La ecología
J. Dorst, en Avant que La nature meure, dice: «El hombre apareció como un gusano en una fruta, como polilla en un ovillo de lana y ha roído su hábitat segregando teorías para justificar su acción». Los poetas, los pararrayos celestes de Darío, hace siglos que son sensibles a estos problemas, John Donne (1572-1631), en Una anatomía del mundo, ya intuía: «El sol está perdido y la tierra también y nadie sabe dónde ir a buscarlos / Y los hombres confiesan libremente que este mundo está agotado».
Los movimientos ecológicos, consecuencia hostigada y lenta de la brutal amenaza, tanto como los gestos aislados en pro del futuro de la vida sobre la tierra, solo servirán de algo si quienes detentan el poder real resuelven aceptarlos. Haeckel formuló en 1866 el concepto de œcología y se ha requerido más de un siglo y cuarto para que lleguemos al punto en que estamos. En proporción, son pocos —y poco resolutorios— quienes son conscientes de que el planeta va veloz a un desastre que abrumará a nuestros nietos.La noción de biocenosis,
conjunto de seres vivos que viven en común en un lugar dado, no llegó a formar
parte del ámbito mental del hombre del siglo
XX, aunque desde 1920 la biocenótica existía como rama de la ecología.
Debemos a las investigaciones realizadas en su campo una nueva concepción de la
interdependencia real entre las especies, con lo que se ha
logrado la
extinción de muchas plagas. Quizás hoy pocos conocen la filoxera, insecto
hemíptero que ataca de modo letal las raíces y las hojas de la vid. Charles
Valentine Riley descubrió el origen norteamericano de la plaga y la combatió
proponiendo injertos de especies resistentes. A raíz de esa investigación
descubrió una especie de cochinilla australiana que combatía plagas de los citrus
de California. Gracias a que la biocenosis atendió a la acción de una
especie sobre otra se puso fin a una catástrofe que alteraba el trabajo de
mucha gente en distintos países. Hoy esa plaga perdió virulencia y creo
olvidado su nombre fuera del campo al que pertenece. En mi infancia oía lo de filoxera
cada vez que mostraba esa condición insistente de mosca veraniega que
define cierta ineludible etapa infantil. El nombre de la hoy controlable plaga
formaba parte del lenguaje de la gente más o menos informada, aunque nada
tuviese que ver con las plantaciones en gran escala.
En condiciones
normales, el combate de un elemento que puede convertirse en plaga se hace
desde el propio seno de la naturaleza y a un ritmo que le es propio y que suele
ser eficaz. De las musarañas se ha dicho que por suerte no tienen el tamaño de
un león: despoblarían la tierra, tal es la ferocidad con que atacan todo lo que
comen: insectos, gusanos y ratones. A su vez, son atacadas por las zorras y el
gato montés, aunque no las coman debido a su fuerte olor almizclado. La
musaraña, siendo insectívora, es muy útil al agricultor, que la rechaza por lo
desagradable de sus secreciones, que a ella, como al zorrillo, le sirven de
defensa ante los perros y otros animales mayores
Nuestros próximos, los animales
J. H. Fabre, al margen de la academia y sin auxilios materiales, dedicó su vida al estudio de los insectos y de sus costumbres,
desde los más comunes —hormigas, arañas, escarabajos, etc.— hasta algunos de
apariciones menos asiduas en nuestra vida. Trabajó en un siglo, el XIX, que vio
a la vez las labores de otros pioneros, que buscaban especies nuevas en zonas semisalvajes,
por encargo de zoológicos y de jardines botánicos. Estas actividades, aunque
comerciales, ampliaron de modo imprevisto los horizontes científicos: la
conducta de los animales, desde los más exóticos a los más familiares, ofreció
un nuevo y dinámico campo de investigación.
Ya no cabe
confundir la psicología de los animales con la de sus propietarios, como haría
la célebre y prolífica retratista Vigée-Lebrun en unas presuntas memorias
paródicas que Colette le inventa: al encargarle un imaginario príncipe ruso su
retrato, aquella resuelve […] reunir con él, sobre la misma tela, a la
princesa, a sus once niños […], su caballo preferido, dos perros y un casal de
palomas domésticas, animales que la naturaleza generosa parecía haber colmado,
como a sus nobles amos, de todos los dones del espíritu y del corazón.
Las distintas
posiciones de los psicólogos determinaron las actitudes de los estudios de los
animales. El conductismo, que hoy reina en la academia estadounidense, ocupó el
nuevo campo de la actividad animal.
Reconocer la
importancia de la comunicación entre los animales trajo a primer plano el tema
de lenguaje y la posibilidad de comprensión entre ellos y el hombre; no es un
tema nuevo. Melampo, dios menor entre los griegos, era capaz de hablar con los
animales; no Orfeo, que los atraía con la música. Relatos legendarios de
diversas culturas abundan en dones mágicos, anillos o talismanes que permiten
comprender el canto de un pájaro que anuncia un peligro, advierte algo,
recomienda un próximo paso.Las más remotas tradiciones nos acercan a un tiempo
infinitamente distante, cuando todos los seres habrían estado dotados con el
poder de comunicarse.
Avances
científicos en terrenos auxiliares, como la computación, amplían, es obvio, las
posibilidades de los estudios sobre la comunicación. A la vez, los progresos de
la genética se disparan, dándole la espalda a lo que de espiritual podrían
guardar aquellos progresos en la comunicación entre el ser humano y algunos de
sus compañeros sobre la tierra. El conductismo, que permitió ampliar
materialmente esos estudios, insiste desde sus premisas en ponerle límite a las
conclusiones que podrían alcanzarse, y a veces entrevé un conocimiento interior,
fuente difícil de precisar, no de intuir.
