Con la doble urgencia de frenar a la extrema derecha y descarbonizar el planeta, el ecosocialismo se enfrenta a dificultades políticas y programáticas. En ese contexto, el autor propone un ecologismo que, inscripto en la izquierda, promueva la abundancia dentro de los límites planetarios, apoyada en la revolución electro-renovable en curso.
«La peor
crisis en el peor momento»: este escueto y lúcido diagnóstico de Xan López
resume bien dónde se encuentra la izquierda cumplido el primer cuarto del
siglo xxi1. Enfrentamos una encrucijada política que amenaza con llevarse por
delante, a la vez, la democracia y el planeta. En lo inmediato, debemos
contener una oleada reaccionaria en auge que ya no busca solo revertir las
conquistas sociales posteriores a 1945, como había hecho el neoliberalismo,
sino que ha declarado la guerra a las conquistas políticas resultantes de la
Revolución de 1789. A su vez, debemos hacerlo descarbonizando el mundo en 25
años, para impedir una desestabilización climática que, de consumarse en sus
trayectorias actuales, puede dejar a 3.000 millones de personas fuera del nicho
de habitabilidad humana a finales de siglo, lo que comprometería la civilización
misma tal y como la hemos conocido2. Dos tareas colosales que definirán el rumbo de la especie mucho más
allá de nuestra época, y que la izquierda debe afrontar sabiéndose política y
organizativamente débil, quizá en uno de los momentos de debilidad más acusados
de su historia. Por ello, un replanteamiento estratégico es hoy un imperativo
existencial.
En los últimos
años, una de las propuestas de renovación programática de la izquierda que han
generado mayor impacto intelectual es la llamada abundance agenda,
que podríamos traducir al castellano con el concepto de «abundantismo». Surgida
a partir de la publicación del libro Abundancia, de Ezra Klein y
Derek Thompson, esta corriente plantea que la izquierda no puede contentarse
con redistribuir escasez, sino que debe reencontrarse con su antigua vocación
productivista para desplegar un nuevo programa propositivo de expansión
material3. Con el fin de recuperar la capacidad de impulsar procesos masivos de
construcción de nuevas viviendas o infraestructuras energéticas y de
transporte, así como de proveer servicios públicos a gran escala, para Klein y
Thompson la izquierda debe abandonar su actual ethos político,
que se habría vuelto materialmente defensivo. Según su diagnóstico, una parte
del progresismo se ha replegado sobre una cultura política de la cautela, la
regulación, la protección de lo existente y el veto preventivo, casi como un
acto reflejo, contra cualquier innovación que altere equilibrios sociales
cristalizados. Incluso cuando estas innovaciones solucionen problemas sociales
urgentes, como ocurre con el déficit habitacional en las sociedades
occidentales.
En muchos
aspectos, el libro de Klein y Thompson está demasiado condicionado por el
debate norteamericano: no todos los países presentan los mismos obstáculos de
hiperregulación que Estados Unidos; también es un trauma muy propio de los
estadounidenses entender su estancamiento material relativo como un signo de
decadencia imperial, en contraste con el espectacular auge de China. Desde la
izquierda, Abundancia ha recibido críticas merecidas por
tender a confundir democracia y participación con bloqueo burocrático; también
por sus premisas centristas (liberales, en el lenguaje norteamericano), muy
preocupadas por relanzar la oferta de bienes, pero poco por cuestionar la
escasez artificial estructural que provocan los monopolios, los mercados o la
estructura de propiedad capitalista.
