En 2020, Venezuela fue el país de la región Amazónica con mayor densidad de incendios, medido como número de focos de calor entre superficie. Tuvo casi el doble que Brasil. Las Áreas Protegidas del país, espacios naturales resguardados por su biodiversidad, sufrieron su peor año de incendios en registro. Cerca del 99% fueron provocados por la población. En los últimos 20 años los focos de calor aumentaron en 63 de las 80 Áreas Protegidas del país.
Una nube marrón y densa se estacionó sobre Caracas en marzo de 2020. Pasaron
semanas y no se movía. Las laderas del Ávila sólo eran visibles de noche,
cuando pequeños incendios, como finas corrientes de lava, revelaban la silueta
de la cordillera. Pero estos fuegos no explicaban el humo. Lejos, algo grande
ardía.
Costaba respirar, el pecho dolía. Por Twitter cientos de personas se quejaban,
pero no había información sobre el origen del humo. Me asomé por el balcón
tratando de detectar algún incendio o de entender la dirección del viento, pero
el ardor me obligó a cerrar los ojos. Bajo la ventana de mi sala, montículos de
cenizas se acumulaban en las esquinas. Mientras más caliente era el fuego, más
liviano era su carbón. Suspendido en el viento, esos esqueletos de árboles
podían haber viajado cientos de kilómetros, pero ¿desde dónde? ¿Cuántos
incendios había en Venezuela en ese instante? ¿Qué los prendió y por qué?
Entré en el mapa Global Forest Watch, una plataforma web que publica alertas de
incendios casi en tiempo real con datos de satélites de la NASA. Había puntos
rojos, focos de calor, en todos los parques nacionales que rodean Caracas. En
el extremo este de la cordillera de la Costa, Chuspa y Chirimena eran una sola
mancha roja, aunque los separan 15 kilómetros de distancia. Busqué al sur y
encontré lo mismo. Del Caribe hasta Amazonas, las Áreas Protegidas, delimitadas
por los gobiernos como espacios estrictos para la conservación de su
biodiversidad y paisajes, ardían.
No hay sistema público de monitoreo de incendios en Venezuela. Los datos
satelitales eran la única forma de entender qué ocurría. Descargué los últimos
veinte años de focos de calor registrados por dos sensores: el
Espectrorradiómetro de imágenes de media resolución (MODIS) y el Radiómetro de
imágenes en el infrarrojo visible (VIIRS). Comencé a investigar.
En Venezuela hay 80 Áreas Protegidas (AP) con fines de conservación, que
deberían tener sistemas de vigilancia, monitoreo y prevención de incendios,
para resguardar la biodiversidad. Al mapear todas las áreas, vistas como
polígonos turquesa, reconocí menos de la mitad.
Hay 44 parques
nacionales, 21 monumentos naturales, siete refugios de fauna silvestre, siete
reservas de fauna silvestre y un santuario de fauna silvestre. Las 80 AP suman
el 24% de la superficie del país: un área equivalente a 274 veces la Gran
Caracas o al territorio de los estados Amazonas y Anzoátegui juntos. Es uno de
los sistemas de AP más extensos del mundo.
Las AP son un concepto internacional y cada país lo adapta a sus leyes. En
Venezuela son parte del sistema de Áreas Bajo Régimen de Administración
Especial (ABRAE, por su acrónimo).
Busqué una
herramienta que permitiera visualizar y explorar los datos. Necesitaba
hacer zoom in y zoom out, alejar y acercar los
incendios para ver su contexto: ¿qué había cerca?, ¿ocurrían en lugares remotos
o cerca de poblados?, ¿eran recurrentes en una zona? Desde el espacio, la
región de los Llanos o el sur del Orinoco parecen inhóspitos y salvajes, como
si existiesen lejos de la humanidad. Pero al hacer zoom in en
el mapa y acercar, aparecen rastros de civilización. Carreteras que cortan
cordilleras, hogares en las orillas de los ríos, siembras dentro de los
bosques, cicatrices de fuego en cuadrados perfectos.
Hace 300 años los humanos se concentraban en el 5% de la
superficie terrestre. La mitad del planeta era prácticamente virgen. Hoy más del 75% de
la Tierra está intervenida. Apenas quedan pequeños refugios de naturaleza, remanentes, que solo se
hacen evidentes al compararlos con la escala de nuestra ocupación. La mayoría
del planeta ya no es natural, es humano; la naturaleza está sitiada por el
hombre.
Mapee los incendios dentro de cada Área Protegida en Venezuela. El resultado me
sorprendió. En algunos parques nacionales no parecía haber espacios libres de
fuego; los focos de calor habían cubierto gran parte del territorio en los
últimos nueve años. En otros monumentos naturales, los incendios ocurrían en
los mismos lugares, y en algunos refugios y reservas solo aparecieron focos en
los últimos años. Había incendios en casi todas las AP del país. ¿Qué podía
causar tanto fuego? ¿Estas unidades no están protegidas?
Contacté a Edgard Yerena, profesor del Departamento de Estudios Ambientales de
la Universidad Simón Bolívar, en Caracas, y exjefe de planificación de la
Dirección de Parques Nacionales del Instituto Nacional de Parques (Inparques).
Los incendios naturales normalmente comienzan por relámpagos o erupciones
volcánicas, me explicó. En Venezuela, los relámpagos suelen estar acompañados
por lluvia y no hay volcanes. “Cerca del 99% de los incendios en el país los
comienza la gente”, afirmó. Los venezolanos estaban quemando sus AP.
