Históricamente, las izquierdas relegaron a un lugar secundario las reivindicaciones ambientales, priorizando el conflicto capital-trabajo sobre el conflicto capital-naturaleza. Hoy ese desencuentro resulta insostenible: las luchas de clases ya no pueden separarse de las luchas ecológicas. Y por eso mismo es necesario recuperar las tradiciones ecosocialistas del Norte junto a las nuevas conceptualizaciones construidas en América Latina.
NUEVA SOCIEDAD 323 / AGOSTO 2026
Imagen: Fernando Salazar Acha/Getty images.
Históricamente,
las diferentes izquierdas han sido refractarias a las corrientes ecologistas
que desde 1970 han ido surgiendo a la luz de los primeros signos de la crisis
ambiental y de las diferentes críticas al paradigma desarrollista. Ese rechazo
se debía a que las izquierdas privilegiaban una lectura de la modernidad y del
sistema social en términos de conflicto entre capital y trabajo, y minimizaban
o soslayaban los conflictos entre capital y naturaleza, y por ende los impactos
ambientales y territoriales del modelo de desarrollo hegemónico. En
consecuencia, aunque cuestionaran el sistema capitalista por las relaciones de
explotación, en líneas generales seguían apostando por el paradigma del
desarrollo.
En América
Latina, las izquierdas –tanto en su matriz marxista como en la reformista– han
compartido este conjunto de creencias en torno de la dinámica de acumulación y
el desarrollo. Por ejemplo, tanto para los estructuralistas de la Comisión
Económica para América Latina (Cepal) como para los autores claves de la teoría
de la dependencia, lo central era el cuestionamiento de la desigualdad social y
la dependencia estructural, y no el de la ideología del desarrollo. La incipiente
cuestión ambiental no estaba dentro de su horizonte de conceptualización.
Décadas más tarde, este consenso desarrollista se reprodujo en las izquierdas
progresistas que a partir de los años 2000 gobernaron diferentes países
latinoamericanos, durante el llamado «boom de los commodities».
Recordemos que
el ecologismo nació como perspectiva político-social hacia fines de 1950, con
la multiplicación de las esferas de conflicto y la importancia creciente de la
problemática ambiental y los límites planetarios. Desde el comienzo, las
organizaciones ecologistas apuntaron sus críticas al productivismo y a la
ideología del progreso y el crecimiento infinito que impulsaban tanto el
capitalismo occidental como el socialismo de tipo soviético, esto es, las
izquierdas entonces hegemónicas. Asimismo, como otros nuevos movimientos
sociales, en términos organizativos, el ecologismo aparecía como portador de
nuevas prácticas, más ligadas al autonomismo y a corrientes contraculturales de
izquierda, que apostaban a formas organizativas más flexibles y democráticas,
en contraposición con los estilos verticales de construcción política propios
de los partidos y sindicatos de izquierda.
Si bien en
América Latina existían organizaciones ecologistas de carácter conservacionista
desde los años 50, estas tenían escasa repercusión. Su debilidad aparecía
ligada a la convicción que atravesaba tanto a las izquierdas como a las elites
políticas latinoamericanas de que la incipiente problemática ecológica era una
preocupación secundaria importada de la agenda de los países ricos, cuando no
una suerte de artilugio ideológico que apuntaba a obstaculizar las
posibilidades de desarrollo en los países más pobres. En realidad, sería desde
fines de la década de 1990 y principalmente en la de 2000, frente a la
amplificación de los impactos ambientales y territoriales producidos por el
neoextractivismo y el simultáneo ingreso de la crisis climática a la agenda
pública, cuando el ambientalismo se expandiría como fuerza social desde
abajo en diferentes países de la región, estrechamente ligado a la
cosmovisión de los pueblos originarios. Uno de los resultados de este proceso
fue la multiplicación de la conflictividad socioambiental, y con ello, la
emergencia de nuevos ámbitos de protesta, en los cuales confluían actores
diversos, desde organizaciones campesinas e indígenas, nuevos colectivos
ecoterritoriales, diversas ong y un espacio activista y académico
pluridisciplinar y de carácter anticolonial construido en torno de la ecología
política.
En este
artículo me propongo abordar los encuentros, tensiones y desconexiones entre
izquierdas y ecologismos en tres partes. En la primera, resumo algunos de los
conceptos aportados por el ecosocialismo y el marxismo ecológico, dos
corrientes académicas que han atravesado el marxismo contemporáneo y han
abierto la puerta a la conexión entre luchas de clases y luchas ecológicas. En
la segunda, analizo cuáles son las categorías elaboradas desde América Latina
por el pensamiento ecosocial latinoamericano, y me detengo muy brevemente en el
rechazo de la problemática ambiental por parte de los progresismos
oficialistas, durante el llamado ciclo progresista, para volver a pensar los
puentes y lazos entre Norte y Sur global. Y en la tercera reflexiono sobre los
conceptos-puente entre el Norte y el Sur y los desafíos que se plantean.
