¿Por qué el conocimiento científico no desencadena la acción política necesaria? Más allá de la negación o la impotencia, la causa puede estar más profundamente arraigada en la ocultación estructural de nuestras condiciones de existencia. Por eso no funcionan los abordajes «pedagógicos», es decir, la fuerte tendencia de la modernidad a transformar los problemas políticos y económicos estructurales en retos educativos individuales.
Al ocultar los
flujos materiales y fragmentar nuestra percepción del mundo, la modernidad
capitalista ha creado un sistema en el que la gente tiene cierta conciencia de
la catástrofe sin ser capaz realmente de pensarla. Contra este «sistema de
invisibilidad», no basta con informar, sino que hay que restaurar nuestra
capacidad de ver y sentir los vínculos rotos.
La
paradoja de la hipervisibilidad
Nunca antes
una catástrofe había sido tan anunciada, documentada y modelizada. Desde hace
décadas, los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático (ipcc, por sus siglas en inglés) se acumulan con una precisión cada
vez mayor, las curvas de temperatura se disparan y las cumbres internacionales
(cop) saturan el espacio mediático. El cambio climático se ha vuelto
omnipresente: está en todas partes, en nuestras pantallas, en los discursos
políticos y en el centro de las angustias contemporáneas. Aparentemente,
vivimos en un estado de alerta discursiva permanente.
Sin embargo,
esta saturación de información apenas se traduce en una acción colectiva a la
altura del desafío. Lo que es más preocupante, tras una fase de movilización
ciudadana, asistimos ahora a un retroceso, incluso a una reacción hostil. Como
documentan unos 40 investigadores reunidos bajo la dirección de Laure
Teulières, Steve Hagimont y Jean-Michel Hupé en Greenbacklash, las
políticas ecológicas suscitan hoy en día una resistencia activa, alimentada por
un sentimiento de injusticia o de desposesión1. Esta reacción violenta pone de manifiesto el fracaso
de la estrategia dominante: la acumulación de pruebas científicas no basta para
crear consenso político.
Ante esta
inercia, nuestras sociedades han desarrollado un reflejo casi pavloviano:
convertir la educación en la solución. En cuanto surge un problema social, se
impone la consigna: «hay que educar». Es lo que los investigadores denominan
«educacionalización»: la fuerte tendencia de la modernidad a transformar los
problemas políticos y económicos estructurales en retos pedagógicos
individuales2. Esta lógica se basa en un postulado seductor, pero
engañoso: si los ciudadanos no actúan es porque no saben, o no saben lo
suficiente3. Si seguimos esta lógica, bastaría con más cursos y
pedagogía para iniciar la transición.
Sin embargo,
esta apuesta pedagógica se estrella contra un muro. El fracaso no es cognitivo,
es sistémico. Si la exigencia de saber no da resultado, es porque se basa en un
diagnóstico erróneo: no sufrimos de una falta de visibilidad, sino, por el
contrario, de una forma de hipervisibilidad desrealizante. El clima se ha
convertido en lo que el filósofo Timothy Morton denomina un «hiperobjeto»: una
entidad tan masivamente distribuida en el tiempo y el espacio que desafía
nuestra comprensión humana tradicional4. El cambio climático está en todas partes y en
ninguna, es viscoso e inaprensible. Tratado por el sistema mediático, se
convierte en un espectáculo fragmentado, una abstracción hecha de «partes por
millón» y de escenarios para 2050, que flota sobre nuestras existencias sin
llegar a arraigarse en ellas.
Porque si
apartamos la mirada de las pantallas para observar la materialidad de nuestra
vida cotidiana, la crisis se evapora. Es cierto que las olas de calor hacen que
el calentamiento global sea ahora perceptible, incluso en Europa. Pero esta
experiencia sensorial a menudo carece de significado inmediato. En la
gasolinera, el combustible fluye sin revelar nada de su historia geológica o
geopolítica; en el supermercado, la mercancía aparece en los estantes, lavada
de todo rastro ecológico. Existe, por tanto, una ruptura fundamental entre lo
que sabemos (la catástrofe global) y lo que vemos (la
aparente normalidad de la vida cotidiana).
Por lo tanto,
nuestra inacción no es el resultado de una ceguera voluntaria, sino el producto
de un sistema de invisibilidad estructural. Organizado por la modernidad
capitalista, este sistema ha separado metódicamente la producción del consumo,
las causas de sus consecuencias y nuestros cuerpos de su entorno. Se basa en
tres pilares interdependientes –material, corporal y cognitivo– que, al
reforzarse mutuamente, mantienen el statu quo de forma mucho
más eficaz que la simple censura.