La nube sobre Caracas se disipó con las primeras lluvias de abril. Mucha gente,
incluyéndome, tuvo tos por varios días. Las partículas y gases en el humo
pueden generar asma, irritación e inflamación del sistema respiratorio; afectan el sistema inmunológico, especialmente en
niños; aumentan el
riesgo de infecciones respiratorias como pulmonía; y de paros
cardíacos en un 70%. Científicos todavía descubren efectos nuevos del humo en el cuerpo.
Los incendios pueden tener impactos trascendentales e irreversibles en espacios
naturales. A finales de 2019, los incendios en
Australia calcinaron más de mil millones de animales: incluyendo canguros, koalas y otras especies
amenazadas. Además de herir o matar plantas y animales, el fuego puede cambiar
sus hábitats, dejando a las especies sin alimento, sin espacio para
reproducirse o para vivir. En esos incendios, los koalas
perdieron el 30% de su hábitat en New South Wales, Australia. También puede contaminar cuencas de ríos y
lagos, , alterar la
estructura de los suelos, sus nutrientes y capacidad para retener agua, desencadenar erosión y afectar el microclima del
lugar.
Por seis meses analizamos los datos satelitales usando estadística y sistemas
de información geográfica con ayuda de expertos en el tema. Esto fue lo que
encontramos:
Desde
2001, los incendios aumentaron en 63 de las 80 Áreas Protegidas de Venezuela
En los últimos veinte años los incendios aumentaron en el único santuario de
fauna silvestre, en 41 de los 44 parques nacionales, en cinco de las siete
reservas de fauna silvestre, 12 de los 21 monumentos naturales y tres de los
siete refugios de fauna silvestre.
Pero no todas las AP sufrieron por igual.
Comparé el
promedio de incendios de la primera década del milenio con el promedio de la
segunda. En el Monumento Natural Teta de Niquitao, que protege la montaña más
alta del estado Trujillo y parte de la cordillera de los Andes, los incendios
aumentaron 262% de una década a la otra. Es el Área Protegida con mayor
incremento del 2001 al 2020.
En el Parque
Nacional Sierra de Perijá, en Zulia, aumentaron 131%.
Y al noreste, en
el Parque Nacional Macarao, que protege parte de la cordillera de la Costa que
bordea Caracas, los incendios aumentaron 235% de una década a la otra.
El 2020
fue el peor año en incendios dentro de las Áreas Protegidas en los últimos
veinte años
En 2020,
Venezuela fue el país de la región Amazónica con mayor densidad de incendios
forestales por superficie. Tuvo casi el doble que Brasil, según datos del
Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de ese país. Desde 2005,
Venezuela está entre los primeros tres países de la región Amazónica con mayor
densidad de focos de calor.
Entre los
países de la región Amazónica, Venezuela fue el sexto con más focos por
superficie en 2002. Once años después, en 2013, pasó al primer lugar, superando
a Brasil y a Bolivia. Después de ese año, Venezuela regresó al primer lugar en
2014, 2018 y 2020.
La densidad de focos de calor en Venezuela se multiplicó once veces entre 2002
y 2020. En 2020, la densidad de incendios de Venezuela fue 53,21% mayor que la
de Brasil.
De 151 países
en el mundo, Venezuela fue el 14 con mayor número de incendios en 2020. A pesar
de abarcar menos del 1% de la superficie terrestre, tuvo más focos de calor que
Australia, Sudán, Tanzania y Perú, juntos.
Esto se reflejó dentro de las AP. El 2020 —que coincidió con la pandemia de
covid-19— fue el peor año de incendios en los últimos veinte.

¿Qué tanto peor había sido? ¿Cómo se comparan esos incendios con los de la
última década? Cuatro AP en Venezuela quintuplicaron sus incendios en 2020 con
respecto al promedio de la década, siete los cuadruplicaron, once los
triplicaron y diecinueve los duplicaron.
Pero el 2019
fue similar y, antes de eso, el 2016, 2007 y 2003. Todos, menos el 2020,
fueron años de El
Niño, uno de los
fenómenos climáticos más importantes del planeta. La temperatura de las
corrientes marinas del Océano Pacífico causan cambios en el clima mundial.
Cuando se calientan
por encima de su promedio, hay sequías intensas en Venezuela. El planeta es un sistema interconectado.
Aunque el 2020 fue el año con mayor número de focos en lo que va de siglo XXI,
no era un año excepcional.
Más
incendios llevan a más incendios
Edgar Yerena me preguntó si conocía Maracay. “¿Recuerdas los herbazales y
sabanas que acompañan la carretera entre Caracas y Valencia?”. Pensé en los
océanos de pasto, con hojas alargadas y puntiagudas como agujas, que bailan con
el viento. “Esas sabanas no son naturales; son paisajes de fuego creados por
los seres humanos”, dijo.
Los primeros grandes incendios ocurrieron hace 230 millones de años, cuando
nacieron los bosques. Desde entonces, cada espacio del planeta se adaptó a un
régimen natural de fuego. En algunos, se volvió indispensable. En otros, una
rareza vista cada mil años. Su presencia o ausencia forjaron el planeta que
conocemos. Pero cuando la humanidad aprendió a controlarlo alteró ese
equilibrio.