Sin embargo,
si el libro ha resonado mucho más allá del mundo progresista estadounidense es
porque revela una carencia real de la izquierda occidental: quizá la
recuperación de nuestra capacidad hegemónica pasa por reconstruir una promesa
material que encarne un horizonte de prosperidad colectiva contundente y sin
complejos. Tal y como hicimos en los siglos xix y xx, como
recuerdan Matt Huber, Leigh Phillips y Fred Stafford en su texto «Abundance for
the 99 Percent» [Abundancia para el 99%]: «los anarquistas planeaban tomar el
control de las minas, no cerrarlas»4. Probablemente, uno de los mayores errores políticos de la izquierda en
los últimos 50 años ha sido limitarse a salvaguardar los valores morales
igualitarios y entregar a la derecha lo aspiracional y los relatos
civilizatorios excitantes. Para que un pueblo saque lo mejor de sí mismo, y todo
proceso de transformación lo necesita, no basta con la indignación destituyente
y la rabia producida por los abusos de las elites. Necesita un horizonte
deseable que permita apuntar hacia algo mejor. Para gran parte de la población,
que sigue sufriendo día a día precariedad y carencias materiales dolorosas, y
que entiende el progreso no como un mito teleológico agotado, sino como una
expectativa vital legítima, es probable que ese algo mejor implique siempre una
experiencia de holgura material, y hasta de cierto lujo, que la noción de
abundancia sugiere.
Si esta tesis,
históricamente obvia, suena hoy provocadora para segmentos importantes del
mundo progresista es, en parte, debido al influjo creciente que las ideas del
ecologismo decrecentista están teniendo en el ecosocialismo y, por irradiación
difusa, en el conjunto de la izquierda. Bajo el paraguas del decrecimiento (y
su hermano gemelo intelectual, el posdesarrollo, formulado desde las categorías
y las experiencias coloniales del Sur global), encontramos una galaxia
intelectual diversa que es imposible homogeneizar sin caricaturizarla. Hay un
abismo estratégico considerable entre propuestas como la de Jason Hickel, un
poscapitalismo ecologista que defiende un «nuevo pacto verde» (Green New
Deal) global para decrecer mediante una implantación masiva de las energías
renovables, y planteamientos como el que en España abanderan Adrián Almazán y
Luis González Reyes, que impugnan el carácter renovable de cualquier tecnología
industrial a gran escala y defienden un programa decrecentista basado en la
ruralización masiva y la comunitarización económica y social5. No obstante, podemos encontrar elementos compartidos. En ambos polos,
con diferentes intensidades, la crítica y la renuncia al crecimiento económico
no se derivan solo de razones morales, sino de su imposibilidad biofísica en un
planeta que ha sobrepasado peligrosamente sus límites ecológicos. Por ello, de
un modo más o menos disruptivo respecto de nuestra normalidad civilizatoria,
los partidarios del decrecimiento plantean una proyección del
siglo xxi marcada por la adaptación forzosa a condiciones materiales
más estrechas; una nueva era que, en comparación con la gran aceleración
industrial, cronificará diferentes formas de escasez, relativa o absoluta. Se
postula un cuello de botella metabólico que la tecnología no podría solucionar
y que impediría continuar con las rápidas dinámicas expansivas que, desde el
crecimiento poblacional hasta la urbanización masiva, hemos normalizado en la
era moderna, pero que son históricamente excepcionales.
En otras
palabras, para el universo del decrecimiento, la sostenibilidad futura pasa por
un ajuste correctivo a condiciones materiales y biosféricas más restrictivas.
Estas varían desde un suave aterrizaje dentro de los límites planetarios hasta
pronósticos de empobrecimiento masivo y colapso de la sociedad industrial, en
un camino de contracción material que tocaría asumir de modo voluntario y
anticipar para minimizar su impacto. El decrecimiento también comparte que este
golpe histórico podría ser relativamente suavizado con redistribución,
socialización de consumos y transformaciones culturales en los mundos de vida.
Las formas políticamente más inteligentes de estas corrientes, al intuir la
escasa capacidad de interpelación de las mayorías de una oferta de austeridad
ecológica, han insistido en las posibilidades de una nueva abundancia social
como efecto compensatorio que permitiría dibujar formas de vida buenas
alternativas a las de la modernidad.
Un
ecologismo no malthusiano
El
deslizamiento del ecosocialismo hacia imaginarios decrecentistas no ha venido
solo motivado por una lectura de la fractura metabólica capitalista. También se
alimenta de una sospecha cultural, ontológica y moral sobre el supuesto
carácter alienante y opresor de la modernidad. Este doble desplazamiento
supone, de hecho, una enmienda refundacional al programa histórico de la
izquierda. La tesis fundamental de este texto es que, para el ecosocialismo del
siglo xxi, este rumbo ideológico es contraproducente en lo político y,
además, falsable en lo científico.