Marxismo,
crisis ecológica y actualizaciones
Las izquierdas
de origen marxista registraron dificultades para incorporar teórica y
políticamente el ingreso de la cuestión ambiental en la agenda política, así
como el avance de los movimientos ecologistas. Por un lado, como hijos de la
modernidad, Karl Marx y el movimiento obrero buscaban erradicar la desigualdad
por la vía revolucionaria, pero no así el progreso, tal como este era entendido
en su asociación con la expansión de las fuerzas productivas. Por otro lado,
los movimientos ecologistas presentaban un carácter cultural y una base social
policlasista cuyo objetivo era incorporar las problemáticas a la agenda
pública, pero no tenían como horizonte la revolución social. Sin embargo, luego
de este primer desencuentro, desde los años 70 y, con mayor fuerza, a lo largo
de las décadas de 1980 y 1990, numerosos autores del Norte global se
propusieron reconciliar marxismo y ecologismo, desplazando ligeramente el eje
de preocupación. Antes que interesarse de modo sustancial en el devenir de los
movimientos ecologistas y sus características, se propusieron analizar el
alcance de la problemática ambiental en el marco de la crisis capitalista.
Sería
imposible resumir los aportes que se han venido haciendo desde el campo del
marxismo occidental para incorporar la crisis ecológica como inherente al
capitalismo. Sin duda, autores como los franceses André Gorz y Henri Lefebvre,
el franco-brasileño Michael Löwy, el español Manuel Sacristán, el alemán Elmar
Altvater, así como los estadounidenses James O’Connor y John Bellamy Foster,
estuvieron entre los primeros en señalar la incompatibilidad entre capitalismo
y sostenibilidad ambiental, y abrieron así la posibilidad de conectar luchas de
clases con luchas ecológicas.
En términos
políticos, fue la izquierda trotskista de la Cuarta Internacional (liderada por
Ernest Mandel) la que primero desde el ecosocialismo impulsó la articulación de
ecología e izquierda, principalmente a través de Michael Löwy. En 2001, Löwy
publicó en coautoría con Joel Kovel el Manifiesto ecosocialista internacional, donde
se afirmaba que el ecosocialismo no se concibe como una negación de los
socialismos del siglo xx, sino como una prolongación que conserva los
objetivos emancipadores de estos, pero «insiste en una redefinición de las vías
y del objetivo de la producción socialista en un marco ecológico»1. La principal contribución conceptual de Löwy está en el libro Ecosocialismo. Una
alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista, donde
caracteriza el capitalismo como un sistema no solo de explotación, sino también
de destrucción de las condiciones de vida del planeta, y critica tanto la
«ecología de mercado» dominante, que no cuestiona el sistema capitalista, como
el «socialismo productivista», que ignora los límites naturales. Löwy propone
la alianza entre los «rojos» y los «verdes», en un sentido amplio, entre
movimiento obrero y movimientos ecologistas. El ecosocialismo aparece como una
propuesta radical que implica un cambio de paradigma, «a través de una
planificación democrática, local y nacional y tarde o temprano, internacional»2. Más allá de que Löwy critique las corrientes decrecentistas (como una
visión cuantitativista que apunta a una «dictadura ecológica ilustrada»), el
ecosocialismo conlleva una reorientación del consumo y la producción, en
función de las necesidades básicas. De carácter más teórico-académico que
político programático son los aportes del llamado marxismo ecológico, que
arrancó a fines de la década de 1980 y colocó en agenda nuevas categorías como
«segunda contradicción», «fractura metabólica» y «Capitaloceno». Así, por
ejemplo, James O’Connor introdujo la «segunda contradicción» del capitalismo, a
saber, la contradicción entre capital y naturaleza3. El capitalismo degrada sus propios recursos (contaminación,
agotamiento, desgaste social) y genera una masiva externalización de los costos
de producción, sociales y ecológicos. Otro de los aportes centrales es el de
John Bellamy Foster, quien retomó el concepto de fractura metabólica, a partir
del trabajo de Marx sobre el metabolismo entre sociedad y naturaleza,
especialmente en El capital4. Para Foster, la fractura metabólica es inherente al capitalismo y
compromete la sostenibilidad de las condiciones de vida y producción. Aunque
para algunos este análisis del metabolismo es más dualista que dialéctico, es
claro que el concepto pone de manifiesto una desconexión entre la
naturaleza y la sociedad, a partir de la cual el capitalismo prioriza la
acumulación de capital por encima de la sostenibilidad y la preservación del
ambiente, algo que Marx ya había observado a través del agotamiento de los
nutrientes del suelo en Inglaterra.