Los valles de la Cordillera de la Costa estaban cubiertos por bosques hace más
de quinientos años. Rara vez se quemaban. Eran demasiado húmedos. Pero la
población quemó las tierras fértiles para sembrar, construir y cazar.
Eliminaron el bosque, y en su lugar, nacieron sabanas.
Las gramíneas
que cubren las sabanas son la vegetación que más se quema en el planeta. Su estructura las hace muy inflamables, crecen
rápido y se secan rápido. En sequía, son el combustible perfecto. La especie de
árbol, gramínea o arbusto que se queme, define la intensidad, velocidad y
temperatura del fuego. Por eso los incendios avanzan rápido en sabanas y más
lento en bosques.
Dentro de las AP venezolanas, las sabanas abiertas y las sabanas arbustivas o
arboladas fueron el tipo de vegetación que más se quemó durante los últimos
nueve años; las siguen los bosques ribereños, que suelen estar rodeados de sabanas
o herbazalez. Donde hay gramíneas, hay fuego.
Cambios de vegetación también afectan el
clima local. Los
árboles absorben agua por las raíces y la transpiran a la atmósfera como vapor:
sudan neblina. Al igual que para el cuerpo humano, sudar ayuda al bosque a
enfriarse. Cuando desaparecen los bosques, baja la humedad y aumenta la
temperatura en la zona. Los ríos cambian, se incrementa la erosión y las tierras
pierden fertilidad. Los climas secos producen más combustible.
Más incendios llevan a más incendios. El cambio climático está alterando
patrones y generando eventos extremos: en algunas regiones se alargan e
intensifican las sequías; en otras, hay inundaciones inéditas. Los ecosistemas
no pueden adaptarse a estos cambios y se degradan o enferman, aumentando el
riesgo de fuego. Cuando ocurren incendios, se libera dióxido de carbono, metano
y otros gases invernadero, agravando el cambio climático. El sistema se
retroalimenta.
“La interacción entre el clima, la vegetación y las actividades humanas definen
dónde y cuándo hay incendios”, me explicó Roberto Rivera Lombardi, docente del
Instituto de Geografía de la Universidad Central de Venezuela. Los humanos son
el agente causal más importante. Influyen directamente al provocarlos, e
indirectamente al cambiar la vegetación y el clima.
Esto ayudaba a explicar por qué a simple vista los datos revelaban más
incendios en la cordillera de la Costa que al sur del Orinoco, pero había
excepciones. Necesitaba identificar las AP más afectadas.
“Si sabes cuántos focos de calor hay por kilómetro cuadrado, tienes la densidad
de focos de cada AP”, explicó Rivera. “Con ese ranking tendremos una idea de
cuáles son las áreas con mayor intensidad de fuego”.
El eje
centro-norte, la región más afectada: invaden y queman las Áreas Protegidas
Siete de las
veinte AP más afectadas estaban en el norte del país. Esta región, entre la
cordillera de la Costa y la Serranía del Interior, concentra la densidad
poblacional más alta del país y la mayor parte de la actividad industrial.
En este gráfico cada Área Protegida está representada por un punto que marca su
densidad anual de incendios. En los últimos nueve años, el promedio de la densidad
de focos en las AP se multiplicó por seis.
Cada año, un pequeño grupo de Áreas Protegidas registra mayor densidad de focos
que el resto. En los últimos años son cada vez más altas. El Área Protegida con
mayor densidad de focos en 2020 tuvo tres veces más densidad que el área más
afectada en 2012.
Pero, ¿por qué
la población provoca incendios? En enero de 2020, en plena sequía, los
pobladores de Cagua, estado Aragua, quemaron una siembra de caña de azúcar.
Quizás para limpiar la tierra después de la cosecha, abriendo espacio para la
próxima siembra. Quizás para acorralar animales durante la caza. A las 3:00
p.m. se escucharon
gritos. Había
personas atrapadas en el fuego. Eran niños; los hijos, sobrinos, nietos de
comunidades cercanas. Estaban cazando conejos. La dirección del viento cambió y
el incendio avanzó sin tregua sobre la vegetación seca. Las llamas arrinconaron
a 11 jóvenes que tenían entre 10 y 18 años. Todos murieron.
“Hay costumbres sociales, pero también hay razones socioeconómicas para usar el
fuego en prácticas agropecuarias y de subsistencia”, dijo Roberto Rivera. La
gente quema para celebrar un rito, por peleas, rivalidades o por querer
ahuyentar a mosquitos. “También hay pirómanos, gente que quema por placer,
niños traviesos, personas que lo hacen por diversión o para vandalizar”, agregó
Edgar Yerena.
Hay muchas causas sociales, pero las motivaciones económicas son quizás las más
frecuentes. Y cada región tiene una economía distinta.
En el eje centro-norte, la expansión urbana por crecimiento demográfico causa
incendios, me explicó el Dr. Carlos Pacheco-Angulo, profesor titular de la
Facultad Ciencias Forestales y Ambientales de la Universidad de los Andes. Es
el área con mayor impacto sobre la biodiversidad.
Con eso en mente, superpuse los focos en AP con imágenes satelitales. Con ayuda
de expertos, revisé diferentes regiones comenzando por la más afectada.
Al norte del estado
Guárico, en la Serranía del Interior, se yerguen los Morros de San Juan,
conocidos como el Monumento Natural Arístides Rojas, el Área Protegida con
mayor densidad de incendios en el país.