Me centraré en
las notas que siguen en una crítica a la dimensión metabólica o material de
esta doble impugnación. Para la dimensión cultural, ontológica y moral, remito
a trabajos fantásticos, como los que están haciendo Martín Arboleda o Marina
Garcés, que nos recuerdan que los muchos puntos oscuros del programa ilustrado,
en términos feministas, decoloniales o ecológicos, deben ser corregidos sin
caer en una impugnación total ni de sus principios ni de su promesa6. Si la izquierda tiene un fundamento histórico, este es confiar en las
ganancias cognitivas que ofrecen las ciencias y en la ampliación de
posibilidades sociales que ofrece la tecnología, y en demostrar audacia
política para disputar ambas y democratizar sus logros en un proyecto de mejora
universal de la vida humana.
A finales del
siglo xviii, Nicolas de Condorcet y William Godwin sentaron las bases
axiológicas del enfoque progresista del problema ecológico al defender que, en
las posibilidades futuras de la humanidad, existía un círculo virtuoso entre
perfeccionamiento social y proliferación de abundancia material, dispuesto a
ser activado por reformas políticamente liberadoras. Thomas Malthus discutió
esta promesa analizando el poder restrictivo de los límites naturales como un
obstáculo que la humanidad jamás podría abolir. Aunque su obra se centró en el
gran drama ecológico de su tiempo, la productividad agrícola, su razonamiento
es aplicable a todos los recursos naturales. Para Malthus, el choque entre
humanidad expansiva y naturaleza finita se decretó como una condición universal
tan trágica como inevitable. En consecuencia, postuló que todo futuro estaría
marcado por una antropología restrictiva. La escasez jamás podría superarse.
Como analiza con rigor Ernest García, esta polémica delimitó el perímetro lógico
y destiló los argumentos elementales, mil y una veces revisitados y
reformulados, de dos siglos de debate posterior entre el ecologismo y la
izquierda7.
El malthusianismo
ha sido uno de los afluentes esenciales del ecologismo. Y no conviene
caricaturizarlo. De modo distorsionado, pero parcialmente efectivo, el
ecologismo neomalthusiano ha contribuido a que la izquierda se familiarice con
uno de los mayores aportes del pensamiento ecologista a la historia de las
ideas: la noción de límite natural irreductible a la voluntad social o
tecnológica humana. Este realismo naturalista, o por decirlo en jerga marxista,
esta autonomía relativa que poseen las capas de lo real que tradicionalmente
hemos pensado bajo la categoría problemática de «naturaleza», es un antídoto
imprescindible contra la tentación sociocéntrica de la izquierda, en especial
porque nos revela cierta asimetría ontológica que estamos culturalmente programados
para negar: lo natural puede retirarle el suelo a cualquier proyecto social,
pero ningún proyecto social puede decretar las condiciones naturales de su
propia existencia. Un ejemplo ilustrativo: el comunismo no puede abolir
mágicamente cierta concentración de co2 en la atmósfera, pero cierta
cantidad de co2 acumulada en la atmósfera puede impedir el comunismo
porque puede impedir la civilización. Sin este contrapeso conceptual, los
sujetos contemporáneos tendemos a dotar a la tecnología de cualidades milagrosas
tranquilizantes, mientras somos incapaces de discriminar y evaluar los riesgos,
los daños y las urgencias que se derivan de la crisis ecológica.
Pero la
ganancia cognitiva indudable que supone la idea de límite natural, cuando se
obtiene por vía malthusiana tiene también altos costos: por un lado, nos
conduce a terrenos políticos resbaladizos; por otro, inyecta en nuestros
imaginarios toda una serie de suposiciones que son científicamente
inconsistentes. Respecto de sus peligros políticos, el neomalthusianismo nos
sitúa en un lugar de enunciación problemático. En el mejor de los casos, se
defienden fórmulas fácilmente interpretables como procesos de adecuación
voluntaria a la pobreza. En el peor, se corre el riesgo de normalizar marcos
reaccionarios que nuestra sociedad está predispuesta a asumir con mucha
facilidad. Desde que Garrett Hardin formuló la base moral del ecofascismo con
su ética del bote salvavidas, sabemos que escasez rima muy bien con
competencia, crueldad, acaparamiento y derecho a la defensa del espacio vital
amenazado. Como señaló de modo pionero Carl Amery y han estudiado recientemente
autores como Andreas Malm o Bruno Latour, el auge de la nueva extrema derecha
no puede desligarse de una respuesta preventiva ante la sensación de un mundo
ecológicamente saturado, en el que los supremacistas prefieren matar a
compartir8.
