miércoles, 25 de marzo de 2026

Cambio climático y extinción del pensamiento - John Gray

 


La situación del planeta lo está empujando al centro de la mente humana. Para un número cada vez mayor de personas, el cambio climático es un hecho tangible. Las comunidades isleñas y las ciudades costeras sufren los efectos del aumento del nivel del mar, y todos somos testigos de los fenómenos meteorológicos extremos y el dislocamiento de las estaciones. Los políticos moderados han reconocido que se ha hecho urgente alguna clase de acción más radical que cualquiera de las emprendidas hasta el momento. Todo el mundo, excepto los negacionistas más contumaces, se da cuenta de que, en el mundo que los seres humanos han habitado a lo largo de su historia, está teniendo lugar un cambio sin precedentes.

Al mismo tiempo, como escribió Eliot en Cuatro cuartetos, la humanidad no puede soportar mucha realidad, y pensar en el tema resulta cada vez más ilusorio. El cambio, efecto colateral de la industrialización mundial basada en los combustibles fósiles, ha sido desencadenado por los seres humanos. Esto no significa que ellos mismos puedan pararlo. Como han señalado los climatólogos, el calentamiento global se prolongará cientos o miles de años después de que sus causas próximas hayan cesado. El rigor de las exigencias de Extinction Rebellion —unas emisiones netas de CO2 iguales a cero para Reino Unido en 2025, por ejemplo— las convierte en imposibles. Pero incluso si se pudiesen poner en práctica, no tendrían excesiva repercusión sobre las emisiones de gases de efecto invernadero ni evitarían una alteración del clima que ya forma parte inseparable del sistema. Los actuales movimientos ecologistas son expresión de un pensamiento mágico, intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse.
Una de las realidades que el ideario ecologista pasa por alto es la geopolítica.

Pensemos en la idea, tan de moda, de que el mundo —o, por lo menos, el Occidente capitalista— debería dejar de utilizar combustibles fósiles. Desde el punto de vista medioambiental sería algo altamente deseable aunque no detuviese el cambio climático ni las perturbaciones que lo acompañan. Desde el punto de vista geopolítico, la receta provocaría turbulencias en todo el mundo. Algunos de los Estados más importantes necesitan estos combustibles para su existencia. El reino de Arabia Saudí se hundiría sin los ingresos que recibe del mercado del petróleo. Las rentas nacionales de Irán y Rusia dependen en gran medida de que el crudo sea caro. Para todos ellos, el final repentino del consumo de hidrocarburos supondría un descenso brutal del nivel de vida, así como una fractura política a gran escala. Tanto mejor, dirán los ecologistas. No son regímenes demasiado deseables.

Pero sería una estupidez suponer que lo que surgiría a continuación sería mejor. El reino saudí se fragmentaría o sería sustituido por un régimen islamista más radical. Una Rusia empobrecida podría ser más belicosa y temeraria en su política exterior y de defensa. Con Irán privado de los ingresos del petróleo y sin perspectivas de seguir obteniendo beneficios, habría menos, no más posibilidades de un giro democrático en el país. La probabilidad de éxito de los cambios de régimen inducidos por las políticas ecologistas no es mayor que la de los cambios de régimen impuestos por la fuerza militar.
Otra realidad obviada por el pensamiento ecologista es la historia del siglo XX.


Las protestas contra el cambio climático, como Extinction Rebellion, son hijas de los movimientos antiglobalización de hace más o menos una década, y al igual que estos, creen que el capitalismo occidental contemporáneo es defectuoso y se dirige hacia el desguace de la historia. En eso tienen razón. El mercado libre mundial ha sido siempre una entelequia, y la estructura tambaleante de los precios de los activos financiados a base de endeudamiento y de las crecientes rivalidades comerciales es frágil. Otra crisis crediticia como la de 2007-2008 probablemente la haría pedazos.

Esto no quiere decir que una economía socialista fuese más beneficiosa para el medio ambiente. Las peores catástrofes ecológicas del siglo pasado sucedieron en la antigua Unión Soviética y en la China maoísta, en las que —bajo la influencia de la ideología marxista, según la cual el mundo natural tiene que ser "humanizado"— la naturaleza sufrió un menoscabo y una degradación peores que en cualquier país occidental.

