Lo dulce trae cierta felicidad al alma. Pero mucha literatura censura los placeres, por mínimos que sean, en nombre de tradiciones estoicas o dioses aguafiestas.
En el nombre de alguna tradición estoica o de algún dios aguafiestas, hay mucha literatura que censura los placeres, por mínimos que sean. Allá en los años del Siglo de Oro, el padre Juan de Mariana se lamentaba: “Más se gasta hoy en golosinas en una sola ciudad, más en postres y en azúcar que en tiempos de nuestros padres no se gastaba en toda España.”
Se sabe que en
los conventos se preparaban los mejores dulces. Las monjas oraban y cocinaban.
En los conventos y monasterios se hacen polvorones, alegrías, pastéis
de Belem, turrones, yemas, tocino del cielo, pestillos, piononos y tantas
otras delicias que estarían más para alegrar y no para amargar a un padre
Mariana redivivo. No sé si también vengan de los conventos, pero cuando viví en
Cantabria llegué a probar dulces con los pintorescos nombres de cojones del
anticristo y pedos de monja.
Juan el
Bautista sólo comía una acaramelada golosina preparada con langostas y miel. Lo
imagino empalagado y con hormigas en su traje enmelado de pelo de camello.
Cuando el
comilón de Cristo resucitó con hambre de tres días, se fue a cenar con dos
desconocidos, luego se les apareció a sus discípulos y almorzó pescado asado y
un panal de miel.
El papa Juan
Pablo II se ponía contento como niño goloso cuando le preparaban una auténtica
kremówka.
Lo dulce trae
cierta felicidad al alma. Quizás eso le molestaba al padre Mariana y sus
predecesores estoicos.
En El
lazarillo de Tormes hay alegría cuando, además de manzanas, queso y aceitunas,
alguien saca de su faltriquera “media libra de confitura”. Ingredientes
semejantes hallamos en el Guzmán de Alfarache: “Sacaron por postres
de unas confituras que mi clérigo traía consigo, y los criados del caballero
pusieron en la mesa unas manzanas, dátiles, orejones y otras cosas”.
A Góngora no
le importa la política, lo que quiere es que haya en sus días “mantequillas y
pan tierno, y en las mañanas de invierno, naranjada y aguardiente”.
El gastrónomo
Néstor Luján escribió el libro La vida cotidiana en el Siglo de Oro
español. Por ser gourmet, celebra lo que el padre Mariana
condena y nos cuenta que en tiempos de Góngora le llamaban naranjada a “la
confitura de cortezas de naranja sumergidas en miel”. Todavía faltaban muchos
años para que la bebida matutina fuese el café.
Buena parte
del disfrute del azúcar venía de mezclarla con chocolate. El mismo Luján
cuenta: “El chocolate fue la pasión casi obsesiva del siglo XVII… y se debió
sobre todo a las órdenes religiosas”.
Esta mezcla se
dio por primera vez en Oaxaca. Con los gachupinismos habituales de la época,
Luján escribe: “Quiere la tradición que las religiosas del convento de Guajaca
fueran las primeras que tuvieran la idea de mezclar el cacao con el azúcar
recién importado del Nuevo Mundo” y por eso al chocolate se le llamaba “agasajo
de Guajaca”.
En un prólogo
a Fray Gerundio de Campazas, cierto religioso recomienda para la
salud del alma “no tomar tabaco de Sevilla, chocolate de Guajaca, no gastar
botellas forasteras ni beber auroras garapiñadas”. Aquí la duda me la resuelve
el Diccionario de Autoridades. “Aurora: Cierto género de bebida compuesta de
leche de almendras y agua de canela, que por el color se llama así, por ser
blanco y acanelado.” Y aquí “garapiñadas” no significa lo que ahora suele ser,
sino: “Garapiñar: Cuajar o condensar las partes de un licor con artificio de
nieve o hielo”.
Ahora entiendo
mejor este diálogo en una obrilla de Calderón de la Barca, que por tener el mal
nombre de Los flatos, se le conoce como La garapiña.
¿Tendrá usted
á aquestas horas
Una garapiña helada
De chocolate?
A lo que otro
le contesta con aires italianos:
E qué bona!
De chocolat de Joan Jaca.
Y claro que
Joan Jaca es Oaxaca. Y la garapiña del segundo título provoca en la heroína
multitud del primer título.
El padre
Mariana condena el gusto por lo dulce porque lo dulce siempre ha sido gustoso.
Por eso, desde que existen los poetas, tal adjetivo ha estado para marcar lo
placentero y codiciable. En el Cantar de los cantares leemos:
“He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y dulce… Así es mi amado entre los
jóvenes; Bajo la sombra del deseado me senté, Y su fruto fue dulce a mi
paladar”.
Safo dice:
“Cantas dulcemente una historia y ríes amable”.
Homero, en
plena guerra de Troya, adjetiva muchas veces con “dulce”, al menos así es en la
traducción de Gredos. En este pasaje encuentro el uso más original:
El combate les
resultó más dulce que regresar
en las naves a la querida tierra patria.
Los labios son
dulces, los sueños dulces, la flauta es dulce. La madre, la muerte, la
venganza, el amor, una voz y Carolina… quizás a todo se le pueda echar encima
el dulce adjetivo. Por eso es un adjetivo que casi nunca dice nada.
Aunque el vino
se prefiere seco, los antiguos se la pasaban elogiando la dulzura del vino.
Y puestos a
elegir, prefiero lo salado que lo dulce. Sin embargo, por mucho placer que dé
lo salado, nunca tendrá la estatura poética de lo dulce. Van Morrison canta:
“Ella es tan dulce como la miel de tupelo”, y la gente se enamora bailando eso.
No sé si resulte tan amoroso cantar: “Ella es tan salada como el jamón de
bellota”. ~
EDICIÓN MÉXICO
N° 323 /
Noviembre 2025
31 enero 2025
Foto: Dino Giordano, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
AUTOR
(Monterrey,
1961) es escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores
para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.
https://letraslibres.com/cultura/toscana-dulce-como-la-miel/

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