza, así como el tipo de actividad política que son
propensos a emprender para abordar lo que perciben como problemas ambientales
(Heynen et al., 2007). La literatura especifica tres líneas de
pensamiento al respecto: una que establece la supremacía de los humanos sobre
la naturaleza, generalmente identificada con el pensamiento tecnocéntrico; otra
que asume que la naturaleza define y restringe el comportamiento humano,
asociada desde hace mucho tiempo con las perspectivas ecocéntricas, y una
tercera que reconoce la interconexión e interdependencia esenciales entre los
humanos y el mundo circundante (Guha, 1989; Castree, 2013). De acuerdo con este
encuadre triple, Guha y Martínez-Alier (1997) etiquetan estos diferentes
ambientalismos como el «culto a la vida salvaje», el «evangelio de la ecoeficiencia»
y el «ecologismo de los pobres», respectivamente. (canadianpharmacy365.net) Los dos primeros afirman una separación entre los
humanos y la naturaleza, mientras que el tercero desafiaría dicha dicotomía.
En este texto
voy a concentrarme en los dos primeros ambientalismos, que delinearían un
ambientalismo burgués ciego a la exclusión de clase, pero también de género y
raza. Este reconoce que la separación entre las esferas social y natural es la
causa de las crisis ambientales, pero busca superar tal separación a través de
una de dos formas: la administración científica o la mistificación (Guha y
Martínez-Alier, 1997). La administración científica está respaldada por la noción
de desarrollo sostenible y por el optimismo del mercado (Cock, 2011). Por su
lado, la mistificación surge como un remedio para la alienación intrínseca al
sistema capitalista (Peet et al., 2011: 14).
Como ya
mencioné, en las sociedades individualistas y competitivas capitalistas,
alienadas y alejadas de la naturaleza, la existencia humana pierde sentido. La
respuesta es la «mojigatería ambiental», la deificación de la naturaleza, que
cumple la función de ofrecer significado a las personas en un mundo sin
propósito. Los humanos alienados buscan una reconstrucción posmaterial de la
relación con la naturaleza, con apreciaciones románticas de un mundo natural
que estaría más allá de la sociedad humana y sus relaciones de poder
(Peet et al., 2011). Una naturaleza pura que, desde una
supuesta superioridad humana, podría ser entendida «tal como es», ya sea por
métodos científicos o no científicos; una naturaleza fija e inmutable, sin
historia. La naturaleza, entonces, puede medirse y dirigirse hacia un estado supuestamente
equilibrado y «natural» previo (o más allá) de la historia humana (Castree,
2001: 9). Las afirmaciones sobre «conocer la naturaleza tal como es» se usan
comúnmente «como instrumentos de poder y dominación» (Castree, 2001: 9;
Castree, 2013). En una línea similar, Erik Swyngedouw (2015) afirma que se
sigue viendo a la naturaleza como un significante vacío, encapsulador de un
número infinito de significados que «expresan lo que la naturaleza debería
ser»: una norma para medir la desviación, el anhelo de recuperar la armonía
humana y el equilibrio ecológico anteriores y hoy perdidos, la fantasía de la
naturalidad, de una «naturaleza que sirve como “el otro” que nos guía a la
redención». Por lo tanto, continúa Swyngedouw, todos intentan «fijar el significado
inestable [de la naturaleza] mientras la presentan como un “otro fetichizado”»
(Swyngedouw, 2015: 132-134).
Pero ¿cómo,
exactamente, el ambientalismo burgués está dando espacio a lecturas
peligrosamente cercanas al ecofascismo? Sabemos ya que la administración
científica de la naturaleza es inherentemente ciega a las relaciones de poder,
y en consecuencia a las exclusiones de clase, género y raza. Es, por tanto,
racista, clasista y machista. Pero, además, el carácter conservador de la
«mojigatería ambiental» lleva al extremo la concepción de la naturaleza
descrita en el párrafo anterior; establece la naturaleza como una norma
contra la desviación, una tendencia muy común en las ideologías
fascistas. Además, feminiza a la naturaleza y resalta su función reproductora
de madre, al tiempo que enfatiza su pureza, que merece ser cuidada: virgen,
prístina, intocada.
En medio del
confinamiento global impuesto a causa de la pandemia de la COVID19, las
imágenes de animales silvestres que retoman los espacios verdes y acuáticos de
las ciudades, ausentes de seres humanos, han despertado, o dado impulso, a
posturas ecofascistas que se congratulan por los efectos «positivos» en la
naturaleza del aislamiento y la inminente muerte de seres humanos, al compás de
mensajes como «nosotros somos el virus» y «la Tierra al fin tiene un
respiro». Este texto también intentará abordar este fenómeno.