Las agresiones al medio ambiente incluyen una de las extinciones masivas de otras especies animales más rápidas de la historia. Hace 50 años, alrededor de 180.000 ballenas desaparecieron de las aguas que circundaban la Unión Soviética. En una muestra extraordinaria de vandalismo medioambiental, la industria ballenera soviética acababa con estos mamíferos con la simple finalidad de cumplir los objetivos de producción fijados por los planes quinquenales. Apenas al 30% de las ballenas masacradas se les dio algún uso económico. Era normal que los barcos regresasen con animales en estado de putrefacción inservibles como alimento. Cumplir con el plan quinquenal solo dependía de cuántas se matase. Las tripulaciones que no alcanzaban la cuota eran penalizadas con descensos y despidos, mientras que las que superaban las exigencias del plan recibían gratificaciones. Aparte de los equipos que igualaban o excedían la cuota, nadie obtenía provecho de la matanza. Algunas especies de ballenas quedaron al borde de la extinción, y los efectos del sistema sobre las poblaciones de cetáceos son visibles aún hoy. (Ver Charles Homans, The most senseless environmental crime of the twentieth century [El crimen medioambiental más absurdo del siglo XX], Pacific Standard, 14 de junio de 2017).

Por supuesto, los ecologistas les dirán que quieren un sistema económico diferente de una economía socialista planificada por el Estado, pero nunca han aclarado cómo funcionaría ese nuevo sistema, y en la práctica sus exigencias se resumen en poco más que lo que ellos llaman desarrollo sostenible. El problema es que las propuestas ecologistas implican un descenso del nivel material de vida de gran número de personas, lo cual sería insostenible políticamente. El impuesto de Macron al gasoil impulsó el avance del movimiento de los chalecos amarillos en Francia, y el principal beneficiario de la promesa electoral de Hillary Clinton de clausurar la industria del carbón ha sido Donald Trump. Cuando las políticas ecologistas imponen graves costes a los pobres y a la mayoría trabajadora —como ocurre con frecuencia—, el resultado es una reacción popular.

En teoría, la solución a la crisis ambiental es lo que John Stuart Mill, en sus proféticos Principios de economía política (1848), llamó una economía del Estado estacionario, en la que el progreso técnico no se emplea para expandir la producción y el consumo, sino para aumentar el ocio y la calidad de vida. El problema es que una economía sin crecimiento es políticamente imposible. La reacción de los populismos y la agitación geopolítica darían al traste con cualquier transición a un Estado estacionario. Detrás de estos obstáculos se esconde otra realidad que se ha excluido del pensamiento actual. A pesar de todo lo que se dice del descenso de la fertilidad en buen número de países, el crecimiento de la población humana sigue siendo la causa última de la actual extinción masiva. Las especies desaparecen a gran escala porque sus hábitats están desapareciendo, y la causa principal es la expansión humana. Puede que, efectivamente, entrado el siglo el crecimiento demográfico se estabilice en torno a los 9.000 o 10.000 millones de habitantes. No obstante, la biosfera ya estará arrasada. Si entonces el número de seres humanos desciende, lo hará en un mundo terriblemente depauperado.

Es interesante observar que John Stuart Mill ya predijo este futuro en 1848, cuando concibió la idea del Estado estacionario en sus Principios de economía política. No produce “mucha satisfacción", decía, "... contemplar un mundo en el que nada se deja a la actividad espontánea de la naturaleza; en el que hasta el más minúsculo pedazo de tierra capaz de dar alimento al ser humano se ha puesto en cultivo y el último retazo de pastizal florido ha sido arado; en el que los cuadrúpedos y los pájaros no domesticados por el hombre han sido exterminados como rivales que le disputan los alimentos; cada seto y cada árbol superfluo ha sido arrancado de raíz, y apenas queda sitio en el que una flor o un arbusto silvestre puedan crecer sin ser erradicados como malas hierbas en nombre del progreso agrícola. Si la tierra debe perder la enorme parte de su placidez que debe a las cosas que el aumento ilimitado de la riqueza y la población extirparía de ella con el mero propósito de sostener a una población mayor, pero no mejor o más feliz, espero sinceramente, por el bien de la posteridad, que se contenten con estar estacionarios mucho antes de que la necesidad los obligue a ello".