La
materia oscura de nuestras vidas
Esta
organización del olvido no es nueva, sino que es consustancial a la historia
técnica de Occidente. En La servitude électrique [La
servidumbre eléctrica], los sociólogos Gérard Dubey y Alain Gras identifican
este proceso fundacional con el nombre de «modelo Edison»5. En el siglo xix, la electrificación consistió
en sustituir los perjuicios cercanos y visibles (las lámparas de gas que
ennegrecían las paredes y los pulmones) por una tecnología que parecía «limpia»
y «mágica» en el punto de uso: la bombilla incandescente. Sin embargo, el truco
no residía en la eliminación de la contaminación, sino en su deslocalización.
Las toneladas de carbón quemadas y las escorias de la central ya no estaban en
los salones burgueses, sino que se vertían, fuera de la vista, en el río
cercano o en los barrios obreros. La genialidad de la modernidad fue inventar
una tecnología que externaliza los efectos nocivos al tiempo que programa la
ignorancia de sus usuarios.
Este modelo se
ha generalizado hasta formar lo que podríamos llamar la «materia oscura» de la
economía contemporánea. Al igual que en la astrofísica, esta materia invisible
constituye la mayor parte de la masa de nuestro universo. Está formada por
flujos metabólicos colosales, lo que el sociólogo John Bellamy Foster,
releyendo a Marx, denomina «ruptura metabólica» (metabolic rift)6. Se trata de una extracción permanente de recursos y
una acumulación de residuos que, aunque necesarios para nuestro confort en todo
momento, se mantienen fuera del ámbito social.
Para mantener
esta separación, el capitalismo se apoya en infraestructuras concebidas como
«cajas negras». Como analizaba la socióloga Susan Leigh Star en sus trabajos
pioneros sobre las infraestructuras, las redes técnicas (electricidad, agua,
logística) se caracterizan por su incrustación (embeddedness): están
«sumergidas en y dentro de otras estructuras» (sunk into and inside of
other structures)7. Mientras el sistema funciona, es invisible. Ya no
interactuamos con la materia, sino con interfaces sin fricciones.
El debate
actual sobre la transición automotriz ofrece una actualización sorprendente del
«modelo Edison». Lejos de ser una ruptura, el paso de la tecnología térmica a
la eléctrica actúa como un poderoso dispositivo de reocultación. Lo que está en
juego aquí no es cuestionar el balance de carbono del vehículo eléctrico (a
menudo mejor que su equivalente térmico a lo largo de todo el ciclo de vida),
sino la narrativa que lo acompaña. Se nos promete la sustitución de un objeto
«sucio» (el tubo de escape que echa humo) por un objeto «limpio» (el coche silencioso).
Este enfoque tecnooptimista permite ocultar, una vez más, la cadena de valor
material: la extracción de litio, el cobalto de las minas congoleñas o la
fabricación de baterías, que consume mucha energía. La contaminación no
desaparece, sino que se desplaza más lejos, a las nuevas zonas de extracción
del capitalismo verde.
Más
profundamente, el auto eléctrico permite preservar la invisibilidad del propio
«sistema automovilístico». Al centrar el debate en el motor, se naturaliza la
gigantesca infraestructura necesaria para la movilidad individual: la expansión
urbana, la artificialización del suelo y la dependencia del coche. La
innovación tecnológica sirve aquí como bloqueo (lock-in): permite
cambiarlo todo en apariencia para que, estructuralmente, nada cambie en nuestra
forma de habitar el mundo.
Esta ilusión
de sustitución no se limita al automóvil, sino que estructura todo nuestro
relato histórico. Como ha demostrado magistralmente el historiador
Jean-Baptiste Fressoz, la propia producción de conocimiento ha contribuido a
esta ocultación8. Al privilegiar el relato de una «transición
energética» –la idea de un paso sucesivo y sin consecuencias de una energía a
otra (de la leña al carbón y luego al petróleo)–, hemos ocultado la realidad
material fundamental de nuestra historia: la acumulación energética. No hemos
abandonado ninguna fuente de energía; las hemos acumulado, aumentando sin cesar
la huella material de nuestras sociedades. Al centrarse en análisis abstractos
(precio, eficiencia), este relato ha invisibilizado el peso muy concreto de las
infraestructuras y la persistencia insuperable de nuestra dependencia de los
combustibles fósiles.