Ambientalismo
ciego a las exclusiones
La actitud de
echar la culpa a la población empobrecida siempre ha estado presente en el
ambientalismo burgués y en el corazón de su concepto favorito por décadas:
desarrollo sostenible. Este parte del supuesto de que la pobreza es la
principal causa de la degradación ambiental (Osborne, 2015), por lo que el
crecimiento económico bajo el capitalismo es un requisito previo tanto para el
bienestar social como para la protección del ambiente (Escobar, 1995). Por lo
tanto, el crecimiento económico no solo es deseable, sino mandatorio (Vallejo,
2003). Un argumento recurrente en este sentido es que las necesidades urgentes
de la población rural pobre y su aumento poblacional inducen a deforestar los
bosques y a degradar el entorno. En consecuencia, a menudo se conectan el
vaciamiento del campo vía emigración hacia las ciudades, bajas tasas de
natalidad rurales y la industrialización de la agricultura con la disminución
de las presiones sobre los ecosistemas (Chomitz et al., 2007).
Así, aunque la ecología política ya ha demostrado los vínculos entre el
desarrollo del capitalismo, la pobreza y la degradación ambiental, desde el
principio el desarrollo sostenible se estableció como un medio que ofrece
gestionar los problemas ambientales al tiempo que se generan ganancias (McAfee
y Shapiro, 2010).
Varios
mecanismos de conservación que siguieron este camino muestran un persistente
«miedo a los pobres y a sus reclamos de recursos» (Asiyanbi, 2016: 150). La
administración científica de la naturaleza del ambientalismo burgués genera
soluciones profundamente racistas que responsabilizan de la degradación
ambiental a los pueblos indígenas y las comunidades locales. De hecho, bajo la
urgencia de conservar el carbono forestal en el contexto del cambio climático,
cientos de pueblos indígenas y comunidades locales alrededor del mundo están
siendo despojados de sus derechos territoriales. Una derivación autoritaria de
estos mecanismos es lo que, en su análisis sobre los efectos de REDD+
(Reducción de las Emisiones Derivadas de la Deforestación y la Degradación de
los Bosques) en Nigeria, Asiyanbi llama «proteccionismo militarizado»: una rama
especial del ejército garantiza la tenencia de la tierra para REDD+ mediante la
reducción de la «tenencia comunitaria» a «derechos de uso forestal», lo que
está conduciendo a una «nueva economía forestal excluyente», a saber, una
«exclusión carbonizada para la acumulación de la élite» (Asiyanbi, 2016:
150-152).
La ceguera
ante las exclusiones de clase, género y raza del ambientalismo burgués resquebrajó
la amplia base de apoyo del colectivo ecuatoriano Yasunidos.[2] Siempre aliados con el movimiento indígena ecuatoriano, en octubre
de 2019 apoyaron el paro nacional y levantamiento indígena y popular que
rechazó una serie de medidas económicas impuestas por el Fondo Monetario
Internacional que afectaban a las clases populares, entre ellas el retiro
abrupto del subsidio a los combustibles fósiles, lo que elevaría el costo del
transporte y de los alimentos, medida que quiso ser enmascarada como una
política ambiental (Vela, 2019). Yasunidos rechazó las medidas neoliberales
adoptadas por el presidente que precarizarían «aún más a la clase trabajadora»
sin aportar a la «transición a un país pospetrolero». En tal virtud, la
organización no se opuso al retiro de los subsidios, pero sí al retiro «sin una
focalización efectiva» (Piedra Vivar, 2019). Con una noción clara de justicia
ecosocial, llamaron la atención sobre la situación de la mayoría de los
ecuatorianos y ecuatorianas con trabajos informales, y sobre la población
indígena y rural que depende de los combustibles fósiles para movilizarse con
avioneta o lancha.
Buena parte de
su base social, acumulada a lo largo de los años a partir de personas que
apoyaban la defensa de un espacio natural, exhibía un ambientalismo burgués
que, desde una posición de privilegio, aplaudía las medidas económicas sin
reparar en sus impactos en la población más pobre y que, por su racismo, no
acepta al movimiento indígena como sujeto político. Las críticas rechazaban
también lo que se entendía por «politización» del movimiento y negaban de raíz
la evidencia de una tendencia de izquierda en su interior.
El
ambientalismo burgués develado, con su característico rechazo a «lo político» y
a las «ideologías de izquierda», desvía la atención de las causas estructurales
de los problemas ambientales. El alarmismo ambiental ha fortalecido la idea de
un ser humano universal como responsable de la crisis ambiental, sin reconocer
que es un particular modo de producción, junto a la sociedad de clases y la
colonialidad que lo sostienen, el que produce destrucción ambiental mientras
oprime a la mayor parte de la humanidad y destruye la naturaleza. Por tanto, se
insiste en la responsabilidad global, compartida pero individual de
todos los seres humanos. Así se esparcen sentimientos de alarma y culpa que
acusan a una humanidad insensible, ignorante y avariciosa. Como la culpa es de
todos, las soluciones son ciegas a las desigualdades, sobre todo de clase, pero
también de raza, género y nacionalidad.