Más de 170 años después no parece que nadie se contente con estar estacionario. Nada en el actual clima de pensamiento goza de tan poca popularidad como el neomalthusianismo de Mill. Es verdad que él lo vinculaba a la emancipación de la mujer, y que llegó a pasar una noche en la cárcel por el delito de distribuir panfletos a favor del control de la natalidad entre las mujeres de clase trabajadora. Sin embargo, los liberales de hoy en día lo consideran una débil excusa para lo que denuncian como la siniestra misantropía del filósofo y economista, que prefería un mundo con una población reducida y grandes superficies de territorio salvaje a otro asfixiado y desolado por miles de millones de seres humanos luchando por sobrevivir.

Aquí es donde la crisis de la extinción asoma en el horizonte. La economía industrial no aceptará los límites al crecimiento porque la civilización a la que sirve ha rechazado cualquier restricción a su capacidad de logro. Según la mentalidad actual, el hecho de que un objetivo sea imposible de alcanzar no es motivo para no intentarlo. Más bien todo lo contrario. Los sueños imposibles —nos dicen innumerables predicadores laicos— hacen a los seres humanos únicos y especiales. En esta religión moderna, aceptar cualquier límite último al poder humano es el peor de los pecados. En consecuencia, el pensamiento mágico —que descansa sobre la creencia en la omnipotencia de la voluntad humana— es obligatorio.

Sobrevivir a la crisis climática no es un objetivo irrealizable por naturaleza. Lo que se necesita no es un desarrollo sostenible, sino algo más parecido a lo que James Lovelock, en su obra A Rough Ride to the Future [Una dura carrera hacia el futuro] (2014), denominaba una "retirada sostenible". Utilizando las tecnologías más avanzadas, entre ellas la energía nuclear y la solar, y abandonando la agricultura en favor de los medios sintéticos de producción de alimentos, se podría alimentar a la todavía creciente población humana sin seguir haciendo demandas aún más intolerables al planeta. La intensificación de la vida urbana podría permitir la recuperación de territorios salvajes que hubiesen quedado despoblados. Los recursos se podrían concentrar en construir defensas contra el cambio climático, que tendrá lugar hagamos lo que hagamos ahora los seres humanos. Los sueños soberbios de "salvar el planeta" se sustituirían por ideas sobre cómo adaptarnos a vivir en un planeta que nosotros mismos hemos desestabilizado. Si los seres humanos no se amoldan, el planeta los reducirá a un número menor a los condenará a la extinción.

Esta clase de programa es lo contrario de lo que proponen los ecologistas. También es profundamente incompatible con la cultura dominante. Una consecuencia de la decadencia de la religión es el declive simultáneo de la idea de que el mundo natural impone límites a la voluntad humana. En vez de verse a sí mismos como un animal entre tantos, como la especie que domina en el presente, pero que, al igual que todas las demás, no tiene asegurada su permanencia en la Tierra, los seres humanos se han crecido hasta pensar que tienen el poder sobre la naturaleza del Dios en el que ya no creen. Si Dios no hizo el mundo, la humanidad puede —y debe— rehacerlo a su imagen. Esta es la base sobre la que se asienta nuestra civilización supuestamente laica, y también la fuente última de la crisis de la extinción.

En estas circunstancias, cualquier programa fundamentado en el hecho de que los seres humanos se enfrentan a un cambio climático imposible de detener será tachado de fatalismo desesperado. Tratándose de una civilización que se enorgullece de su devoción por la ciencia, es una actitud curiosa. El propósito de la ciencia es la formulación de leyes universales independientes de las creencias y los valores humanos. Si estas leyes debilitan nuestras esperanzas y ambiciones, que así sea. Si el sentido del ejercicio es la verdad objetiva, se deben dejar de lado las emociones subjetivas. Y también la fe, ya sea religiosa o de otra clase. Si creemos a sus ideólogos, la ciencia es una indagación del mundo natural del cual el ser humano es parte consustancial. De hecho, la ciencia se ha convertido en un canal de la creencia ‒heredada del monoteísmo‒de que la humanidad puede trascender el mundo natural.