El
privilegio de no sentir
Si el sistema
nos impide ver las causas materiales, también ha remodelado nuestra capacidad
para sentir sus efectos. La invisibilidad no es solo técnica, es corporal.
Tendemos a
naturalizar nuestra experiencia sensorial: hace calor, por lo tanto, tengo
calor. Sin embargo, la capacidad de percibir (o no percibir) la degradación del
medio ambiente es una construcción social. Para comprender la inercia de las
sociedades occidentales, hay que analizar lo que denominamos «privilegio
sensorial». Este concepto se refiere a la capacidad, producida por costosas
infraestructuras, de estar físicamente aislado de las consecuencias negativas
del propio modo de vida.
El cuerpo
moderno de las clases acomodadas es un «cuerpo desarraigado». Evoluciona en una
vasta arquitectura de aislamiento: edificios climatizados, habitáculos
insonorizados, cadenas de suministro globalizadas que ocultan las carencias
locales. Esta burbuja protectora bloquea las señales de alerta que envía el
medio ambiente. Esto es lo que el sociólogo Hartmut Rosa identifica como el
drama de la modernidad: al querer «poner el mundo a nuestra disposición»
mediante la tecnología, hemos acabado «silenciando» nuestra relación con la
naturaleza9. Ya no nos afecta, ya no entramos en «resonancia» con
un mundo que mantenemos distante.
Como han
documentado los pioneros de la justicia medioambiental (environmental
justice), como el sociólogo Robert D. Bullard, la exposición a los riesgos
nunca es aleatoria10. Sigue las líneas de fractura raciales y sociales. El
privilegio sensorial del Norte global se paga con la vulnerabilidad impuesta al
Sur global y a las poblaciones precarias, cuyos cuerpos son los primeros
receptores de la toxicidad del mundo.
Esta anestesia
de los privilegiados tiene una consecuencia política importante, teorizada por
Rob Nixon bajo el nombre de «violencia lenta» (slow violence)11. A diferencia de las catástrofes espectaculares que
captan la atención de los medios de comunicación, la crisis climática es a
menudo una violencia de desgaste, dispersa y diferida. Al desarrollarse fuera
de la vista y los sentidos de quienes detentan el poder de decisión, esta
violencia permanece políticamente invisible. Recibimos datos catastróficos en
las pantallas, pero nuestros cuerpos siguen diciéndonos que «todo va bien». La
disonancia entre el intelecto (que sabe) y los sentidos (que no sienten) es
demasiado fuerte para ser superada solo con la voluntad.
Este concepto
de privilegio sensorial permite esclarecer un enigma que atraviesa la educación
climática: ¿por qué la educación parece eficaz en el Sur e ineficaz en el
Norte? De hecho, los estudios internacionales muestran que los factores
determinantes de la conciencia climática difieren radicalmente según el
contexto12. En los países del Sur, directamente expuestos a la
violencia material del clima, el conocimiento es una herramienta de
supervivencia que favorece la adaptación concreta (cambiar las fechas de
siembra, proteger el hábitat). La educación es eficaz allí porque se basa en
una «prueba tangible»13. Por el contrario, en las sociedades protegidas del
Norte, el conocimiento, desconectado de la experiencia carnal por nuestras
infraestructuras, no conduce a la acción, sino a la polarización. Cuanto más se
educa a una persona en Estados Unidos, por ejemplo, más capaz es de justificar
su inacción o defender su bando ideológico14. El privilegio sensorial transforma así la ciencia en
una opinión como cualquier otra, alejada de la urgencia vital.
Sin embargo, a
veces esta burbuja estalla. La ilusión de invulnerabilidad se derrumba cuando
el agua o el fuego traspasan los diques del privilegio, incluso en el corazón
de Europa. Las mortíferas inundaciones que azotaron Bélgica y Alemania en 2021,
o más recientemente la región de Valencia en España, han recordado brutalmente
la materialidad del desastre. Al igual que durante el «verano negro»
australiano de 2019-2020, donde no solo era el humo, sino la destrucción masiva
del hábitat y la vida silvestre lo que se imponía a los sentidos. Estos
acontecimientos actuaron como irrupciones de la realidad.
En estos
momentos de cambio, la crisis deja de ser una abstracción estadística para
volver a ser una experiencia carnal: el olor del barro, el calor insoportable,
la ruina de los paisajes familiares. Estos choques sensoriales provocan
invariablemente estupor y, a menudo, un estallido de solidaridad.