Pero además de
su peligrosidad política, el enfoque malthusiano es epistemológicamente
erróneo. O, cuanto menos, es confuso y matizable cuando se aterriza en
situaciones históricas concretas, especialmente a la hora de pensar el sistema-mundo
moderno con redes humanas globales intensamente interdependientes y espoleadas
por un dinamismo tecnológico, económico y científico sin precedentes. Los
defensores de la pervivencia de la trampa malthusiana en la civilización
industrial deben enfrentar el hecho de que sus advertencias han sido
recurrentemente desmentidas por los hechos: fue refutado el mismo Malthus, pero
también sus hijos intelectuales con la bomba poblacional de la década de 1960 y
las teorías del pico de Hubbert que anunciaban el ocaso inminente del petróleo
en los años 2000. ¿Por qué tienden a fallar las predicciones del ecologismo
malthusiano? Si bien los recursos naturales son limitados, también son
desconocidos, puesto que son dinámicos: lo que terminamos aprovechando como
recurso en un contexto histórico dado es una combinación entre potencialidades
materiales de nuestro planeta, incentivos económicos variables y cambios
tecnológicos que amplían las posibilidades humanas.
No obstante,
existe otra tradición ecologista que se ha liberado de las influencias
políticas y científicas problemáticas del malthusianismo, aunque conservando su
fragmento de verdad. Se trata de un ecologismo que en muchas ocasiones la
izquierda ha despreciado por su pragmatismo y su alineación con enfoques que se
han entendido colaboracionistas con el capitalismo, como el desarrollo
sostenible. Podemos llamarlo ecologismo modernizador. Este espacio ideológico
no debe confundirse con su versión extrema, el ecomodernismo, en la medida en
que este hace una defensa de un tipo muy particular de modernización prometeica
fuerte, que ha rechazado el principio de precaución para abrazar tecnologías
como la nuclear, la geoingeniería o la transgénesis.
Pensemos el
metabolismo social como el de un organismo: toma materiales y energía del
entorno –su entrada– y devuelve al ambiente residuos y alteraciones –su
salida–. La divergencia entre el ecologismo malthusiano y el modernizador no
estriba solo en el grado de confianza o suspicacia hacia la tecnología: estriba
en el extremo de ese flujo en que localizan el límite ecológico. El malthusiano
lo sitúa en la entrada y piensa la insostenibilidad como escasez:
desabastecimiento, agotamiento de suministros. El modernizador lo sitúa en la
salida y la piensa como saturación: sumideros ambientales desbordados por la
contaminación, funciones ecosistémicas destruidas o alteradas. La diferencia
entre ambas perspectivas es relevante: en lo político, la primera nos conduce a
pensar la sostenibilidad como un empequeñecimiento forzoso de la demanda
humana, o incluso de la población, ante una oferta natural en declive, lo que
lleva a proyectar el futuro como un juego material de suma cero o negativa; la
segunda conduce a un rediseño radical de nuestro metabolismo socioecológico y
nuestra tecnosfera, que sigue siendo compatible con la promesa del progreso
como juego material de suma positiva.
Entre un
retorno al productivismo clásico del abundantismo que sea ecológicamente ciego
y un ecologismo neomalthusiano que renuncia a ofrecer un horizonte aspiracional
popular de carácter material, el ecosocialismo necesita orientar su programa
hacia una tercera opción: una versión de izquierdas del ecologismo
modernizador, que haga de la abundancia dentro de los límites planetarios su
propósito. Esta fórmula deja de sonar como un oxímoron cuando reparamos en lo
que está teniendo lugar, en este mismo instante, en el campo de las fuerzas
productivas: una auténtica revolución que, por sus contenidos, su génesis y su
potencial, merece ser caracterizada como «ecológica».