Hace 80
millones de años, un mar cubría la región central de Venezuela. En la siguiente
era de glaciación se congelaron los polos y se retiró el agua, dejando cerros
de rocas calizas arrecifales, montañas de arrecifes de coral que hoy conocemos
como los Morros. El monumento se declaró para protegerlos.

Esta Área Protegida lleva el nombre de un historiador, escritor, naturalista,
médico y periodista venezolano que dedicó su vida a divulgar y registrar
información científica. Gracias a él sabemos que la temperatura promedio en
Caracas hace 200 años era de 21 grados centígrados. Hoy es de 26. Rojas, como
tantos otros, nos enseña cómo hemos cambiado.
De todos los
incendios de 2012 a 2020, la mitad se concentró en la frontera con San Juan de
los Morros, la ciudad con mayor densidad de población del estado Guárico.
En los últimos
veinte años, la población de San Juan creció 49% según proyecciones del
Instituto Nacional de Estadística. Esto trajo como consecuencia una expansión
desorganizada de la ciudad, incluyendo construcciones dentro del monumento
natural.
La gente quema para eliminar vegetación de los terrenos y poder construir. Las
fallas de servicios básicos también generan oportunidades para incendios. Para
deshacerse de la basura, la gente quema. Sin gas doméstico, la población cocina
con leña. A veces estos fuegos se salen de control y entran en áreas naturales.
Detectamos al
menos 430 invasiones ilegales dentro de Arístides Rojas. Cuando se creó el
monumento en 1949 no había poblaciones dentro del área, según su decreto. Las
construcciones ocurrieron luego. Son ilegales. La ley prohíbe nuevos
asentamientos dentro de monumentos.
En 2021
alrededor del 4,5% del territorio del monumento natural está intervenido. Es el
equivalente a la extensión del municipio Chacao en Caracas. Las invasiones se
intensificaron en las últimas décadas, como lo muestran las imágenes.
Hay siembras
de diferentes escalas. La mayoría parecen de subsistencia, pero algunas son
llamativas por su extensión. A comienzos de 2021 detectamos una parcela de 0.11
kilómetros cuadrados dentro del Monumento, a solo 411 metros de los Morros. Es
un área equivalente a 27 canchas de fútbol de 90 metros de largo por 45 de
ancho.
Arístides
Rojas escribió en Orígenes venezolanos que la cordillera de la
Costa estaba tallada por sus antepasados. Desde Paria hasta Barquisimeto, hay
petroglifos con rostros humanos, serpientes, ranas, tigres, manos e imágenes
del sol y de la luna. También al sur, entre Caicara y las orillas del río
Caura. Refiere Rojas que cuando Alexander Humboldt preguntó a los indígenas del
Orinoco cómo habían tallado rocas de más de quince metros de altura,
contestaron, sonriendo, que sus antepasados llegaron hasta las cimas en canoa.
Los petroglifos “marcan el itinerario del pueblo caribe”, escribió. El fuego
hace lo mismo. Los humanos forjaron el paisaje de la serranía. Estas sabanas
son las huellas del hombre.
Los
Llanos: la quema sin control para ganadería dentro de las Áreas Protegidas
Los Llanos son
la segunda región más afectada por los incendios. Seis de las veinte AP con más
fuego por superficie están allí. “Es un hotspot de incendios
forestales,” dice Pacheco-Angulo. Es una región inflamable por su clima,
vegetación y prácticas de quema. Se usa el fuego en la ganadería.
El Parque
Nacional Aguaro-Guariquito, en Los Llanos Centrales de Guárico, es la Área
Protegida más grande al norte del Orinoco y la que sufre mayor número de focos
en el país. También es la tercera con mayor densidad de incendios.
Este heatmap muestra todos los focos de calor VIIRS detectados
entre 2012 y 2020 dentro del área.
Este parque
protege un microcosmo de Los Llanos venezolanos. Es una planicie aluvial,
cubierta por dunas, esteros, lagunas y caños con distintos tipos de sabanas y
bosques. Dos ríos, el Aguaro y el Guariquito, lo atraviesan de norte a sur,
desembocando en el Orinoco.

Dentro, vive una especie en peligro crítico de extinción que solo existe en
Colombia y Venezuela: el caimán del Orinoco (Crocodylus intermedius). A
comienzos del siglo pasado había millones entre los llanos, sabanas inundables,
áreas boscosas e incluso en el piedemonte andino, pero los cazaron para hacer
zapatos, abrigos, carteras, botas y otros artículos de piel. Hoy quedan menos
de 1.500 individuos en Venezuela, según el Libro rojo de
la fauna venezolana. Su mayor amenaza es la pérdida de hábitat. Una de las poblaciones más
importantes está en Aguaro-Guariquito.

Desde la
colonia, los ganaderos queman la sabana durante la sequía para eliminar
gramíneas leñosas, duras y poco nutritivas para sus animales. El fuego favorece
rebrotes más suaves y sabrosos para el ganado. Con sabanas de gramíneas
inflamables y secas, los incendios crecen rápidamente.
Las quemas anuales descontroladas —que se hacen sin precaución, delimitación o
planificación— destruyen la materia orgánica del suelo que nutre las plantas y
que ya es escasa en los Llanos. Los suelos se degradan, desaparece la
vegetación nativa y prosperan las plantas que sirven para alimentar al ganado,
entre ellas, especies invasoras africanas.