En otra línea
de análisis, el sueco Andreas Malm propuso pensar la actual crisis
socioecológica en términos de Capitaloceno en lugar de Antropoceno,
argumentando que tal crisis no es obra de la humanidad como especie homogénea,
sino de un sistema social concreto, el capitalismo, por lo cual la
responsabilidad es desigual en términos de clases sociales y países. Asimismo,
Malm sostiene que el capitalismo es un sistema socioeconómico que surgió en el
siglo xv, mientras que el capitalismo fósil es un periodo particular que
comenzó a principios del siglo xix y en el marco del cual se formó
una serie de brechas metabólicas: degradación del suelo, cambios en los ciclos
del nitrógeno y el carbono5. Por su parte, el estadounidense Jason Moore retomó la tesis del
Capitaloceno para indagar sobre los orígenes del capitalismo y la expansión de
las fronteras de la mercancía, en el largo periodo medieval. Los ciclos del
capital fueron generando un modelo histórico-geográfico basado en la
apropiación rápida y la expansión y diversificación geográfica, una vez agotado
el recurso. «¿Se agota la tierra? Nos movemos a la frontera. Este fue el lema
mostrado en el escudo de armas del capitalismo temprano»6. De modo que el Capitaloceno como crisis actual debe ser leído como un
proceso de larga duración en el cual van tomando forma nuevas maneras de
ordenar la relación entre los humanos y el resto de la naturaleza. El
capitalismo no solo se desarrolla dentro de la naturaleza, sino que la
transforma y se transforma a través de ella, creando lo que llama
«ecología-mundo».
Desde una
posición vinculada al marxismo heterodoxo, los franceses Pierre Dardot y
Christian Laval proponen refundar una teoría de lo común. Los autores muestran
cómo el principio de lo común se impone hoy día como el término central de la
alternativa política para el siglo xxi: «El término ‘común’ designa no
el resurgimiento de una idea comunista eterna, sino la emergencia de
una nueva forma de oponerse al capitalismo, incluso de considerar su
superación»7. Desde las luchas altermundialistas y ecologistas hasta las teorías de
lo común –de Michael Hardt y Toni Negri a Pierre Dardot y Christian Laval–, «lo
común» ha llegado a ser el nombre de un régimen de prácticas, de luchas, de
instituciones y de investigaciones que apuntan a un porvenir no capitalista. Lo
común no es un bien o recurso, sino una actividad política; un principio de
acción que consiste en instituir democráticamente aquello que debe ser
gestionado de manera colectiva. La obra recorre desde el sistema de normas o el
derecho como campo de lucha hasta el esbozo de programa de la «política de lo
común». En su obra más reciente, Instituer les mondes. Pour une
cosmopolitique des communs [Instituir los mundos. Por una
cosmopolítica de los comunes], Dardot y Laval avanzan en una reflexión de lo
común como forma de autogobierno de los medios de vida, tomando como base un
paradigma relacional, que apunta a una cosmopolítica. Así, sostienen, si aceptamos
razonar en términos de los bienes comunes como formas de autogobierno de los
entornos de vida, el prefijo «auto» debe entenderse como referido no a un
colectivo humano encargado de dirigir desde afuera un entorno de vida, sino a
los diferentes componentes, humanos y no humanos, de ese mismo entorno. El
autogobierno colectivo presupone, entonces, que el colectivo humano pertenece
al entorno de vida que cogobierna desde adentro y del cual depende: tomando el
ejemplo del bosque, el autogobierno de un bosque no es el gobierno del bosque
solo por parte de los seres humanos, sino el gobierno del bosque por parte de
todos aquellos que viven en él, tanto seres humanos como otros seres vivos no
humanos8.
Por último, a
partir de 2008 asistimos a nuevos debates sobre el decrecimiento, un concepto
que se nutre de aportes tan diversos como el de André Gorz en la década de 1970
(crítica al consumo), el catalán Joan Martínez Alier (economía ecológica) y el
Movimiento al Decrecimiento fundado hacia el año 2000 por el francés Serge
Latouche. Desde el campo neomarxista, quien sostiene de manera más radical este
posicionamiento es el filósofo japonés Kohei Saito, quien argumenta que Marx,
en sus escritos tardíos, al estudiar la crisis del suelo y el agotamiento de
los nutrientes, apuntó a un socialismo que vuelve a viejas formas de
producción, utilizando algunas de las últimas tecnologías. Saito sintetiza esa
lectura en la fórmula de un «comunismo del decrecimiento». Asimismo, en la
línea del decrecimiento, se destacan los aportes del politólogo y activista
alemán Ulrich Brand alrededor de su concepto de «modo de vida imperial»,
definido como «un patrón social, cultural y económico dominante en los países
del Norte global (y adoptado por las elites del Sur), normalizado y hegemónico,
que no puede evitar externalizar sus condiciones o consecuencias negativas sin
explotar a otras personas y sin destruir sus propios fundamentos, que están profundamente
arraigados en las estructuras y prácticas políticas, económicas y culturales en
la cotidianidad de la población del Norte global y cada vez más también de los
países emergentes del Sur global»9. Los aportes teóricos de Brand retoman la teoría del Estado y la
cuestión ecológica y de género, al tiempo que mantienen un diálogo constante
con América Latina sobre el que volveré más adelante.