La
revolución ecológica de las fuerzas productivas
Desde el
famoso y archicitado prólogo de Marx a la Contribución a la crítica de
la economía política, una parte del marxismo cometió el error teórico de
dotar a las fuerzas productivas de una agencia histórica casi automática. Pero,
como afirma el filósofo César Rendueles, hay algo en esta tradición que, sin
ilusiones deterministas, ha ofrecido enormes ganancias explicativas a las
ciencias sociales y que políticamente merece la pena reivindicar: las fuerzas
productivas disponibles condicionan, de modo persistente, tanto la relación con
la biosfera como las posibilidades de organización social. Este
condicionamiento puede ser restrictivo, pero también habilitante. Por supuesto,
el concepto de fuerzas productivas no puede equipararse simplemente al de
tecnología: es tecnología socialmente estructurada y políticamente orientada y
disputada. Se trata de un matiz esencial, porque los grandes impactos
históricos de las fuerzas productivas no los protagoniza un avance técnico por
sí solo, sino su masificación a través de estrategias de despliegue y economías
de escala políticamente inducidas.
Hoy la
humanidad está cruzando el umbral de tres revoluciones de las fuerzas
productivas que ensancharán el espacio antropológico y pueden tener efectos
evolutivos disruptivos. Dos merecen el rótulo de ecológicas porque hacen
factible ganar sostenibilidad y, al mismo tiempo, incrementar la productividad,
incluso cuando esta se mide en categorías tan ambiental y socialmente
destructivas como las capitalistas. Ambas, además, llevan la firma del
ecologismo en su acta de nacimiento: la revolución electro-renovable en el
campo de la energía y la revolución regenerativa en el campo de la agricultura.
La tercera, la digital-cognitiva, no es inherentemente ecológica. En función de
su despliegue, puede llegar a serlo o puede convertirse en un vector más de la
devastación ambiental contemporánea.
La revolución
digital-cognitiva, desde la computación hasta internet, pasando por la
inteligencia artificial y la robótica, ha recibido una atención social
exagerada, hasta constituir lo que Rendueles llama una suerte de
ciberfetichismo9. La izquierda se ha relacionado con ella en un vínculo
maníaco-depresivo que ha basculado entre la ingenuidad adánica de finales de la
década de 1990 y el colapsismo actual. Sin duda, los reparos que en 2026 genera
esta revolución están justificados por fenómenos como el tecnofeudalismo, el
capitalismo de vigilancia y su contribución a la deriva fascista del
siglo xxi. No obstante, como todas, estas fuerzas productivas también son
disputables. Y su conquista ofrecería, como vienen señalando autores como Aaron
Bastani o Paul Cockshott, enormes chances socialistas en materia de cálculo
económico, planificación democrática, reducción del tiempo de trabajo o
abundancia literalmente «comunista», gracias a los procesos de costo marginal
cero que posibilita. Sin embargo, si la abundancia material del futuro debe ser
ecológica, la información digital libre ayudará, pero solo una relación
diferente con la tierra y la energía puede garantizarla.
Eso es lo que
posibilitan la revolución regenerativa y la revolución electro-renovable. La
primera combina antiguos saberes campesinos con ciencia de frontera y nos está
descubriendo que el suelo, lejos de ser un soporte inerte, es uno de los
ecosistemas más complejos de la Tierra. Abandonar las prácticas que rompen su
estructura y sustituirlas por otras que la restauran está logrando mantener o
incluso incrementar la productividad agrícola industrial, al mismo tiempo que
restituye la fertilidad. El giro evolutivo que promete es esperanzador:
reiniciar el Neolítico y redirigir la producción primaria de biomasa a
recuperar la exuberancia de nuestros ecosistemas.
Pero la llave
maestra para un programa de abundancia dentro de los límites planetarios nos la
ofrece la revolución electro-renovable. La reducción de costos de las energías
fotovoltaicas y eólicas, así como de su almacenamiento, es una de las más
espectaculares de la historia económica. Su despliegue avanza a un ritmo sin
precedentes: China tardó 16 años en construir la presa de las Tres Gargantas;
en 2025 ha instalado paneles con una potencia similar cada tres semanas10. Este aceleracionismo energético no se limita a China. Pakistán, la
India, Kenia o Vietnam muestran que una de las grandes virtudes de la
revolución electro-renovable es que no será monopolística, sino distribuida, y
esto abre una oportunidad histórica de desarrollo endógeno para el Sur global.