La ganadería extensiva, con una res por 10 hectáreas, ha sustituido la
vegetación original por pastizales. Entre 1988 y 2010 se perdió un tercio de
las sabanas abiertas del país, según el Libro rojo de ecosistemas terrestres de Venezuela.
La mayor
concentración de incendios en Aguaro-Guariquito coincide con la frontera
suroeste del parque nacional, en los bosques ribereños que crecen a orillas de
los ríos. Casi la mitad de los focos entre 2012 y 2020 ocurrió,
aproximadamente, en el 11% de su territorio.
Los bosques
ribereños son corredores ecológicos que permiten el intercambio genético entre
poblaciones, ayudando a que los ecosistemas sean más diversos y resilientes.
También producen energía y nutrientes para peces, aves, mamíferos y reptiles
amenazados, como el caimán del Orinoco. Ayudan a regular el clima, mantienen la
calidad del agua y previenen la erosión.
Entre 1986 y 2016, estos bosques —visibles en las imágenes con un verde
frondoso— casi han desaparecido
Aunque los
bosques ribereños existen en 14 estados del país, al norte del Orinoco todos
están en peligro o, peor aún, en peligro crítico de desaparecer, según el Libro rojo de ecosistemas terrestres de Venezuela.
La pérdida de hábitats es la primera causa de extinción de aves, insectos,
mamíferos, peces, hongos y plantas en todo el planeta. Antes de los seres
humanos, se extinguían unas cinco especies al año por causas naturales.
Hoy desaparecen al
menos 100 veces más rápido. La velocidad de extinción supera la de aparición de nuevas especies.
Cuenca
del Lago de Maracaibo: agricultores queman para adentrarse en bosques
protegidos
En la cuenca
del Lago de Maracaibo, en el estado Zulia, queman para sembrar. La frontera
agrícola se está expandiendo dentro de las AP.
El Parque
Nacional Ciénagas de Juan Manuel, al sureste de la cuenca, es la décima Área
Protegida con mayor densidad de incendios por superficie. Y se han
intensificado. En 2020 aumentaron 411% en comparación con su promedio de los
últimos nueve años.
Dentro del
parque, los ríos Santa Ana, Catatumbo y Escalante, que bajan de la Sierra de
Perijá, crecen en temporada de lluvia y se desbordan en la planicie,
estancándose a pocos kilómetros de uno de los
lagos más antiguos del planeta. La confluencia de estos tres ríos crea ciénagas de herbazales, bosques
y manglares que interactúan junto con corrientes de viento, el relieve y otros
factores para producir el Relámpago del Catatumbo, la capital
mundial de los relámpagos.

En 1974 el Consejo Zuliano de Planificación preparó un estudio para la OEA que
menciona ganadería en los márgenes del río Santa Ana, agricultura en el borde
occidental de la ciénaga y a lo largo del río Catatumbo, y una población
flotante que caza y pesca para subsistir. El estudio recomendaba proteger esta
zona.
Casi cuarenta
años después, la mayor concentración de incendios entre 2012 y 2020 bordea el
río Santa Ana, al noroeste de la AP. La segunda mayor concentración está en el
borde occidental de la ciénaga, cerca del río Catatumbo. Las quemas ocurren muy
probablemente en las mismas zonas que en 1974, aunque hoy sean territorios
protegidos.
Los madereros talan maderas valiosas, creando huecos entre las copas de los
árboles. El techo de hojas, que funciona como el toldo de un invernadero, se
fragmenta. El sol entra y calienta el suelo, secando la vegetación y reduciendo
la humedad. Luego los conuqueros queman para limpiar los terrenos de siembra.
El humo de incendios se estaciona sobre el bosque y evita que se acumule niebla
sobre los árboles, reprimiendo la lluvia. La vegetación se seca más aún. Y en
la próxima temporada de sequía hay más combustible, entonces los incendios
abarcan más espacios. El ciclo se repite y el bosque se continúa fragmentando
hasta desaparecer.
Además de los
conucos, que son parcelas pequeñas, hay actividad agrícola de mayor escala,
como este terreno de 3.15 kilómetros cuadrados, un área equivalente a 778
canchas de fútbol de 90 metros de largo por 45 de ancho. Esta siembra no
existía en 1991, cuando se creó el parque nacional. Es una finca ilegal.
En 2021
calculamos que alrededor del 18% del Parque Nacional Ciénagas de Juan Manuel
está intervenido, en su mayoría, por fincas agrícolas. Son cerca de 454
kilómetros cuadrados, el equivalente a toda la superficie del Distrito Capital.
Los bosques de
pantano son la vegetación que más queman en el parque. Los bosques filtran el
agua, mejorando su calidad, retienen humedad, contribuyendo con el volumen del
cauce y regulan el flujo, ayudando a evitar desastres naturales.
La región del Catatumbo tiene el índice de deforestación más alto del país.
Entre 1975 y 1980, el sur del lago perdió el 90% de sus bosques, según el Libro rojo de ecosistemas terrestres de Venezuela. El 60% del agua dulce que entra en el Lago de
Maracaibo pasaba por estos bosques.
La
Amazonía venezolana: agricultores, ganaderos y mineros queman la Amazonía
Esta región
abarca los estados Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro, y sostiene parte de la Amazonía,
el bosque tropical más extenso del mundo. Al sur del Orinoco, “el fuego se usa
principalmente para cambiar el uso de la tierra con fines de agricultura”, dice
Pacheco-Angulo. La ganadería, minería y prácticas tradicionales de comunidades
indígenas también usan el fuego.