En suma, hasta
qué punto estos conceptos reseñados se encuentran en Marx, si se trata de
dimensiones menores o son aspectos significativos en su obra, son cuestiones
que quizá solo interesen a la marxología académica. La obra de Marx es sin duda
un cantero inagotable, a condición de que no creamos que puede explicarlo todo,
lo cual además de ser insostenible, colocaría en una suerte de posición de
superioridad epistémica a aquellos que adoptaran tal visión. Se entiende
claramente que el esfuerzo de actualización teórica responde a la necesidad de
expandir una relectura marxista en clave de crisis socioecológica. El objetivo
es potenciar y articular luchas de clases con luchas ecologistas, desde una
perspectiva anticapitalista, en un escenario de policrisis sistémica que se advierte
cada vez más asimétrico y desigual.
América
Latina: descolonización epistémica y perspectiva ecosocial
Los primeros
aportes críticos del pensamiento emancipatorio latinoamericano tocaron el
corazón de la teoría del desarrollo, en clave descolonizadora. Fue en los años
90 cuando comenzaron a circular las primeras perspectivas críticas en torno del
desarrollo; en el caso latinoamericano, analizado como discurso de poder. Entre
ellas, se destaca la contribución del mexicano Gustavo Esteva en el Diccionario
del desarrollo, coordinado por Wolfgang Sachs (1992), quien
subrayaba la matriz colonial de la idea de desarrollo y la invención, en la
posguerra, por parte de Estados Unidos y otras potencias occidentales, del
desarrollo y su contraparte, el subdesarrollo10. Otra contribución importante fue la del pensador colombiano Arturo
Escobar, quien propuso la noción de «posdesarrollo», a partir de la cual
deconstruye el concepto moderno de desarrollo como instrumento de dominación,
revelando sus principales mecanismos de operación; entre ellos, la
profesionalización de los «problemas» del desarrollo y su institucionalización
a través de una red de organizaciones nacionales, regionales e internacionales.
Escobar destacaba asimismo las formas en que el desarrollo invisibilizaba
experiencias y conocimientos locales y sugería un cambio de enfoque, pasando de
pensar un «desarrollo alternativo» a pensar «alternativas al desarrollo».
En la primera
década del siglo xxi, esta crítica anticolonial y postestructuralista al
desarrollo se conectó con la categoría de «neoextractivismo», una noción
acuñada en América Latina por el activismo académico, que fue adoptada
rápidamente por todo el arco de colectivos y organizaciones socioambientales de
la región, y que cuenta en la actualidad con una amplia circulación
internacional11. Esta crítica tuvo una gran productividad teórica y política, lo que
muestra una vez más la gran porosidad entre luchas sociales y pensamiento
crítico. En primer lugar, marcó la convergencia de las resistencias de pueblos
indígenas y las luchas ecosocioterritoriales con el campo de la ecología
política, un espacio en expansión en el cual irían confluyendo aportes de la
sociología de los movimientos sociales, el pensamiento indígena, la geografía
crítica, la historia ambiental, los feminismos, los nuevos constitucionalismos
latinoamericanos y la economía ecológica, entre otros. Este espacio
académico-militante contó con los aportes previos de destacados pensadores como
el mexicano Enrique Leff y el ya citado Arturo Escobar, así como con los
trabajos pioneros del Grupo de Ecología Política del Consejo Latinoamericano de
Ciencias Sociales (Clacso), coordinado por el investigador Héctor Alimonda. En
segundo lugar, la crítica al neoextractivismo fue también el punto de partida
de propuestas de cruce entre ecologismos e izquierdas anticoloniales, cuyo
objetivo sería disputar el sentido hegemónico (paradigma desarrollista) y
superar las limitaciones de los progresismos realmente existentes.
En esa línea,
los debates sobre las alternativas al extractivismo se han ido nutriendo del
pensamiento comunitario indígena, las luchas ecologistas y los feminismos
ecoterritoriales. Estas perspectivas que buscaron articular izquierda plebeya
con lucha ecologista se asientan sobre un paradigma relacional, en el que se
destacan conceptos-horizonte como buen vivir, derechos de la naturaleza, bienes
comunes, posextractivismo, sistema de cuidados y, más recientemente, en el
marco de las discusiones sobre la transición energética, los de transición
ecosocial justa y popular y Estado ecosocial.
Dos de los
conceptos faro fueron el buen vivir y los derechos de la naturaleza. Mientras
que el buen vivir instala puentes entre pasado y futuro, entre matriz
comunitaria, cosmovisión relacional indígena y mirada ecologista, el de
derechos de la naturaleza postula nuevas formas de relación del humano con la
naturaleza y con sus semejantes, y por ende reclama el pasaje de un paradigma
antropocéntrico a otro de carácter sociobiocéntrico. Sancionada en 2008, la
Constitución de Ecuador estuvo a la vanguardia de este reconocimiento de los
derechos de la naturaleza. Luego siguió Bolivia, con el reconocimiento legal de
los derechos de la Madre Tierra, en 2010.