Ninguna otra
transición energética había ocurrido así. Actualmente, no hay forma más barata
de producir electricidad en la mayor parte del mundo que apuntar un panel
fotovoltaico al sol. Más que a otras transiciones energéticas, el proceso se
parece a la irrupción de los microprocesadores: un abaratamiento radical que
llevó a que miles de millones de personas tengan hoy en su bolsillo, en forma
de teléfono móvil, un ordenador millones de veces más potente que los que se
usaban en el Programa Apolo. Como a la izquierda, atravesada por 200 años de
imaginarios fósiles, le cuesta comprender el potencial transformador de esta
fuerza productiva, propongo una comparación antropológica provocadora: lo que
sucede con las energías fotovoltaicas y las baterías es un salto evolutivo
similar al descubrimiento del fuego. Parafraseando a Karl Marx, estamos a punto
de dejar atrás la prehistoria energética de la humanidad, que es quemar cosas.
En las próximas décadas podemos pasar página al hábito de quemar moléculas
procedentes de la fotosíntesis, vía biomasa o vía fósiles, que ha sido nuestro
reino energético durante un millón de años, para entrar en un mundo nuevo mucho
más eficaz y de abundancia colosal: mover electrones gracias al don gratuito
del sol.
Si a esto
sumamos que ya es factible técnica y económicamente electrificar alrededor de
70% de nuestros procesos materiales, que la electricidad es mucho más eficiente
que la energía fósil, y que su despliegue ofrece soberanía, seguridad y un
potencial democratizador no asegurado pero real, comprendemos que la conversión
de nuestros países en electro-Estados renovables es el objetivo número uno de
cualquier programa ecosocialista.
El ecologismo
decrecentista ha cuestionado el potencial de las energías renovables para
asegurar un futuro de abundancia con diversos argumentos: los puramente
tecnológicos, que tenían cierto sentido hace 15 o 20 años, han quedado
empíricamente obsoletos; las objeciones sobre las afecciones a la biodiversidad
son relevantes, pero la experiencia también ha demostrado que las energías
renovables se pueden integrar con la agricultura y los ecosistemas y, bien
gestionadas, potencian la biodiversidad –por ejemplo, mediante la restauración
de vegetación nativa bajo y entre los paneles–. Las limitaciones minerales
tampoco comprometen la viabilidad de la transición allí donde más importa
–generación renovable, redes y almacenamiento, que son poco intensivos en
minerales y reciclables–. Sí plantean dudas, en cambio, si la meta es
electrificar uno a uno el parque automovilístico actual, es decir, reproducir
en versión eléctrica el modelo vigente: ahí el cuello de botella, al menos con
la tecnología contemporánea, son las baterías, además de que el actual modelo
de privatización del espacio público por el automóvil tiene efectos sociales
nefastos que el ecosocialismo debe combatir.
Por supuesto,
la transición energética expandirá la frontera minera, pero aquí conviene
aclarar un equívoco que el decrecimiento ha ayudado a popularizar: desplegar
toda la infraestructura de la descarbonización en los próximos 25 años exige
menos minerales que un solo año de metabolismo fósil11. Este dato, que muchos leerán con sorpresa, tiene una explicación
sencilla: los combustibles fósiles son productos mineros que se están quemando
constantemente. Los minerales metálicos, una vez extraídos y procesados, quedan
incorporados al capital del sistema en forma de productos cuya vida útil es
larga, y además admiten reciclaje12.
Es cierto que
se abrirán nuevas minas motivadas por la transición verde, y que estos
procesos, según su conducción política, pueden ser extractivistas y violentos.
