Wayúu
piá, suúmain Wayúu tüú puumainkat.
Nójot púnjulüin Wayúin piá
Aká ja’ayáin sünain pu’upúnaa shia.
“Sois guajiro,
tu tierra es la tierra guajira.
No podéis negar que sois guajiro
porque en tu cara misma se ve lo que sois”.
Del refranero guajiro.
En la
compilación de Ramón Paz Ipuana, Mitos, leyendas y cuentos
guajiros (Caracas, 1972) se encuentran las tres versiones del mito
guajiro del origen del fuego. En la segunda versión se cuenta que en el
principio los hombres no conocían el fuego. “Eran seres imperfectos que comían
cosas crudas, tanto carnes como tubérculos, raíces y frutos silvestres (…) La
carne no la ahumaban, no la asaban, sino que la hacían cecina, la tendían al
sol y la consumían seca”. Así las cosas, la suerte del género humano era tan
triste como la de los demás animales: vivían ateridos, guarecidos en cuevas, en
troncos y huecos donde en vano trababan de abrigarse. Solo Maleiwa, el dios
supremo, poseía el fuego, pero lo guardaba celosamente, convencido de que los
hombres no poseían el juicio ni la prudencia para darle un uso correcto.
Una noche
Maleiwa, mientras calentaba su cuerpo junto a una fogata, vio que se le
acercaba un joven muerto de frío. Junuunay se llamaba. Al verlo llegar, Maleiwa
lo increpó de mala manera: “¡Qué venís a hacer aquí, muchacho intruso! ¿Acaso
no sabéis que este lugar está vedado a los mortales?”. Entonces Junuunay le
respondió: “No te molestéis, abuelo. Solo vengo a calentar mi cuerpo junto a
vos. Compadécete de mí, que no he querido ofenderte. Ampárame, que no aguanto
este frío. No más coja un poquito de calor, me marcho”. Y mientras decía, el
audaz joven hacía todo tipo de morisquetas y simulos: hacía crujir los dientes,
erizaba la piel “como carne de gallina muerta” y temblaba “como un machorro”,
que es como llaman en el Zulia a las iguanas pequeñas. Maleiwa finalmente
aceptó, aunque no sin reservas, porque el candoroso muchacho le inspiraba más
desconfianza que conmiseración.
Se sentaron,
pues, los dos junto a la fogata, pero el Gran Padre no le quitaba los ojos de
encima. Junuunay buscaba conversación e intentaba entretener al dios sin
conseguirlo. En eso, un golpe de brisa hizo sonar las ramas de un cují y
Maleiwa volteó para ver de qué se trataba. Entonces Junuunay aprovechó, metió
dos brasas en su mochila y echó a correr entre la maleza. “Me ha engañado el
muy bribón”, decía Maleiwa mientras lo perseguía. “Le castigaré dándole el
suplicio de una vida inmunda. Le haré vivir en los muladares, en los
estercoleros rodando bolas de excremento”. Junuunay corría, pero un humano
jamás podrá correr más rápido que un dios. A punto de ser alcanzado, Junuunay
llamó a un joven cazador de nombre Kenáa y le entregó una brasa para que la
escondiera. Sin embargo, a Maleiwa no le fue difícil descubrir a Kenáa con la
brasa en medio de la noche y, en venganza, lo convirtió en cocuyo.
Entonces
Junnunay, desesperado, encontró a su paso a Jimut, el cigarrón, y le entregó la
última brasa que le quedaba. “Escondela vos en un lugar seguro”, le pidió.
“Mirá que el que la encuentre será el hombre más afortunado, sabio y poderoso”.
Entonces Jimut, previsivo, escondió un trozo de la brasa en un tronco de
caujaro, y después otro trozo en uno de olivo, y después en otro, y en otro,
hasta que el fuego se multiplicó en el corazón de los troncos. Casualmente,
entre los matorrales jugaba un niño llamado Serumáa, quien vio lo que hacía
Jimut y después pudo mostrar a los hombres dónde estaba escondido el
fuego: ¡Skii! ¡skii! ¡skii!, gritaba: “¡fuego! ¡fuego!