La paradoja de los movimientos ecologistas actuales es que fomentan esta religión antropocéntrica. La crisis de la extinción solo se puede mitigar reorientando nuestra mente para que aborde la realidad. El pensamiento realista, sin embargo, está prácticamente extinguido

John Gray es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics.

Traducción de News Clips.
8 de junio 2019
El País


jueves, 19 de marzo de 2026

Redefina el esfuerzo y recupere el control de su mente - Dr. Mercola

 


📝HISTORIA EN BREVE

  • La mayor parte de su sufrimiento proviene de identificarse con la voz en su cabeza, no de sus experiencias o emociones reales
  • El documental The Subtle Art of Losing Yourself (el sutil arte de perderse a uno mismo) revela que los animales y los primeros humanos muestran signos claros de inteligencia emocional, lo que desafía la idea de que solo los humanos son conscientes o autoconscientes

La crisis de la educación climática - Yasmine Sherif


NUEVA YORK – El cambio climático amenaza el futuro mismo de la humanidad. El mar está engullendo aldeas completas y los conflictos por la escasez de recursos en todo el mundo son cada vez más intensos. Cada año son más las familias que se ven obligadas a desplazarse por eventos climáticos extremos, lo que crea un ciclo vicioso de pobreza extrema, hambre aguda e inseguridad.

lunes, 9 de marzo de 2026

Dulce como la miel - David Toscana

 


Lo dulce trae cierta felicidad al alma. Pero mucha literatura censura los placeres, por mínimos que sean, en nombre de tradiciones estoicas o dioses aguafiestas.

En el nombre de alguna tradición estoica o de algún dios aguafiestas, hay mucha literatura que censura los placeres, por mínimos que sean. Allá en los años del Siglo de Oro, el padre Juan de Mariana se lamentaba: “Más se gasta hoy en golosinas en una sola ciudad, más en postres y en azúcar que en tiempos de nuestros padres no se gastaba en toda España.”

Más allá del negacionismo: el ocultamiento del cambio climático - Hugues Draelants

 


¿Por qué el conocimiento científico no desencadena la acción política necesaria? Más allá de la negación o la impotencia, la causa puede estar más profundamente arraigada en la ocultación estructural de nuestras condiciones de existencia. Por eso no funcionan los abordajes «pedagógicos», es decir, la fuerte tendencia de la modernidad a transformar los problemas políticos y económicos estructurales en retos educativos individuales.

domingo, 8 de febrero de 2026

La extraña relación entra la vejez y la escasez de agua dulce: Podría salvar a la humanidad - Trini N.

 


Existe un singular vínculo entre la vejez y la escasez de agua dulce. Comprenderlo y usarlo a nuestro favor podría salvar a la humanidad o, al menos, mitigar los efectos de este mal. Hace tiempo que la escasez de agua ocupa titulares de todo el mundo. En varios puntos del planeta, no hay suficiente agua para cubrir las necesidades humanas y del ecosistema. Algunas de las causas que han derivado en este escenario son el crecimiento poblacional, el cambio climático, la contaminación y la gestión ineficiente. Las consecuencias de estos factores se ven reflejadas en crisis alimentarias, problemas de salud y conflictos.

Ni energía nuclear ni energía eólica: Estas nanoesferas de oro son la clave del futuro - Trini N.

 


El tipo de energía que creíamos conocer (como la nuclear y eólica) podría quedar de lado ante la aparición de unas nanoesferas de oro. Su interior encierra la clave del futuro. Actualmente, existen preocupaciones energéticas que en el pasado no tenían lugar como el óptimo aprovechamiento de los recursos naturales, las consecuencias de los combustibles fósiles y la búsqueda de nuevas formas de generar energía. El mundo requiere de nuevas maneras de crear energía, dado que, aunque los combustibles fósiles han cubierto las necesidades del ser humano durante décadas, hoy la humanidad necesita algo menos contaminante.

jueves, 5 de febrero de 2026

Prometeo en la Guajira - Mariano Nava Contreras

Wayúu piá, suúmain Wayúu tüú puumainkat.
Nójot púnjulüin Wayúin piá
Aká ja’ayáin sünain pu’upúnaa shia.

