¿Es toda sociedad con clases una sociedad desigual?
En mi última entrada de Substack (traducida aquí) hablé del concepto de homoplutocracia. En resumen, para quienes no tengan ganas de (re)leer toda la publicación, el término parte de la observación empírica de que en las sociedades capitalistas modernas una proporción creciente de los ricos lo son en dos dimensiones: están entre los trabajadores mejor remunerados y entre los capitalistas más adinerados.
Pongo en marcha esta idea observando el decil superior de renta
disponible (después de impuestos), el decil superior de renta laboral
(salarios) y el decil superior de renta de capital (alquileres, dividendos e intereses)
en unas dos docenas de países.
Casi un tercio de los estadounidenses situados en el decil superior de
renta son “homoplutócratas”; es decir, figuran entre los trabajadores mejor
pagados y entre los capitalistas más ricos. Esa élite representa alrededor del
3 % de la población
estadounidense.
Esa élite, como analizo en esa publicación, en Capitalismo, nada
más y en el próximo The great global transformation, no se
parece en nada a la ensalzada clase media profesional o clase gerencial
profesional (PMC, por sus siglas en inglés). Desde el punto de vista ideológico
es muy favorable al capitalismo y a la propiedad privada porque en su propia
persona se produce la fusión de capital y trabajo.
Por eso esa élite defiende con firmeza los derechos del capital, los
bajos impuestos sobre la renta del capital y la riqueza, y todo lo que
conlleva. No debe descuidarse este aspecto ideológico neoliberal de la nueva
élite capitalista.
Pero cabe preguntarse: ¿qué ocurre si la contradicción entre la renta
del capital y la del trabajo se supera no solo entre los ricos, sino a lo largo
de toda la distribución de ingresos? ¿Qué pasa si todo el mundo obtiene la
misma proporción de su renta del capital y del trabajo?
Imaginemos que una persona rica recibe 100 dólares del trabajo y 50 del
capital, una persona de clase media recibe 40 del trabajo y 20 del capital, y
una persona pobre recibe 2 del trabajo y 1 del capital. Lo que vemos aquí es
que los ingresos son desiguales, pero su composición es la misma.
Para cada persona, la proporción trabajo/capital es de 2 a 1. Una
implicación clara de la igualdad composicional es que un aumento de la
proporción de renta del capital –como podría producirse con la expansión de la
inteligencia artificial– no afectaría a la desigualdad general.
Si la importancia de la renta del capital se duplica, los ingresos de
todos aumentarán en la misma proporción, y las diferencias relativas se
mantendrán: en lugar de una distribución de (150, 60, 3), pasamos a (200, 80,
4). Las relaciones relativas siguen siendo 2,5 a 1 entre los dos primeros, 50 a
1 entre el primero y el tercero, y 20 a 1 entre el segundo y el tercero.
Más o menos cuando definí la homoplutocracia, Marco Ranaldi, en su tesis
doctoral defendida en la Paris School of Economics, abordaba justamente esta
cuestión: ¿cómo estudiar la desigualdad composicional?
Como muestra mi ejemplo, la desigualdad composicional es distinta de la
desigualdad de ingresos: puede haber igualdad composicional total y, aun así,
una desigualdad de ingresos muy alta.
Para estudiarlo, Marco desarrolló todo un aparato metodológico nuevo,
siguiendo de cerca la metodología del índice de Gini.
En lugar de tener como función “objetivo” la igualdad de ingresos (como
en el Gini), Ranaldi propuso como objetivo la igualdad en la composición de los
ingresos por factores, y calculó la desigualdad como la suma de las
desviaciones respecto a esa igualdad composicional.
Definió un índice, llamado IFC (índice de composición del ingreso por
factores), que va de cero –cuando todo el mundo tiene la misma estructura de
ingresos– hasta 1, que representa el máximo de desigualdad composicional: el x % más rico obtiene únicamente ingresos del capital (hasta que todo el ingreso de capital
queda “agotado”) y el resto (1-x) solo ingresos del trabajo.
El enfoque de Ranaldi permite estudiar distintos tipos de capitalismo en
un marco nuevo, utilizando dos observaciones empíricas: el nivel de desigualdad
de ingresos (por ejemplo, el coeficiente de Gini) y el grado de desigualdad
composicional, que actúa como indicador de una sociedad de clases.
Combinamos así dos elementos fundamentales: uno sociológico o político
(una sociedad de clases) y otro económico (el nivel de desigualdad). En un
artículo conjunto, Marco Ranaldi y yo, utilizando microdatos del Luxembourg
Income Study, obtuvimos el siguiente gráfico.
Nota: El gráfico muestra el coeficiente de Gini del ingreso de mercado
ampliado (salarios, intereses, dividendos, alquileres, ingresos por cuenta
propia y pensiones) en el eje vertical, y el índice de desigualdad
composicional en el eje horizontal. Cálculos a partir de microdatos de
Luxembourg Income Study (LIS); periodo en torno a 2020.
Si se traza una línea recta desde la esquina NE hasta la esquina SO del
gráfico, se observa, como era de esperar, que la desigualdad de ingresos tiende
a disminuir a medida que disminuye la desigualdad composicional. Consideremos
América Latina, en la esquina NE: los países latinoamericanos son conocidos por
su alta desigualdad de ingresos, y resulta que también presentan una alta
desigualdad composicional, es decir, que las personas ricas tienden a obtener
la mayor parte de su renta del capital, y las de ingresos medios y bajos, del
trabajo.