¡fuego!”. Fue así como los hombres aprendieron a extraer el fuego del corazón
de los troncos, frotando dos varitas de caujaro. Pero el robo no podía quedar
así. Al niño Serumáa, Maleiwa lo convirtió en un pájaro que los guajiros
llaman Sikiyúu, porque va por las ramas piando skii,
skii, skii. Y en cuanto a Junuunay, el Gran Padre lo convirtió en
escarabajo, condenándolo a vivir en las inmundicias y a alimentarse de
excrementos, y llevando por siempre unas manchas brillantes en las patas como
marca y castigo por su falta.
El físico y
antropólogo francés Michel Perrin, en su clásico estudio El camino de
los indios muertos. Mitos y símbolos guajiros (Le chemin des
indiens morts. Mythes et symboles guajiro, París, 1976; traducción
española de Monte Ávila Editores, Caracas, 1992) ha señalado que “la mitología
guajira revela una extraordinaria coherencia”. Perrin convivió con los guajiros
entre 1969 y 1973, cuando desarrolló una investigación dirigida por Claude
Lévy-Strauss y financiada por el Collège de France y el Centre Nationale de la
Récherche Scientifique. Al estudiar los caracteres que orientan la construcción
del mundo mítico de los guajiros, considera que éste “toma su modelo del mundo
de los hombres”. Y continúa:
Para
aprehender las relaciones que ellos mantienen con fuerzas exteriores y oscuras
que los superan, bien que ellas emanen de la naturaleza o de la condición
humana, los guajiros han creado seres sobrehumanos. Les han prestado una
existencia análoga a la de los hombres, al mismo tiempo que les han investido
de poderes superiores.
Resulta
imposible no pensar en las semejanzas con los dioses de los antiguos griegos.
Ya lo sabemos, mythos significa en griego simplemente
“relato”, “fábula”, un cuento en el sentido más puro y original. Pierre Grimal,
en La mitología griega (París, 1953), afirma que las viejas
leyendas griegas se nos presentan como “un sistema, más o menos coherente, de
explicación del mundo”. Respecto de los dioses, Grimal observa que sus “poderes
sobrenaturales quedan, asimismo, a merced de un devenir que no dominan del
todo. Ninguna de sus decisiones es irrevocable. Por encima de su voluntad
planea una Fuerza de las Cosas, llamada a veces Destino, que no respeta
intenciones ni promesas”. Caos, inconsistencia, sería el término general que
definiría al conjunto de estos relatos. “Demasiado humano”, diría Nietzsche,
una verdadera decepción para los estructuralistas.
Fue el enfoque
antropológico iniciado por J. G. Frazer en su monumental trabajo La
rama dorada (The Golden Bought, Oxford, 1890) lo que
inició el estudio comparativo del los diferentes mitos en las culturas del
mundo. Este artículo también podría llamarse “Junuunay en Grecia”, si no fuera
porque es tan difícil remontar las barreras de nuestro propio eurocentrismo.
Sorprendentes comparaciones narratológicas surgen entre la mitología griega y otros
relatos de la mitología guajira, así como de otras culturas originarias
venezolanas, a algunos de los cuales sin duda volveremos en un futuro.
En lo que
respecta a la historia singular del benéfico Titán, quizás si ella no sea del
todo griega, y sí mucho más antigua que la narración de Hesíodo, y ni qué
decir, que la tragedia de Esquilo. Así lo sugiere G. S. Kirk en su Myth.
Its meaning and functions in Ancient and other cultures (Cambridge,
1970), al remontar el mito de Prometeo el previsor (que es lo que significa su
nombre en griego) a antiguas leyendas del Oriente Próximo, con las que halla no
pocos paralelismos. Tal vez si hace tanto tiempo ya un oscuro presentimiento se
cernía sobre aquellos viejos pueblos. Es lo que ambos mitos, el del filántropo Prometeo
y el del atrevido joven Junuunay, parecen querer advertirnos: desde el
principio, una antiquísima relación ha unido la idea del engaño, la
transgresión, la culpa y el castigo con nuestro viejo anhelo de civilización y
progreso.
Fotografía de Gustavo Rivas Valderrama | Flickr
Por Prodavinci
16/11/2019

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