Esa ceguera se
observa también en organizaciones antisistémicas, como el movimiento climático
Extinction Rebellion («Rebelión contra la Extinción», XR en inglés), que ha
sido criticado por su blanquitud, pues excluye a militantes de las clases
populares, racializados e ilegalizados. La exclusión opera de manera sutil a través
de una de las principales tácticas que usa el movimiento: la irrupción para
provocar el arresto y la subsecuente visibilidad en medios (vienen a la mente
también las acciones de Jane Fonda y, más recientemente, Joaquin Phoenix). Esta
táctica, sin embargo, excluye a quienes viven «con el riesgo de arresto y
criminalización» (Wretched of The Earth, 2019).[3]
Movimientos
como XR han sido duramente criticados por adolecer de esa insolidaridad
interclase e internacional tan propia de los movimientos emancipatorios. Pero
también, en un peligroso acercamiento al ecofascismo, ciertos militantes
exhiben posturas neomalthusianas y miradas puritanas de la naturaleza. Con la
crisis por la pandemia del nuevo coronavirus como telón de fondo, una rama de
XR publicó en redes sociales fotografías de panfletos con el mensaje: «Corona
es la cura, nosotros somos la enfermedad». La central de Extinction Rebellion
desconoció luego que esa rama fuera representativa del movimiento.[4] Pero, más allá de analizar las formas organizativas de XR, lo
notorio es que las posiciones ecofascistas gozan de vitalidad. Afirmar que es
positivo para el planeta que los seres humanos estén ausentes, o que «la
humanidad» (universal, abstracta, homogénea) es el virus, allana el camino a
las élites racistas prestas a deshacerse de la población más vulnerable. Como
escribió Layla Martínez (2020):
Detrás de la
afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de
que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la
población. […] La pregunta entonces es ¿quién va a morir? […] ¿A quién vamos a
considerar «desechable» entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? […] Los
«desechables» probablemente serían los expulsados del sistema, como las
personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados
chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero
basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos
cuenta de que no es tan lejano.
Imagen 1. Ilustración publicada en redes sociales el 30 de marzo de 2020, a inicios del brote de la pandemia de COVID-19, en varios países de América Latina. Autora: Fer Justo. Facebook: Diseños a pincel @pinturaylibertad; Instagram: fer_poetiza.
Son harto
conocidos los nexos de la extrema derecha europea y estadounidense con los
ambientalismos (Biehl y Staudenmaier, 2019) y las soluciones que promueven con
su visión puritana: neomalthusianas, de restricción de derechos de las
poblaciones empobrecidas y racializadas (Ojeda et al., 2019).
Hoy esos movimientos siguen vivos. Por ejemplo, el Frente Nacional en Francia,
la facción verde del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) o el
Fidesz (la fuerza política de extrema derecha más importante en el Parlamento
Europeo) apelan a la amenaza del cambio climático para impulsar sus proyectos
nacionalistas que incluyen el cierre de fronteras y el reclamo de la tierra
para los nativos, al tiempo que reviven viejas consignas que exacerban la
pureza del «lugar» (Colina, 2019).
Sin llegar a
los extremos descritos, el ambientalismo burgués ciego a las exclusiones de
clase y raza, capaz de afirmar que «los humanos somos el problema y debemos
desaparecer», se acerca peligrosamente al ecofascismo. Además, el anhelo por
recuperar una naturaleza prístina y una sociedad pura revela un puritanismo que
naturaliza los roles de género y afecta a las mujeres.
Ambientalismo
conservador y machista
El
ambientalismo burgués alineado con la noción aquí trabajada de «mojigatería
ambiental» feminiza a la naturaleza y resalta su función reproductora, al
tiempo que enfatiza su pureza, que merece ser cuidada, y la homogeneiza
mediante una visión de pueblos indígenas premodernos y detenidos en el tiempo.
Tales
apreciaciones también están presentes en ensayos decoloniales que se han
llevado a cabo. Un ejemplo es el uso de la noción quichua de Pachamama en
Ecuador y Bolivia. En ambos países, Pachamama ha sido rápidamente reducida a
naturaleza o Madre Tierra, una figura femenina y deificada, pero sobre todo
«una madre nutriente que da a luz, cría y protege a todos sus hijos» (Giraldo,
2012: 228). Ya lo dijeron las feministas antipatriarcales de Bolivia (Asambleas
del Feminismo Comunitario, 2010):
La comprensión
de Pachamama como sinónimo de Madre Tierra es reduccionista y machista; hace
referencia solamente a la fertilidad para tener a las mujeres y a la Pachamama
a su arbitrio patriarcal. [El concepto de Madre Tierra sirve para] reducir a la
Pachamama —así como nos reducen a las mujeres— a su función de útero productor
y reproductor al servicio del patriarcado.