Pero la
resiliencia del sistema de invisibilidad es formidable. Muy pronto, se pone en
marcha otro mecanismo para «reparar» esta brecha e impedir que la emoción se
convierta en una ruptura política duradera15. Ante esta constatación, es grande la tentación de
recurrir a la educación para reparar estos vínculos rotos. Pero, como veremos,
la escuela y los dispositivos de sensibilización también tienen dificultades
para romper el muro de la invisibilidad.
Las
artimañas de la desrealización: de la escuela al Mural
Incluso cuando
intentamos romper este muro de invisibilidad mediante dispositivos pedagógicos,
el sistema tiende a reconfigurarse para neutralizar la crítica. La observación
de las prácticas educativas actuales, desde la escuela hasta los talleres de
sensibilización, ofrece un ejemplo llamativo de ello.
La institución
escolar, por su propia «forma», tiende a despolitizar el clima. Como muestran
las investigaciones de campo, la escuela aborda la complejidad desde su
perspectiva científica (el ciclo del carbono), pero tiene dificultades para
abordar los conflictos sociales y económicos16. A menudo se limita a una «educación en pequeños
gestos» (clasificar los residuos, apagar la luz) que individualiza la
responsabilidad y deja en la sombra las infraestructuras productivistas. Esto
tiende a transformar la ecología en una moral cívica que, además de ocultar las
relaciones de producción, contribuye a agravar las desigualdades escolares al
valorizar las prácticas de las familias más favorecidas17. Al valorizar un conocimiento desencarnado, la
escuela participa paradójicamente en la construcción del privilegio sensorial:
enseña que se puede conocer el mundo a distancia, sin sufrir sus
condicionantes.
Sin embargo,
otros dispositivos intentan volver a anclar el conocimiento. Es el caso de La
Fresque du Climat [Mural del Clima], que se ha convertido en un fenómeno
social. Mediante la manipulación de mapas y la visualización de las relaciones
de causa y efecto, este taller busca «rematerializar» el conocimiento para
provocar un clic18.
Pero, una vez
más, el sistema de invisibilidad se resiste. Al confrontar brutalmente a los
participantes con la magnitud sistémica del desastre sin ofrecer al mismo
tiempo salidas políticas a la altura, el dispositivo corre el riesgo de
producir una «lucidez paralizante»19. El choque cognitivo se convierte en ecoansiedad o
estupefacción, a falta de palancas de acción colectiva. Vemos el problema, pero
seguimos sin ver la forma de actuar sobre el sistema, lo que devuelve al
participante a su impotencia individual.
La
fábrica de la inconsistencia
Si la
educación tropieza con estos obstáculos es porque la invisibilidad no es solo
un accidente pedagógico, sino una producción política. Junto a las dimensiones
material y sensorial, se necesita un tercer pilar para que el edificio se
mantenga en pie: la dimensión cognitiva. Porque, a pesar de todo, la
información se filtra. Para mantener el statu quo, el sistema no
solo debe ocultar la realidad física, sino que debe organizar activamente
nuestra incomprensión política.
Este trabajo de
confusión se ha teorizado bajo el nombre de agnotología, o ciencia de la
producción de la ignorancia20. Lejos de ser una simple ausencia de conocimiento, la
ignorancia es aquí una construcción estratégica. Como demostraron Naomi Oreskes
y Eric Conway en Mercaderes de la duda, la industria fósil ha
financiado durante décadas amplias campañas de desinformación para transformar
un consenso científico en una «controversia» pública21. El objetivo no era demostrar que el calentamiento
global no existía, sino sembrar la duda suficiente para paralizar la decisión
política.
Sin embargo,
la invisibilidad cognitiva contemporánea ha mutado. Ya no se basa únicamente en
la negación frontal, que se ha vuelto difícilmente sostenible, sino en una
estrategia más insidiosa de saturación y fragmentación. Aquí es donde se cierra
la trampa de la hipervisibilidad desrealizante antes mencionada. Como analiza
el sociólogo de los medios de comunicación Maxwell T. Boykoff, el tratamiento
mediático del clima tiende a presentar la crisis como una sucesión de
acontecimientos episódicos y espectaculares, desconectados de sus causas
estructurales22.
La ciudadanía
se enfrenta a un hiperobjeto inaprensible, a la vez omnipresente y abstracto.
Estamos sobreinformados, pero esta información no conduce a la comprensión:
produce fatiga y cinismo.