El Parque
Nacional Caura, creado en el gobierno de Nicolás Maduro, es el parque nacional
más reciente y más extenso de Venezuela.

Es la cuarta Área Protegida con mayor número de focos, después de
Aguaro-Guariquito, Canaima y Cinaruco-Capanaparo. En 2020 hubo 38% más
incendios que en su promedio de los últimos nueve años.
El Parque
Nacional Caura se superpuso con seis AP —el Parque Nacional Jaua-Sarisariñama y
cinco tepuyes del Monumento Natural Formaciones de Tepuyes— con la Reserva
Forestal Caura, con la Zona 2 del Arco Minero, donde se extrae hierro y oro
entre otros minerales, y con los territorios de dos pueblos indígenas, los
Sänema y Ye'kwuana, cuya autoridad aún no es reconocida por el estado a pesar
de décadas de exigencias.
Desde que se
creó en 2017, el 75% de los incendios está concentrado en la superposición con
el Arco Minero, sobre vegetación de bosques semicaducifolios al este y sabanas
arbustivas o arboladas al oeste.
Pero al
revisar imágenes satelitales de la Zona 2 del Arco Minero, dentro del parque,
detectamos más intervenciones agrícolas y ganaderas que minería. La mayoría de
estos focos coinciden con fincas agropecuarias.
Entre 2000 y
2018 se han perdido al menos 2.899 kilómetros cuadrados de bosque en la Amazonía
venezolana, encontró Provita, una
ONG venezolana enfocada
en la conservación y protección de especies amenazadas con extinción. Es un
área equivalente a 2,7 veces la isla de Margarita. La actividad agropecuaria es
responsable del 90% del área deforestada en la región, según “Amazonía y
Acción Climática en Venezuela”, una publicación de la ONG.
Las poblaciones
indígenas tradicionales del territorio, los Sänema y Ye'kwuana, queman para
sembrar, pero utilizan técnicas particulares de rotación de campos de cultivo.
Los Ye'kwuana limpian el área y siembran por dos a ocho años. Abandonan el
conuco para que regrese la vegetación nativa, y lo retoman 15 o 20 años
después. Los Sänema dejan descansar la tierra por 50 o 60 años. Estas técnicas
permiten que los ecosistemas se recuperen y no representan una amenaza a largo
plazo.
En
comparación, las siembras detectadas en el norte del parque son más extensas.
Se deforestan y queman grandes parcelas boscosas, y se siembran hasta agotar
los nutrientes. Luego se avanza a otros terrenos para continuar sembrando.
Esta parcela mide alrededor de 0.755 kilómetros cuadrados, área equivalente 186
canchas de fútbol de 90 metros de largo por 45 de ancho.
La minería
representa un 9% de la superficie deforestada en la Amazonía venezolana, encontró
Provita. “A pesar de
que su extensión no es tan grande, se ha intensificado notablemente en los
últimos años”, publicó en abril de 2021.
En la región Amazónica, que incluye nueve países, Venezuela es uno de los más
afectados por la minería ilegal, encontró la Red Amazónica de Información Socioambiental
Georreferenciada (RAISG), un consorcio de organizaciones que genera y difunde información
geoespacial. El 32% de todas las minas ilegales que existen en la Amazonía,
están en Venezuela, según el atlas Amazonía bajo
presión 2020 de la red.
Dentro del
parque nacional, fuera del Arco Minero, detectamos 13 minas ilegales que no
estaban identificadas previamente por la RAISG. Estas minas coinciden con áreas
de concentración de incendios.
En 13 de las
14 minas detectadas, hay focos de calor VIIRS a menos de 3,2 kilómetros de
distancia en línea recta. De 24 minas identificadas por RAISG, la mitad tiene
un incendio a menos de 3,6 kilómetros.
Los mineros usan el fuego para degradar y deforestar el bosque. Queman para
abrir espacios de minería. Pero también usan el fuego para limpiar las áreas
donde viven —donde van a construir casas y sembrar—, normalmente cerca de las
minas.
Los datos
revelaban que se están ocasionando más incendios dentro de las AP. Había más
ganadería, agricultura, minería, asentamientos y caza en estas áreas.
Si los parques nacionales y monumentos naturales están a cargo del Instituto
Nacional de Parques, y los refugios, reservas y santuarios de Fauna Silvestre
de una dependencia dentro del Ministerio de Ambiente, este aumento implicaba
fallas en la gestión y manejo por parte de ambas instituciones.
No hay
planificación ni recursos, el gobierno no tiene una política ambiental clara
Los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro reestructuraron el Ministerio de
Ambiente cada 5 años, en promedio. Le cambiaron el nombre, lo suprimieron,
lo incorporaron a otros ministerios y lo separaron de nuevo. “Los cambios en la
estructura de la administración ambiental no son una causa de nada, sino una
consecuencia”, dice Edgar Yerena. “El gobierno no tiene una idea clara de su
política ambiental o tiene una idea muy distinta a la que prescriben las leyes
y la constitución”, explica.
Los cambios de gerencia en Inparques reflejan lo mismo. Hay una desconexión
entre los dirigentes y lo que establecen las leyes. “La politización ideológica
conlleva a deficiencias de capital humano”, dice Yerena. Se prioriza la lealtad
política por encima de la experticia.