Una sociedad típicamente clasista, diríamos. De hecho, parece “normal”,
como en el capitalismo clásico, esperar que ambas desigualdades vayan de la
mano.
Si bajamos por esa línea, llegamos al grueso de los países ricos, con
niveles medios de desigualdad de ingresos (Gini de 35-40) y desigualdad
composicional intermedia.
Cabe señalar que muchos de estos países, como veíamos en la entrada
anterior, cuentan con una élite homoplutócrata, lo cual tiende a reducir el
índice de desigualdad composicional.
Por último, en la esquina inferior izquierda, encontramos países con
baja desigualdad de ingresos (Gini de 30-35) y baja desigualdad composicional.
Taiwán y Eslovaquia destacan en ambos aspectos.
China, en cambio, destaca por su elevada desigualdad de ingresos a pesar
de su baja desigualdad composicional. ¿Podría China ser un precursor de una
sociedad del futuro con alta desigualdad pero no basada en clases?
Hasta aquí, todo bien. Pero hay dos puntos importantes que destacar.
Observemos la anomalía en la esquina inferior derecha: se trata sobre todo de
países nórdicos (Finlandia, Islandia, Noruega, Dinamarca) con baja desigualdad
de ingresos pero alta desigualdad composicional.
¿De dónde proviene? La respuesta es que se debe sobre todo a los
ingresos procedentes de pensiones privadas, que se tratan (con razón) como
renta del capital.
Así, muchas personas mayores, que cobran de sus fondos de pensiones,
obtienen casi toda su renta de la propiedad, mientras que muchas personas en
edad de trabajar obtienen la mayor parte de sus ingresos del trabajo.
Esto genera una fuerte desigualdad composicional. (Cabe señalar que los
trabajadores de hoy tal vez estén ahorrando para futuras pensiones aportando a
sus fondos, como hacen en EEUU con los planes 401k, pero todavía no perciben
rentas de capital por ello.)
Descubrimos así una anomalía aparente: los países nórdicos y los
latinoamericanos son desiguales en composición, pero los primeros tienen una
baja desigualdad de ingresos y los segundos una alta.
Fijémonos ahora en la esquina superior izquierda: no hay ningún país
ahí. En otro artículo (del que hablaré más adelante) Ranaldi califica esto como
un importante “no-resultado”.
Parece ser que los países con igualdad composicional no presentan alta
desigualdad de ingresos. Teóricamente (como muestra mi ejemplo anterior) nada
impide que un país con igualdad composicional tenga alta desigualdad.
En mi ejemplo el Gini era 46; puedo elevarlo arbitrariamente si el
ingreso de la persona más rica pasa a ser un millón de dólares por trabajo y
500.000 por capital, el del segundo 100.000 y 50.000, y el del tercero 2 y 1.
El índice IFC de Ranaldi seguiría siendo cero, pero el Gini ahora sería un
elevadísimo 61.
Sin embargo, en la realidad parece que la baja desigualdad composicional
va de la mano con una baja desigualdad de ingresos. Esto abre la puerta, como
hace nuestro artículo, a un debate interesante sobre los distintos tipos de
capitalismo moderno (recordemos el caso de China frente a Taiwán).
Podemos pasar de la ya tediosa exégesis de las llamadas “variedades de
capitalismo”, donde la mayor parte del debate gira en torno a la baja por
maternidad en Noruega frente a EEUU, es decir, de una literatura que ha estado
ausente en los últimos treinta años mientras surgían formas distintas de
capitalismo en Indonesia, Brasil, Nigeria, Kenia, Rusia, Tailandia, etc., a una
clasificación empíricamente fundada y un análisis de los distintos
capitalismos, una clasificación además que une elementos políticos y
económicos.
Y eso no es todo. Marco Ranaldi, en dos artículos recientes —uno
en Review of Political Economy (mayo de 2025) y otro como PIAS
Working Paper— intenta formular las bases de un marco analítico, e incluso
cognitivo, donde la cuestión de la desigualdad composicional (es decir, capital
frente a trabajo) ocupe un lugar central.
Se pregunta qué implicaría una sociedad con mucha mayor igualdad
composicional en relación con las contradicciones de clase, la renta básica
universal, la expansión de la inteligencia artificial, el cambio climático,
incluso la filosofía de los distintos modos de producción.
Recomiendo leer sus artículos si te interesan estos temas. (Y
francamente, creo que deberían interesarte).
En mi próximo post completaré esta trilogía sobre el capitalismo moderno
y las nuevas formas de analizarlo hablando de… ¡el factor de producción
omitido: el capital!
Examinaré la importancia y distribución de los ingresos procedentes de
la propiedad de activos, un gran determinante de la desigualdad general. Un
determinante, además, que fue olvidado por muchos economistas en la etapa
posterior a Kuznets, temerosos de parecer “socialistas” si hablaban de la
contribución del capital a la desigualdad. Hasta que muchos se despertaron de
su sonambulismo gracias al superventas de Piketty. Y debemos seguir avanzando
por ese camino.
Traducción del inglés de Daniel Gascón.
Branko
Milanovic es economista. Su libro más reciente en español es "Miradas
sobre la desigualdad. De la Revolución francesa al final de la guerra
fría" (Taurus, 2024).

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