De manera
fundamental, la descripción de una naturaleza femenina, virgen, madre pura
dadora de vida, una norma para medir la desviación, como ya se ha dicho, exalta
la maternidad obligatoria de la mujer y pone en serio riesgo su capacidad de
decidir sobre su propio cuerpo. En suma, la feminización de la naturaleza y la
naturalización del rol de género femenino también amenazan las reivindicaciones
feministas. Y es que, aunque el ecofascismo promueve soluciones poblacionales
neomalthusianas a las crisis ambientales, debemos recordar que estas están
atravesadas por una gestión de la población empobrecida y racializada, a la que
se ha decretado como la responsable de la debacle ecológica. No cabe aquí,
pues, ninguna concesión para que las mujeres empobrecidas y racializadas
gestionen su sexualidad y su cuerpo. Por el contrario, se implementan «medidas
de control de la población como “ingeniería de poblaciones” y la expansión de
las intervenciones militares» como parte de «una intervención masculinista más
amplia que busca consolidar el control sobre la vida y los procesos vitales»
(Ojeda et al., 2019: 5).
Además, la
noción reduccionista de Pachamama promulgada por el ambientalismo burgués
fortalece el patriarcado heterosexual al situar a Pachamama como femenina y al
«padre Cosmos» como masculino (Cabnal, 2010). En tal contexto, desde la óptica
neomalthusiana del ambientalismo burgués, las mujeres empobrecidas indígenas,
negras y campesinas no son solamente las principales responsables de las crisis
ambientales «por reproducirse tanto», sino también de «reparar el daño causado
al planeta» a través de fondos de ayuda para proyectos productivo, de
conservación de ecosistemas o de mitigación y adaptación al cambio climático
(Asambleas de Feministas Comunitarias, 2010; Ojeda et al., 2019).
En el contexto de emergencia climática y de lo que Astrid Ulloa llama un
«naturaleza climatizada», además, las intervenciones autoritarias en los
espacios de vida indígenas, desde los espacios globales de negociación
climática, son la norma (Ulloa, 2012). Basta recordar las intervenciones
reportadas de REDD+ en Nigeria.
Conclusión
En su carta a
Extinction Rebellion, la organización Wretched of the Earth señala: «Durante
siglos el racismo, el sexismo y el clasismo han sido necesarios para mantener
este sistema y han dado forma a las condiciones en las que nos encontramos». Un
ambientalismo transformador necesita, por tanto, despojarse de su halo
clasista, racista y machista; cuestionar posturas conservadoras y puritanas
para pensar en la transición hacia un mundo sin explotación capitalista. La
insólita situación a la que nos ha abocado el nuevo coronavirus es una
oportunidad no solo para cuestionar la velocidad a la que opera el sistema y
sus mismas estructuras, sino para experimentar que sí es posible producir
menos, socializar las ganancias privadas y proteger lo público. Defender el
ambientalismo como el espacio para pensar esa transición con justicia ecosocial
demanda desterrar las sombras del ecofascismo, siempre demasiado listo para
culpar a «la humanidad» abstracta y homogénea y para naturalizar la «limpieza
social» en nombre de la preservación ambiental.
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—
* Docente del Área de Ambiente y Sustentabilidad de la Universidad
Andina Simón Bolívar (Ecuador). Integrante del Colectivo de Geografía Crítica
del Ecuador. E-mail: mel.moreano@gmail.com.
[1]. Sin embargo, hay que tener cuidado con el uso de este término, pues
también ha sido utilizado para desvirtuar las luchas ecologistas.
[2]. Yasunidos es una organización que surgió en 2013 en Ecuador en
respuesta al anuncio del entonces presidente Correa de poner fin a la
Iniciativa Yasuní-ITT, un plan ambiental para evitar la extracción de petróleo
de una parte del Parque Nacional Yasuní (el bloque ITT) en la Amazonía, a
cambio de una compensación monetaria de la comunidad internacional.
[3]. Wretched of The Earth es un colectivo de organizaciones de bases
indígenas, negras y «marrones» que representan a la diáspora del Sur Global
(https://www.facebook.com/wotearth/).
[4]. Véase https://twitter.com/ExtinctionR/status/1242789939617714178?s=20.
30 de julio de 2020
Melissa Moreano Venegas*
https://www.ecologiapolitica.info/ecofascismo-uno-de-los-peligros-del-ambientalismo-burgues/


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