Como es
sabido, para el progresismo latinoamericano la problemática ambiental fue un
punto ciego. No fueron pocos quienes desde los gobiernos confrontaron
directamente con la crítica al neoextractivismo12. Hay que agregar que entre los defensores más fervorosos del consenso
extractivista se encuentran los economistas heterodoxos, que convergen así con
sus pares ortodoxos. En la izquierda latinoamericana fue relevante también el
apoyo incondicional a los progresismos oficialistas por parte de las
autoridades de Clacso –al menos hasta 2019–, por lo que esto significaba en
términos de redes de difusión y circulación del pensamiento. Al mismo tiempo,
no pocos de los conceptos propositivos que habían sido inicialmente aceptados
terminaron por ser instrumentalizados en clave desarrollista (el buen vivir) o
descartados (los derechos de la naturaleza), desde el lenguaje progresista
hegemónico. Así, el divorcio entre el discurso neodesarrollista progresista
encarnado por los oficialismos y el discurso ecoterritorial asociado a
movimientos indígenas y colectivos ambientales alcanzó diferentes grados de
profundidad. Se acusó al ambientalismo de falta de «realismo social» o de
«hacer el juego a las derechas», y no pocos optaron por el escamoteo de la
problemática socioambiental estigmatizando las protestas, negando la
legitimidad del reclamo y atribuyéndolo ya sea al «ecologismo infantil»
(Ecuador), al accionar de ong extranjeras (Brasil), al «ambientalismo
colonial» (Bolivia) o, en épocas más recientes (Argentina, 2019-2023), a un
«ambientalismo bobo» y «prohibicionista».
El único caso
de progresismo socioambiental oficialista ha sido el de Colombia bajo el
gobierno de Gustavo Petro (2022-2026), quien ya sostenía un discurso
ambientalista durante su paso por la Alcaldía de Bogotá. El gobierno de Petro
tuvo limitaciones de todo tipo, pero recogió las diferentes vertientes de
luchas contra el extractivismo: las organizaciones campesinas que luchan por la
soberanía alimentaria, los comités ambientales, que lograron triunfos
aplastantes contra la minería a gran escala, u organizaciones como la Alianza
Colombiana contra el Fracking. La idea misma de una Colombia «potencia de
vida», expresada en un programa integral de gobierno y no solamente como
compartimento estanco, hizo su aparición en discusiones públicas sobre el fracking o
sobre la transición energética.
Sin pretender
saldar un tema sobre el cual se ha escrito mucho, al día de hoy, en América
Latina, el desencuentro entre izquierdas progresistas e izquierdas ecologistas
continúa siendo una constante. Más allá de que algunos adopten una retórica
moderadamente ambientalista, gran parte de los progresismos siguen convencidos
de que el neodesarrollismo extractivista es la clave para la superación del
neoliberalismo, mientras que gran parte de los ambientalismos continúan
convencidos de que los progresismos seguirán apostando por políticas
neodesarrollistas que terminan por converger con el neoliberalismo.
Volviendo al
campo de la producción de conceptos-puente entre izquierdas y ecologismos, en
América Latina existe una reflexión sobre «lo común» que tiene raíces propias,
distintas del mencionado debate europeo. No es parte de una teoría general,
sino de prácticas y luchas concretas de pueblos indígenas, campesinos y
movimientos sociales, esto es, de la defensa de los comunes. Pero esta
reflexión más empírica se articula con otros conceptos, como el de
«comunalidad» y, sobre todo, «posextractivismo», elaborado en la estela del
concepto de «posdesarrollo». El posextractivismo es concebido como una puerta
de entrada para la superación de la dependencia de la extracción intensiva de
recursos naturales (minería, hidrocarburos, agroindustria) en América Latina. Para
algunos autores, el posextractivismo es una alternativa al modelo de desarrollo
basada en el buen vivir, que abandona el extractivismo clásico (depredador y
exportador) y avanza hacia una transición justa y sostenible, basada en
economías diversificadas, con soberanía territorial, justicia ambiental,
democracia deliberativa y valoración de los bienes comunes13. Para otros, es un horizonte político que se conecta con la necesidad
de transiciones ecosociales justas que articulen en un nuevo paradigma de
justicia social con justicia ambiental14. Todas estas posiciones rechazan el neoextractivismo como patrón de
acumulación y proponen moratorias de proyectos extractivos, defienden la
soberanía de los pueblos sobre sus territorios y proponen una salida ecológica
y social que combine decrecimiento selectivo de los países ricos, democracia deliberativa,
economías locales y agroecológicas y derechos de la naturaleza.