Esta
desrealización es tanto más eficaz cuanto que se basa en mecanismos de defensa
identitarios. ¿Por qué, ante la evidencia, una parte de la población sigue
negándose a ver? La politóloga Cara Daggett ofrece una valiosa clave de lectura
con su concepto de «petromasculinidad»23. Muestra cómo el consumo de energías fósiles ha
estado históricamente vinculado, en el imaginario occidental, a los ideales de
autonomía, poder y virilidad. Desde esta perspectiva, reconocer la
vulnerabilidad climática no es solo un costo económico, sino una amenaza
existencial para una identidad construida sobre el dominio de la naturaleza. La
negativa a ver se convierte entonces en una reacción defensiva violenta, un
medio para proteger un mundo y un estatus social amenazados de obsolescencia.
En definitiva,
estas tres dimensiones –material, corporal y cognitiva– no son barreras
accidentales que se acumulan al azar. Son los órganos vitales de la modernidad
capitalista. Este sistema económico, que podríamos calificar de «transversal»,
solo puede perdurar organizando su propia invisibilidad.
Debe ocultar
la extracción para vender la mercancía (materia oscura), debe aislar a los
ganadores de la globalización de los daños que causan (privilegio sensorial) y
debe transformar la crítica política en angustia individual o en guerra
cultural (desrealización). La inacción no es, por tanto, un fallo del sistema,
sino la prueba de que funciona exactamente como estaba previsto.
Conclusión:
hacia una políticade revisibilización
El diagnóstico
es sombrío, pero tiene el mérito de ser claro. Si la inacción climática no es
un fallo accidental de la información, sino el producto de un sistema que
organiza su propia ocultación, entonces la respuesta no puede limitarse a la
«sensibilización». Ya no se trata solo de convencer a las mentes con gráficos,
sino de transformar las condiciones materiales y sensibles de nuestra
experiencia del mundo.
Precisamente
por eso, el vocabulario dominante de la «transición energética» es una trampa.
Como señala Fressoz, este término actúa como un mito tranquilizador: sugiere un
cambio fluido y tecnocrático de un estado a otro, sin cuestionar la estructura
de nuestras necesidades ni la opacidad de nuestros suministros. Creer en la
transición es creer que se pueden cambiar las lámparas sin tocar la arquitectura
de la casa. Sin embargo, salir de la inacción exige una ruptura mucho más
radical: abandonar el ideal de un mundo «sin costuras». Es romper con lo que
Geneviève Pruvost denomina la «fábrica encubierta», ese modo de existencia en
el que la comodidad del más mínimo gesto (pulsar un interruptor, comprar un
producto) se paga con la ocultación sistemática del trabajo de subsistencia y
la materialidad del mundo24.
El reto es,
por tanto, hacer realidad una política de revisibilización. Esto implica tres
enormes tareas. En primer lugar, hacer visibles nuestras dependencias
materiales: trazar los flujos metabólicos, rechazar la magia de la mercancía
sin historia y exponer la materialidad bruta de la acumulación energética. A
continuación, cuestionar las infraestructuras del privilegio sensorial que
aíslan a las clases acomodadas de la realidad, con el fin de compartir de forma
más equitativa la vulnerabilidad ante un mundo que cambia. Por último,
construir un saber que no sea solo una abstracción científica, sino un
conocimiento situado y sensible.
Esta política
no estará exenta de conflictos. Existe una paradoja reveladora que frena este
enfoque: las alternativas energéticas suelen ser objeto de controversia
precisamente porque hacen que la energía sea visible. Nos oponemos
a un aerogenerador porque marca el paisaje con su presencia industrial,
mientras que aceptamos sin pestañear los oleoductos subterráneos, los
petroleros en alta mar o las centrales nucleares lejanas, que tienen el buen
gusto de permanecer invisibles. Este rechazo estético delata nuestro apego a la
comodidad de la ocultación. Preferimos un veneno invisible a un remedio visible.
Sin embargo,
esta fricción es necesaria. Una democracia ecológica no puede ser un mundo sin
asperezas, donde todo funciona sin que sepamos cómo. Por el contrario, es un
mundo en el que las restricciones, los límites y las consecuencias de nuestras
elecciones se presentan ante nuestros ojos, aunque ello suponga herir nuestra
mirada o nuestra comodidad. Para poder deliberar sobre nuestro futuro, primero
debemos recuperar la vista.
Nota: la
primera versión de este artículo, en francés, se publicó en la revista La Vie des Idées, 12/2025, con el título
«L’occultation du changement climatique». Traducción:
Pablo Stefanoni.
- 1.
L. Teulières,
S. Hagimont y J.-M. Hupé (dir.): Greenbacklash. Qui veut la peau de l’
écologie, Seuil, París, 2025.