Pero a pesar de las actividades humanas, aunque la gente provoque incendios,
hay instituciones, políticas públicas y autoridades encargadas de prevenirlos,
monitorearlos y combatirlos.
Los guardaparques son la primera línea de respuesta. En el parque nacional
Macarao, entre Miranda y Distrito Capital, había unos 170 guardaparques en
2020, según Marlene Sifontes. En 2021 quedan menos de 50. En marzo de 2021, la
gran mayoría ganaba menos de dos dólares al mes, dice Sifontes. “Muchos no
pueden llegar a sus trabajos con ese salario”.
Sin recursos, los bomberos forestales no pudieron ejecutar tareas de prevención
ni de control de incendios para la sequía de 2020, denunció el
sindicato. No se tenían
los equipos para combatir el fuego ni se realizó el mantenimiento adecuado a
los cortafuegos y sistemas hídricos. “Desde hace varios años no se manejan los
planes operativos anuales, ni se elaboran los informes finales de las
temporadas de incendios”, dice Sifontes. “No hay planificación.”
Sin políticas de prevención y combate, el impacto de los incendios es mayor.
En 2020 los
incendios en el Monumento Natural Loma de León que bordea Barquisimeto, la
cuarta ciudad más poblada del país, se multiplicaron por seis. Es el Área
Protegida donde más aumentaron los focos en 2020 en comparación con su promedio
de los últimos nueve años.
La ciudad
larense entró en Loma de León. Las autoridades no han señalizado la frontera
entre el Área Protegida y la ciudad: los límites del monumento no están
definidos en el terreno. En el sector El Martillo, hay al menos cuatro comunidades
asentadas ilegalmente dentro del monumento: Asoprado, Valle Verde I, Valle
Verde II y La Batalla.
Incluso, hay
infraestructura industrial dentro del monumento natural.
La alcaldía
del municipio Iribarren y la gobernación del estado Lara construyeron servicios
de agua, luz, cloaca, vialidad, escuelas y módulos de policía para estas
comunidades, aunque están dentro de un Área Protegida estricta que lo prohíbe.
La zona de El Martillo tenía importantes matorrales que servían de alimento al
cardenalito (Carduelis cucullata), un ave pequeña de plumas negras y
rojas que es una de las especies más amenazadas del país.

Para el año
2005 sólo había una persona encargada de la vigilancia, manejo y administración
de esta área de 7.275 hectáreas, según un informe de
ParksWatch. Su
labor incluía emitir todos los expedientes de infracciones por invasión.
En el parque
nacional Terepaima, ubicado en Lara y Portuguesa, en el extremo noroeste de la
cordillera de los Andes, los incendios aumentaron 228% en 2020 con respecto a
su promedio de los últimos nueve años. Este parque protege las cuencas que
suministran agua a Barquisimeto y Sarare.
Aunque año
tras año es una de las AP más amenazadas por el fuego en Venezuela, no tiene
cortafuegos, tanques para almacenamiento de agua, sistemas hídricos que
transporten el agua ni equipos para la extinción de incendios.

Los bomberos
más cercanos están en la ciudad de Barquisimeto, a unos 20 kilómetros de
distancia, y atienden una ciudad con más de un millón de habitantes.
De los cuatro
puestos de guardaparques, tres fueron saqueados y destruidos, según un informe de
ParksWatch.
Tumbaron las paredes y robaron las ventanas, techos, pocetas y muebles. Solo
queda un puesto operativo.
Los guardaparques no tienen vehículo para moverse dentro de los 186 kilómetros
cuadrados del área, infraestructura para refugiarse y vigilar la zona, botas o
trajes que los protejan del fuego, o radios para comunicarse.
Buscando
incendios dentro de AP, encontré minas, siembras, pueblos y ganadería. En
bosques densos, llanos extensos o pantanos tupidos, donde había fuego, había
gente. Los incendios son estandartes de la conquista humana sobre la
naturaleza.
Como navegantes, trazando mapas en el cielo para llegar a casa, estos puntos
incandescentes sobre la superficie de la tierra detectados desde las órbitas
nos dan pistas para encontrarnos.
Cuando la humanidad domesticó el fuego se encaminó hacia otros planetas. Zeus,
dios del trueno en la mitología griega, iba a destruir a nuestra especie. Pero
Prometeo, tratando de evitarlo, robó el fuego a los dioses y se lo enseñó al
hombre, inventando las artes —la arquitectura, metalurgia, agricultura,
medicina y matemáticas—. Entonces la humanidad se convirtió en civilización.
El fuego nos permitió dominar el planeta y sus espacios salvajes, estableciendo
hogares en selvas densas y húmedas, protegiéndonos de depredadores, alumbrando
cuevas, desafiando climas gélidos, potabilizando agua, ampliando nuestra dieta
y propulsando naves al espacio. Con el fuego sobrevivimos y prosperamos.
Pero en Venezuela, usamos el fuego de forma descontrolada e indiscriminada.
Usamos el inmenso poder que nos otorga, sin pensar en el futuro o en las
consecuencias a largo plazo. Lo hacemos con viveza, atropellando a los más
vulnerables —organismos indefensos que generan los recursos que necesitamos
para existir—. Con el fuego estamos desfigurando las Áreas Protegidas,
convirtiéndolas en un reflejo de la humanidad y sus impactos.
En
cenizas.
Metodología:
Este trabajo
utilizó tres bases de datos que contienen 3.275.308 focos de calor detectados
por sensores remotos.