En suma, pese
a los retrocesos políticos, la noción de pos-extractivismo continúa siendo un
eje a partir del cual pensar una agenda de transición ecosocial, desde un nivel
multiescalar. Una de las propuestas más recientes es la que, junto con otros
activistas e intelectuales, lanzamos desde el Pacto Ecosocial e Intercultural
del Sur, un colectivo de carácter latinoamericano creado en 2020, que busca
disputar sentidos en torno de la transición ecosocial en un escenario de
policrisis civilizatoria, a través de diferentes inflexiones y agendas, tanto a
escala global como regional y nacional15. En tanto apuesta ecosocial, económica e intercultural pergeñada desde
el Sur, rechaza que América Latina continúe siendo hablada y pensada solo desde
el Norte, sobre todo cuando se trata de propuestas de transición ecosocial, que
por lo general no colocan en el centro la cuestión de la deuda ecológica ni el
posextractivismo, y en algunas ocasiones tampoco van más allá de la
descarbonización de las sociedades, ni cuestionan el modelo productivo ligado
al agronegocio. Se trata de una plataforma colectiva que invita a construir
imaginarios sociales esperanzadores, a acordar un rumbo compartido de la
transformación y a crear una base para espacios de lucha en los más diversos
ámbitos de nuestras sociedades16.
En sintonía
con esta plataforma regional, en 2023 se creó en Argentina el Equipo
Transiciones, concebido como un «equipo de equipos», que asume como desafío la
elaboración de propuestas de transición ecosocial, las cuales vienen de la mano
de conceptos como el de «transición energética justa y popular», «deuda
ecológica», «sistema integral de cuidados» y «Estado ecosocial», entre otros17. La propuesta de crear un Estado ecosocial que asuma los riesgos
sociales y ambientales confronta directamente con las políticas
ultraneoliberales, pero se distancia también de la visión del Estado de
bienestar europeo y los populismos latinoamericanos. La reflexión sobre el
Estado ecosocial cuenta con los aportes del economista Rubén Lo Vuolo, del
Equipo Transiciones, quien lo define como
[Una] nueva
forma de organización social cuyo objetivo es satisfacer las necesidades
humanas de las personas, dentro de los límites que imponen las fronteras
planetarias. Un sistema institucional y políticas públicas cuya función es
garantizar que todas las personas accedan a los elementos necesarios para
continuar con la reproducción de su vida en nuestras sociedades, sobre bases
igualitarias y bajo dos criterios simultáneos: equidad/justicia y
sostenibilidad/suficiencia.18
Lejos de
tratarse de propuestas abstractas, tanto el Pacto Ecosocial como el Equipo
Transiciones entroncan su reflexión con las luchas ecoterritoriales, los
procesos de re-existencia y los conceptos-horizonte ya mencionados, forjados en
las últimas décadas en el Sur global y en América Latina en particular.
Asimismo, apuntan a generar un diálogo descolonizador con otras propuestas de
izquierda, como el decrecimiento y otras alternativas sistémicas.
Conceptos-puente
y desafíos
En el Norte
global, las izquierdas marxistas ampliaron su horizonte de reflexión, tanto en
lo que se refiere a los conceptos para entender la crisis socioecológica como
en la búsqueda de un programa alternativo ecosocialista. En la actualidad, las
múltiples dimensiones de la crisis muestran la consolidación de un «modo de
vida imperial», que impulsa el aceleramiento del metabolismo social del capital
(la exigencia de materias primas y de energía) y, por ende, empuja aún más al
colapso ecológico. A raíz de ello, no es casual que dentro de las filas del
marxismo se debata cada vez más abiertamente un tema tan controvertido como el
decrecimiento, lo que antes parecía ser una suerte de tabú. Por su parte, en
América Latina, la necesidad de articular izquierdas con ecologismo nació con
las críticas al desarrollo, pero se expandió con las grandes movilizaciones
antineoliberales de principios del siglo xxi, primero, y la consolidación
del neoextractivismo, después. Nuevas categorías asomaron, en ese cruce que
busca hibridar cosmovisión comunitaria indígena con la práctica de cuidado y
defensa de los territorios, desde un paradigma ecofeminista que acentúa la
relacionalidad y la interdependencia de la vida.
Cabe señalar,
sin embargo, que existe un escaso diálogo entre las perspectivas ecomarxistas y
las propuestas de alternativas al extractivismo. Las asimetrías epistémicas
prevalecen; más allá de que ciertas categorías –como Capitaloceno o fractura
metabólica– recorran el lenguaje de la ecología política latinoamericana, no
sucede lo mismo con el léxico político-conceptual de la región, que raramente
es invocado desde el Norte global. Por supuesto, hay excepciones, puentes que
se tienden y líneas de cruces que van marcando senderos comunes. Así, en 2008,
Michael Löwy publicó la Declaración Ecosocialista de Belém e impulsó la
creación de una Red Ecosocialista, tanto a escala internacional como en Brasil,
su país de origen, buscando la articulación con movimientos como el Movimiento
Sin Tierra (mst) y expresiones partidarias de izquierda. Pero como sostiene la
socióloga brasileña y activista ecosocialista Sabrina Fernandes, para avanzar
en la generación de un nuevo paradigma ecosocialista, hay que dejar de separar
demandas «rojas» y «verdes», para integrarlas en una misma lucha y un único
paradigma19. Sin duda, uno de los grandes desafíos del ecosocialismo es la
elaboración de una nueva teoría del Estado, en consonancia con una planificación
democrática que asuma la confrontación con las narrativas tecnocráticas del
«capitalismo verde» y no caiga en los errores del pasado (ya sea el viejo
Estado de bienestar europeo o el colectivismo soviético). En esa línea, sería
interesante conectar estas propuestas con la reflexión sobre el Estado
ecosocial.