- 2.
Paul Smeyers y Marc Depaepe (eds.): Educational
Research: The Educationalization of Social Problems, Springer Science
& Business Media, Dordrecht, 2009.
- 3.
Patrick Sturgis y Nick Allum: «Science in Society:
Re-Evaluating the Deficit Model of Public Understanding» en Public
Understanding of Science vol. 13 No 1, 2004.
- 4.
T.
Morton: Hiperobjetos. Filosofía y ecología después del fin del mundo
[2013], Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2014.
- 5.
G. Dubey y
Alain Gras: La servitude électrique: du rêve de liberté à la prison
numérique, Seuil, París, 2021.
- 6.
J. Bellamy Foster: «Marx’s Theory of Metabolic
Rift: Classical Foundations for Environmental Sociology» en American
Journal of Sociology vol. 105 No 2, 1999.
- 7.
S.L. Star: «The Ethnography of Infrastructure»
en American Behavioral Scientist vol. 43 No 3, 1999.
- 8.
J.-B. Fressoz: Sans transition. Une nouvelle histoire de l’ énergie, Seuil, París, 2024.
- 9.
H. Rosa: Resonancia.
Una sociología de la relación con el mundo, Katz, Buenos Aires, 2019.
- 10.
R.D. Bullard: Dumping in Dixie: Race,
Class, and Environmental Quality, Westview Press, Boulder, 1990.
- 11.
R. Nixon: Slow Violence and the
Environmentalism of the Poor, Harvard UP, Cambridge, 2011.
- 12.
Tien Ming Lee et al.: «Predictors of Public
Climate Change Awareness and Risk Perception around the World» en Nature
Climate Change vol. 5 No 11, 2015.
- 13.
Francis Chateauraynaud: «L’épreuve du tangible»
en Raisons Pratiques No 15, 2004.
- 14.
Lawrence C. Hamilton: «Education, Politics and
Opinions about Climate Change Evidence for Interaction Effects» en Climatic
Change No 104, 2011.
- 15.
Nicholas Bromfield, Ami Page y Kurt Sengul:
«Rhetoric, Culture, and Climate Wars: A Discursive Analysis of Australian
Political Leaders’ Responses to the Black Summer Bushfire Crisis» en Ofer
Feldman (ed.): When Politicians Talk, Palgrave Macmillan, Londres,
2021.
- 16.
Johanna Kranz et al.: «The (Un)Political
Perspective on Climate Change in Education: A Systematic Review» en Sustainability vol.
14 No 7, 2022, art. 4194.
- 17.
Julien
Vitores: La nature à hauteur d’enfants. Socialisations écologiques et
genèse des inégalités, La Découverte, París, 2025.
- 18.
El Mural del
Clima es un taller lúdico y colaborativo organizado por la asociación
francesa del mismo nombre que, en tres horas, permite comprender las
causas y consecuencias del cambio climático. Basado en datos científicos
del ipcc, el taller usa 42 cartas –traducidas a decenas de lenguas– que
los participantes deben ordenar para crear colectivamente un diagrama que
representa los mecanismos del calentamiento global [N. del E.].
- 19.
Kari Marie Norgaard: Living in Denial:
Climate Change, Emotions, and Everyday Life, MIT Press, Cambridge,
2011.
- 20.
Robert N. Proctor y Londa Schiebinger (dir.): Agnotology:
The Making and Unmaking of Ignorance, Stanford UP, Stanford, 2008;
Soraya Boudia y Emmanuel Henry: Politiques de l’ ignorance, Vie
des Idées / PUF, París, 2022.
- 21.
N. Oreskes y
Erik M. Conway: Mercaderes de la duda. Cómo un puñado de científicos
ocultaron la verdad sobre el calentamiento global [2010], Capitán
Swing, Madrid, 2018.
- 22.
M.T. Boykoff: Who Speaks for the Climate?
Making Sense of Media Reporting on Climate Change, Cambridge UP, Cambridge,
2011.
- 23.
C. Daggett: «Petro-Masculinity: Fossil Fuels and
Authoritarian Desire» en Millennium: Journal of International
Studies vol. 47 No 1, 2018.
- 24.
G.
Pruvost: Quotidien politique. Féminisme, écologie, subsistance, La
Découverte, París, 2021.
NUEVA SOCIEDAD 321 / ENERO - FEBRERO 2026
https://nuso.org/articulo/321-mas-alla-del-negacionismo-ocultamiento-cambio-climatico/

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