“Sois guajiro, tu tierra es la tierra guajira.
No podéis negar que sois guajiro
porque en tu cara misma se ve lo que sois”.
Del refranero guajiro.

Por qué los denisovanos pueden ayudarnos a comprender cómo llegamos a ser los únicos humanos en la Tierra - Juan Francisco Alonso




Los Homo sapiens somos hoy la única especie humana que camina sobre la Tierra, pero no siempre fue así.

Hace unos 50.000 años, nuestra familia compartía el planeta con al menos otros dos grupos: los neandertales y los denisovanos.

De los primeros, que vivieron en la mitad occidental de Eurasia, se ha encontrado abundante evidencia arqueo y paleontológica desde que en 1856 un grupo de trabajadores halló, en una cantera en el valle de Neander (Alemania), una serie de huesos que, en un principio, fueron tomados como los restos de un oso.

lunes, 2 de febrero de 2026

Precariedad - Federico Guzmán Rubio

 


Es posible que la renovación de la literatura latinoamericana no se encuentre en mundos fantásticos y postapocalípticos, sino en la realidad más inmediata e hiriente, que pocos se han atrevido a mirar a la cara.

Esta es la duodécima y última entrega de Palabras latinoamericanas, una serie que busca entender el presente de la región a través de la literatura, y viceversa, a partir de palabras clave.

“Naturaleza en llamas, 20 años de incendios en Áreas Protegidas de Venezuela” - Helena Carpio

 


En 2020, Venezuela fue el país de la región Amazónica con mayor densidad de incendios, medido como número de focos de calor entre superficie. Tuvo casi el doble que Brasil. Las Áreas Protegidas del país, espacios naturales resguardados por su biodiversidad, sufrieron su peor año de incendios en registro. Cerca del 99% fueron provocados por la población. En los últimos 20 años los focos de calor aumentaron en 63 de las 80 Áreas Protegidas del país.

viernes, 30 de enero de 2026

El nuevo capitalismo II: desigualdad de composición frente a desigualdad de ingresos - Branko Milanovic

 


¿Es toda sociedad con clases una sociedad desigual?

En mi última entrada de Substack (traducida aquí) hablé del concepto de homoplutocracia. En resumen, para quienes no tengan ganas de (re)leer toda la publicación, el término parte de la observación empírica de que en las sociedades capitalistas modernas una proporción creciente de los ricos lo son en dos dimensiones: están entre los trabajadores mejor remunerados y entre los capitalistas más adinerados.

Nació un cóndor andino en Mérida: la especie está en peligro de extinción y solo hay 10 ejemplares en el país -

 


Este hecho representa una nueva esperanza para la conservación de la especie

Un ejemplar de cóndor andino, especie de ave en peligro de extinción, nació en el Centro de Conservación Mundo Zafari Zoo, en el estado Mérida. Este hecho representa una nueva esperanza para la conservación de la especie.

miércoles, 21 de enero de 2026

Ecofascismo: uno de los peligros del ambientalismo burgués - Melissa Moreano Venegas




Resumen: La expresión «mojigatería ambiental» describe bien al ambientalismo burgués, extremadamente conservador, anclado a una conciencia ambiental que surge en el seno del capitalismo y que tiene por fin aliviar la angustia del daño que causa mientras amplía las posibilidades de acumulación capitalista. Lo hace a través de obras de caridad y proyectos de conservación, con acciones que no alivian las causas estructurales de la destrucción ambiental o de la injusticia social, sino que limpian la imagen de un sistema altamente destructivo. Más aún, este tipo de ambientalismo refuerza peligrosas políticas racistas, machistas, clasistas y xenófobas.

viernes, 16 de enero de 2026

Las soluciones a la crisis climática tienen una clave: invertir - Nahum Elías Orocio Alcantara y José L García


Los graves impactos del cambio climático en México no son irremediables si la inversión en el sector público y privado se orienta hacia sectores estratégicos.

De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México es uno de los países que sufre de manera desproporcionada las consecuencias del cambio climático. Esta misma organización advierte que el número de fenómenos meteorológicos extremos relacionados con el clima ha aumentado, y se prevé que su frecuencia e intensidad continúen en ascenso, generando mayores consecuencias socioeconómicas adversas para la población.