Asimismo, hace
años se inició el diálogo entre posextractivismo y decrecimiento, tal como lo
puso de relieve el libro publicado conjuntamente en 2017 por Alberto Acosta
(ex-presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y actual miembro del
Pacto Ecosocial) y Ulrich Brand20. En él, buscaban profundizar las características de los contextos
divergentes que dieron origen a estos conceptos. No obstante, también afloraban
preocupaciones acerca de las ambivalencias y limitaciones del concepto de
decrecimiento, en su cuestionamiento de la lógica de dominación o, incluso, en
la persistencia de una visión antropocéntrica, que no necesariamente cuestiona
la división sociedad-naturaleza. En la misma línea, se reconocía que en América
Latina las propuestas del buen vivir no fueron acompañadas de un decrecimiento
(en el sentido de desmaterialización, desmercantilización y descentralización).
Esto ha tenido continuidad en el diálogo entablado entre el Pacto Ecosocial e
Intercultural del Sur y las redes de decrecimiento en la región de Cataluña y
el Foro Transiciones impulsado, entre otros, por la red Ecologistas en Acción de
España.
Como hemos
señalado con Breno Bringel, el decrecimiento en los países del Norte es una
exigencia de justicia global, en el contexto de un planeta ya dañado21. Son varios los autores (Giorgos Kallis, Federico Demaria, Jason
Hickel, entre otros) que sostienen que el decrecimiento es también una
exigencia de descolonización: «Los países del Sur deben ser libres para
organizar sus recursos y su trabajo en torno de la satisfacción de las
necesidades humanas y no en torno del servicio del crecimiento del Norte»22. La reducción de la presión sobre los bienes naturales podría abrir «espacio
conceptual» 23 en el Sur global y potenciaría el proceso de liberación cognitiva,
necesario para transitar hacia el posextractivismo, en países tan atravesados por
un imaginario eldoradista y una economía extractivista. Esto
no implica que el Sur deba reivindicar su «derecho al desarrollo», porque
efectivamente es el desarrollo el que nos está empujando actualmente hacia el
colapso. En esa línea, cualquier izquierda que apueste por pensar alternativas
al desarrollo desde una perspectiva integral deberá hacerlo desde las bases de
una nueva economía política crítica, la cual solo es posible si se aceptan las
fronteras planetarias. O, dicho de otro modo, es crucial que la economía
política se conecte y converja con la economía ecológica, de gran desarrollo
tanto en el Norte como en el Sur global. Esto aparece tanto más desafiante y
necesario en el actual escenario de pujas interimperiales, en el cual los
países del Norte global y aquellos emergentes pujan por obtener un acceso
rápido a los minerales críticos, en nombre de la transición energética y
digital y, sobre todo, para abastecer la creciente demanda de la industria
militar, en tiempos de multiplicación de los conflictos bélicos y destrucción
del viejo orden internacional.
En una época
en la que se liberan y buscan legitimar las fuerzas de la desigualdad, de la
mano de tecnomagnates y derechas radicales que pujan abiertamente por un cambio
de régimen político incompatible con el respeto de los derechos humanos y la
democracia, las izquierdas necesitan abandonar la zona de confort y abrirse a
la imaginación radical. Necesitamos de nuevos conceptos y de articulaciones
políticas entre el Norte y el Sur global que abran el espacio a una verdadera
conexión de narrativas de futuro, igualitarias y deseantes, con propuestas
transformadoras multiescalares en el plano de la justicia social, ambiental,
étnica y de género. No es posible quedarse anclado en la resignación y la pasividad,
ante la acelerada política de destrucción y deshumanización de las derechas
radicales. Las izquierdas deben asumir de una vez por todas el paradigma
ecosocial como punto de partida y al mismo tiempo como horizonte utópico, sin
selectividades epistémicas ni nostalgias del pasado.
- 1.
Joel Kovel y
Michael Löwy: «Manifeste écosocialiste international», París, 9/2001. V. tb.:
Sigifredo Romero Tovar: «La alternativa ecosocialista. Una entrevista con
Michael Löwy» en Análisis. Revista Colombiana de
Humanidades vol. 52 No 97, 2020.