Pero también pueden ser ejemplares y beneficiosos. La clave es disputarlos. Lo
mismo ocurre con la implantación de energías renovables. Desplegadas bajo
lógicas capitalistas, en muchas geografías generan nuevos episodios de
acumulación por desposesión bajo una retórica verde, y provocan resistencias
legítimas. Pero el trabajo ecosocialista no puede simplemente sumarse a
cuestionar su despliegue a gran escala, porque esa posición nos coloca,
involuntariamente, como aliados de facto del capital fósil. Lo
que debería obsesionar a la izquierda es disputar políticamente la transición
energética para conquistarla al servicio de una modernización ecológicamente
rigurosa y socialmente expansiva. El mismo tipo de giro político proactivo y
modernizador podemos darlo con las cuestiones relacionadas con el
extractivismo: más que un rechazo por defecto de los procesos extractivos,
cuando estos respondan a procesos útiles para derrotar al modelo fósil, la
izquierda ecosocialista podría enfocarlos desde un nuevo desarrollismo popular,
que ponga en la agenda la recuperación de la soberanía material, pero vaya más
allá de un nacionalismo de recursos clásico, mediante condicionalidades fuertes
de acceso inversor ligadas a la transferencia tecnológica, a marcos comerciales
cooperativos y al desarrollo de políticas industriales endógenas.
Un
ecosocialismo de mayorías
El modo en que
las nuevas fuerzas productivas verdes están ampliando el horizonte
ecosocialista, con su promesa de una nueva abundancia, no suprime la amenaza de
la crisis ecológica. Seguimos enfrentando una mutación catastrófica del régimen
climático que urge frenar y que, además, nos exige ya un ingente esfuerzo de
adaptación en el que estamos muy rezagados. Seguimos extinguiendo especies a un
ritmo sin precedentes y erosionando funciones ecosistémicas imprescindibles de
un modo autodestructivo. Seguimos sobrepasando siete de los nueve límites de
seguridad planetaria: a los seis ya identificados –cambio climático, integridad
de la biosfera, cambio de uso del suelo, agua dulce, flujos biogeoquímicos y
entidades nuevas– se sumó en 2025 la acidificación de los océanos.
La transición
energética y la regenerativa son las piezas maestras de una transformación
ecológica del metabolismo industrial capaces de garantizar su viabilidad a
largo plazo, pero no son las únicas. Necesitamos una economía circular real,
con implicaciones enormes que van desde una nueva industria de reciclaje de
minerales críticos a un nuevo diseño de todos los procesos productivos, pasando
por la abolición de estrategias capitalistas de maximización del beneficio,
como la obsolescencia programada. Necesitamos socializar múltiples consumos
para optimizar su eficacia, empezando por la movilidad. Necesitamos
transformaciones en los hábitos populares que no son ni pueden ser sostenibles
en ningún escenario de abundancia ecológica imaginable, como el consumismo, la
cultura del usar y tirar, o el predominio inaudito de la carne en la dieta
contemporánea.
Ninguna de
estas reformas es fácilmente compatible con el capitalismo neoliberal. Y menos
si además aspiramos, como debe hacer la izquierda, a que la transición
ecológica sea rápida y justa. Ambas exigencias hay que pensarlas juntas, pues
si no es justa no podrá ser rápida, ya que el cambio será frenado por las
fricciones del descontento popular. Pero lo contrario es igualmente cierto: si
no es muy rápida, no podrá ser justa con las personas más expuestas y
vulnerables al caos climático. Tampoco con las generaciones futuras, a las que
estamos condenando, sin merecerlo, a vivir en un mundo aplastante.
Por ello,
aunque es evidente que la nueva ventaja competitiva de las energías renovables
abre un nicho de rentabilidad que ya está siendo aprovechado por el capital,
inaugurando una nueva frontera de acumulación, con todas las violencias
sociales que esta trae consigo, la tarea ecosocialista no puede consistir en
frenar ese cambio tecnológico. Al contrario, debemos acelerarlo desde el
control público y ponerlo al servicio del bien común: nuestra misión
generacional es domesticar al capital para, en 25 años, descarbonizar el mundo,
electrificar integralmente la estructura productiva global y distribuir de modo
equitativo esta nueva fuente de riqueza colectiva. Aunque esto puede sonar
provocador, en este contexto histórico de retorno de las lógicas imperiales,
con un capitalismo marrón deviniendo en fascismo fósil en petroestados con
capacidad de refundar el orden mundial, como Estados Unidos, el capitalismo
verde quizá no sea nuestro enemigo prioritario. Lo que hoy es privado mañana
puede ser socializado. Pero un escenario Tierra-invernadero no tiene vuelta
atrás: será un fracaso antropológico que volverá mucho más difícil la vida para
las próximas generaciones humanas durante miles de años.