Los animales
nacidos en cautiverio adquieren una asombrosa
capacidad de
comunicación con los cuidadores que se han ganado su confianza; los delfines y
ciertos grandes monos llegan a aprender símbolos que equivalen a conceptos y a
palabras. Se recibe cada vez más información de quienes pasan su vida entre
animales en los zoológicos.
Una viene del
de Columbus. Fossey, bebé gorila nacido en cautiverio (así llamado en
memoria de Diane Fossey, la estudiosa de gorilas asesinada en Ruanda),
amamantado con descuido, tenía la cara cubierta de leche. La cuidadora, sin
pensarlo, lo dijo, y fue la primera sorprendida cuando la madre de Fossey se
lo acercó a la reja para que lo limpiara. Otro caso, más notable, trata de un
bebé gorila enfermo que requería una inyección que los gorilas detestan. Sin
embargo, la madre comprendió que su cría estaba enferma y, confiando en sus
cuidadores, la acercó a la reja para permitir que la inyectaran. En el primer
caso, pudo haber comprensión de ciertas palabras habituales, como dámelo.
En el otro, el instinto maternal que, en estos casos, elige la confianza.
Dieter Plage,
dedicado a filmar escenas de la vida natural, registró una historia notable
ocurrida en la India. Ante la crecida de un río, una leopardo hembra abandona a
nado su guarida para llevar en el hocico a sus cachorros, en dos viajes
sucesivos, hacia la otra orilla. Allí vive un conocido conservacionista, B.
Arjan Singh, que había criado felinos, entre otros a Harriet, la
leopardo. Entonces Harriet se refugia en la cocina de su examo, que,
elevada, le ofrece seguridad. Cuando intuye que la subida del río ha terminado,
intenta volver a su cueva. Pero la fuerza de las aguas la disuade de hacer sus
dos cruces a nado, así que, con un cachorro en el hocico, sube al bote de
Singh, como cuando pequeña, y espera a que este la lleve de regreso a su cueva.
Los
orangutanes se especializan en escapar de sus jaulas, gracias a su fuerza o a
la astucia con que se ayudan inventando herramientas, tanto que a menudo se
recurre a ellos para probar si las jaulas son seguras para otros monos. Para
recapturar a uno, hubo que dormirlo mediante un dardo. Pero o despertó
demasiado pronto o los encargados de encerrarlo no estaban prácticos y el dardo
se le quedó en el brazo. Por horas trató de sacárselo él mismo, ya que su
cuidadora solo podía hacerlo con una pinza que lo espantaba. Al fin, después de
reflexiones serias, acercó el brazo a la reja. Con el otro se tapaba los ojos,
desviando la cabeza como un niño en similar trance.
La cuidadora
de Molly, una gorila enferma, debía ponerle un termómetro de banda, de
los que se colocan en la frente. Probó ponérselo a sí misma. Luego sin saber
bien cómo hacer para colocárselo debidamente a la enferma, se lo puso en un
pie, que era lo que tenía cerca. Molly se lo quitó de allí y se lo
colocó donde correspondía, y luego, cuando era hora de registrar su
temperatura, lo entregó: ¿imitación o comprensión?
Quienes están
o han estado cerca de caballos suelen tener observaciones sobre la
comunicación, las respuestas, las actitudes, que traducen sentimientos que, de
darse en un ser humano, se considerarían anticipaciones o intuiciones. También
de otros animales hay historias que solo sorprenden a quienes se asoman a ellas
por primera vez: ejemplos de sentimientos extremados de afecto hacia su
descendencia, sus amos, sus cuidadores o hacia otros animales, a veces de
animales normalmente incompatibles.
Hay casos
llamativos entre los animales adiestrados para acompañar a ciegos o que se
emplean, cada vez con más frecuencia, para que ancianos acosados por la soledad
o por la obligada convivencia con extraños en un asilo mantengan el interés en
la vida. Como enfermeros especialmente sensibles y afectuosos, gatos o perros
reparten su apego entre varios ancianos. Una rara perceptividad les hace sentir
la declinación de alguno; lo demuestran no apartándose de él. ¿Registran un
olor distinto, un cambio de temperatura? ¿Hay una comunicación mental?
Mi hija tiene
dos perros labradores, macho y hembra, cuya psicología difiere. Odiseo es
el cachorro eterno, cariñoso, expansivo e inoportuno, al que es difícil
enseñarle algo, en parte porque tiene demasiados dueños.
Melania es tímida, adora a Odiseo hasta el punto de no
comer si es echado fuera, y entiende, me parece, todo. Es mi favorita, pero se
me resiste.
Cuando llego, Odiseo,
que ha alcanzado un peso respetable, me salta encima con todo cariño. Debo
frenarlo para que no me tire al suelo. Él no entiende; Melania, sí, y no
se acerca por más que la llame. Hace tiempo jugando junto a un ventanal,
golpearon contra un vidrio que se desplomó.
Era la peor
noche del invierno. Pasamos más de una hora colocando un gran plástico que
remediara el problema hasta conseguir un vidriero. Los culpables, asustados, se
habían quedado quietos tras unos sillones. Fui la primera en sentarme. Melania
se acercó y puso la cabeza en mi falda. Al acariciarla vi sangrar una
herida en el lomo, entre el brillante pelo negro.
Una astilla de
vidrio le había caído de punta. Se quedó quieta en la misma posición mientras
la curábamos. Su inteligencia la llevó hacia quien ya podía atenderla. Pese a
su timidez y a nuestra —digamos— falta de intimidad.
NOTA:
Estos dos
textos forman parte del libro De plantas y animales, escrito por Ida Vitale,
escritora española, premio Miguel de Cervantes 2018. La edición digital es de
Lectulandia.com

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