- 2.
Michael
Löwy: Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica
capitalista, Buenos Aires, Herramienta, 2021, p. 23.
- 3.
James
O’Connor: «Las dos contradicciones del capitalismo» en Ecología
Política No 3, 1992.
- 4.
John Bellamy
Foster: La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza, Barcelona,
El Viejo Topo, 2004.
- 5.
Andreas
Malm: El capital fósil. El auge del vapor y el calentamiento global,
Madrid, Capitán Swing, 2020.
- 6.
Jason W.
Moore: «El auge de la ecología-mundo capitalista (II). Las fronteras
mercantiles en el auge y decadencia de la apropiación máxima» en Filosofía,
Política y Economía en el Laberinto No 39, 2013.
- 7.
Christian
Laval y Pierre Dardot: Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI,
Barcelona, Gedisa, 2015, p. 21.
- 8.
Pierre Dardot
y Christian Laval: Instituer le monde, París, La Découverte, 2025.
Agradezco, en relación con esta parte del artículo, los comentarios de Dardot.
- 9.
Ulrich Brand y
Markus Wissen: Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica
del capitalismo, Buenos Aires, Tinta Limón, 2021, pp. 74-75.
- 10.
Sobre el tema,
v. Maristella Svampa: Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo,
dependencia y populismo, Buenos Aires, Edhasa, 2016, cap. 2, parte I.
- 11.
Pueden
destacarse los aportes pioneros de Eduardo Gudynas, Alberto Acosta, Edgardo
Lander, Horacio Machado Aráoz, Emiliano Terán Mantovani, Tatiana Rosa Avendaño
y la autora de este artículo, además de las publicaciones del Grupo Permanente
de Alternativas al Desarrollo, impulsado por la sede andina de la Fundación
Rosa Luxemburgo, a partir de 2011.
- 12.
Es el caso,
por ejemplo, del entonces vicepresidente de Bolivia, el sociólogo Álvaro García
Linera, autor de Geopolítica de la Amazonía. Poder hacendal-patrimonial y
acumulación capitalista, La Paz, Vicepresidencia del Estado, Presidencia de la
Asamblea Legislativa Plurinacional, 2012.
- 13.
Eduardo
Gudynas: «Más allá del nuevo extractivismo: transiciones sostenibles y
alternativas al desarrollo» en Fernanda Wanderley (coord.): El
desarrollo en cuestión. Reflexiones desde América Latina, La Paz, Oxfam /
CIDES-UMSA, 2011; Alberto Acosta y Ulrich Brand: Decrecimiento y
posextractivismo, Buenos Aires, Tinta Limón, 2017.
- 14.
Maristella
Svampa y Enrique Viale: El colapso ecológico ya llegó, Buenos
Aires, Siglo XXI Editores, 2020, y Transição ecossocial justa: uma
perspectiva do Sul Global, San Pablo, Elefante, 2025.
- 15.
«Presentación
del Pacto Ecosocial del Sur. Por un Pacto Social, Ecológico, Económico e
Intercultural para América Latina» en Clacso TV, 24/6/2020,
disponible en www.youtube.com/watch?v=3jedqtgef7s.
- 16.
V. https://pactoecosocialdelsur.c... y «Hacia un gran Pacto Ecosocial y Económico en
Argentina», disponible en https://pactoecosocialyeconomico.blogspot.com/.
- 17.
El Equipo
Transiciones reúne a una treintena de personas, entre grupos de investigación,
académicos y activistas de carácter federal, con el objetivo de proponer una
hoja de ruta para la transición ecosocial justa desde Argentina, en diálogo con
organizaciones sociales y políticas. V. su sitio web equipotransiciones.org y Maristella Svampa et al.: ¿Cómo
reconstruir el país que nos queda? Propuestas para una agenda de transformación
justa y popular, Buenos Aires, Fundación Rosa Luxemburgo, 2026.
- 18.
Ver Rubén Lo
Vuolo: Por un Estado ecosocial. Ideas para proteger la sociedad en un
mundo catastrófico, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2026.
- 19.
Sabrina Fernandes: «Environmental Contradictions:
The Need for an Ecosocialist Paradigm on the Brazilian Left» en Robert Latham,
A.T. Kingsmith, Julian von Bargen y Niko Block (eds.): Challenging the
Right, Augmenting the Left, Halifax, Fernwood, 2020.
- 20.
Alberto Acosta
y Ulrich Brand: ob. cit.
- 21.
Breno Bringel
y Maristella Svampa: «Del ‘Consenso de los Commodities’ al
‘Consenso de la Descarbonización’» en Nueva Sociedad No
306, 7-8/2023, disponible en nuso.org.
- 22.
Jason Hickel: «The Anti-Colonial Politics of
Degrowth» en ScienceDirect vol. 88, 2021.
- 23.
Giorgos
Kallis: «La alternativa del decrecimiento» [2015] en Climaterra.org, 24/4/2020.

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