En definitiva,
la abundancia dentro de los límites planetarios no es una nueva prórroga
tecnológica para continuar con los patrones ecocidas que han hecho del
Antropoceno un callejón evolutivo sin salida. Es una posibilidad para
transformar radicalmente nuestras relaciones socionaturales con una agenda
política que, a diferencia del horizonte de autocontención del ecologismo
malthusiano, puede proyectar, de un modo científicamente fundamentado, un
horizonte de futuro sostenible y deseable para las grandes mayorías populares
realmente existentes. Esta es la razón última por la que vale la pena explorar
políticamente la idea de abundancia dentro de los límites planetarios: la
ganancia que ofrece en términos de acción política. El «pueblo del clima» no
nacerá de un giro ontológico ni de una reforma moral equivalente a una
conversión religiosa: el «pueblo del clima» lo construiremos disputando el
sentido común que emana de la materia antropológica de nuestro tiempo, con sus
miedos, sus ilusiones, sus expectativas y sus reglas intuitivas de cálculo
político.
En cierta
forma, la oportunidad de compatibilizar una abundancia futura con los límites
planetarios, gracias a las posibilidades que ofrece una decantación
ecosocialista de las nuevas fuerzas productivas verdes, es quizá la mejor
noticia del siglo: aunque nos habíamos instalado en una duda catastrofista más
que razonable, hoy sabemos que la desestabilización climática y biosférica no
ha clausurado históricamente eso que Marx nos enseñó a llamar el Reino de la
Libertad. Y si alguna vez hemos contado a nuestro favor con una meta capaz de
congregar a grandes mayorías y forjar el tipo de carácter colectivo que pueda
responder a las muchas vicisitudes y desventuras del camino, ha sido esa.
- 1.
Xan
López: El fin de la paciencia, Barcelona, Anagrama, 2025.
- 2.
Chi Xu, Timothy
A. Kohler, Timothy M. Lenton y Marten Scheffer:
«Future of the Human Climate Niche» en PNAS vol. 117 No 21,
2020.
- 3.
Ezra Klein y
Derek Thompson: Abundancia [2025], Madrid, Capitán Swing,
2026.
- 4.
Matt Huber, Leigh Phillips y Fred Stafford:
«Abundance for the 99 Percent» en Jacobin, 2/8/2025.
- 5.
Jason
Hickel: Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará el mundo,
Madrid, Capitán Swing, 2023; Adrián Almazán y Luis González Reyes: Decrecimiento.
Del
qué al cómo, Barcelona, Icaria, 2023.
- 6.
Martín
Arboleda: «El ecologismo rebelde y humanista de Friedrich Engels» en Jacobin,
18/2/2024; Marina Garcés: Nueva ilustración radical, Barcelona,
Anagrama, 2017.
- 7.
Ernest
García: Ecología e igualdad, Valencia, Tirant Humanidades, 2021.
- 8.
Carl Amery: Auschwitz,
¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Madrid-Ciudad de México,
Turner / fce, 2002.
- 9.
César
Rendueles: Sociofobia, Madrid, Capitán Swing, 2013.
- 10.
Keith Bradsher: «Why China Built 162 Square Miles
of Solar Panels on the World’s Highest Plateau» en The New York Times,
11/10/2025.
- 11.
Daan Walter, Sam Butler-Sloss y Kingsmill Bond:
The Electrotech Revolution: The Shape of Things to Come, Ember, 2025,
disponible en https://ember-energy.org/app/u....pdf.
- 12.
Para una
visión panorámica muy completa de los avances de la revolución
electro-renovable, que combina rigor académico y compromiso activista,
v. Daniel Carralero, Marta Victoria y Cristóbal
Gallego: Un lugar al que llegar. Mapa político de la transición
energética, Madrid, Levanta Fuego, 2025.
NUEVA SOCIEDAD 323 / AGOSTO 2026

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