1. Focos detectados por sensores VIIRS en Venezuela entre 2012 y
2020, de FIRMS (NASA).
2. Focos detectados por MODIS en Venezuela entre 2001 y 2020, de
FIRMS (NASA).
3. Focos detectados por MODIS para todos los países de América del
Sur entre 2002 y 2020, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de
Brasil (INPE).
Para realizar los análisis geográficos utilizamos cuatro bases de datos en
QGIS, un sistema de información geográfica (GIS).
4. Áreas Protegidas de Venezuela: una capa vectorial creada por
Edgard Yerena y Vilisa Morón, del Laboratorio de Áreas Protegidas, del
Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad Simón Bolívar.
5. Unidades de vegetación de Venezuela: una capa vectorial creada
por María A. (Tina) Oliveira-Miranda en 2013. Parte de "Riesgo de colapso
de los ecosistemas terrestres de Venezuela y su relación con el riesgo de
extinción de mamíferos y aves", tesis doctoral en Ciencias Biológicas de
la Universidad Simón Bolívar, en Caracas.
6. Regiones fisiográficas de Venezuela: una capa vectorial basada
en el estudio de Alfonso Freile (1962), compartida por José A Naveda, profesor
del Postgrado de Ecología, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central
de Venezuela, y del Postgrado de Análisis Demográfico para el Desarrollo,
IIES-UCAB. Para el análisis usamos las “provincias,” agregando el Lago de
Maracaibo, que no está en la distribución original de Freile.
7. División político administrativa de Venezuela, una capa vectorial
por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos
Humanitarios (OCHA).
El criterio para definir las Áreas Protegidas dentro de las categorías de Áreas
Bajo Régimen Administrativo Especial (ABRAE) se hizo bajo indicaciones del
Laboratorio de Áreas Protegidas del Departamento de Estudios Ambientales de la
Universidad Simón Bolívar. Usamos cinco categorías de ABRAE como Áreas
Protegidas: Parques Nacionales, Monumentos Naturales, Refugios de Fauna
Silvestre, Reservas de Fauna Silvestre y Santuario de Fauna Silvestre.
Para hacer comparaciones entre países de la región Amazónica, utilizamos los
focos detectados por el sensor MODIS y procesados con los algoritmos del INPE
de Brasil, disponibles en la página del INPE, y las área totales de cada país
publicadas por el Banco Mundial en 2021. Dividimos los focos anuales por país
entre la superficie de ese país, para obtener la densidad de focos.
Para extraer los datos para el análisis de incendios dentro de las Áreas
Protegidas de Venezuela, cargamos en QGIS todos los focos MODIS detectados en
el país, entre enero de 2001 y diciembre de 2020, y todos los focos VIIRS
detectados entre enero de 2012 y diciembre de 2020. También cargamos la capa
vectorial de regiones fisiográficas, la capa de unidades de vegetación, la capa
de divisiones político territoriales, una capa de hidrografía, una de vialidad
nacional y otra de centros poblados. Luego superpusimos los polígonos de las 80
Áreas Protegidas, y extrajimos los datos que estaban ubicados dentro de cada
área. El resultado fueron varias capas vectoriales con puntos, o focos, donde
cada foco tenía el Área Protegida, la unidad de vegetación y la región donde
estaba ubicado.
Analizamos estos puntos, o focos, estadísticamente para detectar tendencia, variación
y patrones. Utilizamos los focos MODIS para analizar tendencias nacionales y
regionales en las últimas dos décadas, y los focos VIIRS para analizar Áreas
Protegidas particulares. El sensor VIIRS tiene mayor resolución espacial que el
sensor MODIS, por esta razón preferimos usarlo para hacer análisis estadísticos
y geográficos localizados.
Para las Áreas Protegidas más afectadas, revisamos imágenes satelitales Landsat
8 y Sentinel 2, usando la plataforma de Google Earth Engine, en áreas de
concentración de focos de calor. También revisamos imágenes a través de Google
Earth Engine y del plugin de Bing Maps en QGIS 3.8.
El Monumento Natural Formaciones de Tepuyes —que tiene 25 formaciones
independientes— se contó como un solo monumento dentro del análisis. Se
excluyeron cuatro Áreas Protegidas de los análisis estadísticos por tener
territorios menores a 2 kilómetros cuadrados: Santuario de Fauna Silvestre
Cuevas de Paraguaná, Monumento Natural Cueva de Alfredo Jahn, Monumento Natural
Cerro Autana y Monumento Natural Alejandro Humboldt.
Puede descargar nuestra base de datos con los focos de calor MODIS y VIIRS
dentro de Áreas Protegidas, aquí.
Créditos
Dirección
general: Angel Alayón y Oscar Marcano
Jefatura de
investigación: Valentina Oropeza
Jefatura de
diseño: John Fuentes
Jefatura de
innovación: Helena Carpio
Texto: Helena
Carpio
Edición: Valentina
Oropeza, Angel Alayón y Oscar Marcano
Asesoría: Edgard
Yerena y Tina Oliveira Miranda
Sistemas de
información geográfica: Helena Carpio
Análisis de
datos: Helena Carpio, Salvador Benasayag y Giogio Cunto
Infografía y
concepto gráfico: John Fuentes
Desarrollo
web: Mapbox y Matteo Ferrando
Redes sociales: Salvador Benasayag
CARACAS, 11 DE
MAYO DE 2021
Por Helena Carpio






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