A 60 días de los terremotos en La Guaira, las zonas más afectadas enfrentan lentitud en la reconstrucción, refugios en crisis y la búsqueda de desaparecidos.
La Gran Aldea, 25
AGOSTO 2026
Han
transcurrido 60 días desde que el suelo tembló en Venezuela, pero la tragedia
aún se ve y se siente en Catia la Mar, Urimare, Caraballeda y Tanaguarena, las
cuatro parroquias más golpeadas del estado Vargas —hoy La Guaira—, en la región
centronorte del país. La mayoría de los afectados todavía espera una respuesta,
mientras resuenan las historias de quienes continúan en busca de sus seres queridos.
Allí, aunque la vida intenta recuperar su ritmo, nada ha vuelto a ser igual.
Han
transcurrido 60 días desde que el suelo tembló en Venezuela, pero la tragedia
aún se ve y se siente en Catia la Mar, Urimare, Caraballeda y Tanaguarena, las
cuatro parroquias más golpeadas del estado Vargas —hoy La Guaira—, en la región
centronorte del país. La mayoría de los afectados todavía espera una respuesta,
mientras resuenan las historias de quienes continúan en busca de sus seres
queridos. Allí, aunque la vida intenta recuperar su ritmo, nada ha vuelto a ser
igual.
—¿Cómo viste
La Guaira la última vez que fuiste?
—La vi
bastante sola.
No habían
transcurrido 24 horas desde la tragedia cuando Santiago Martínez, corresponsal
internacional, llegó a Vargas para cubrir lo ocurrido. El panorama que encontró
no coincidía con los recuerdos que había acumulado desde niño. Santiago, un
caraqueño de 44 años, ha viajado incontables veces a las playas de La Guaira,
pero lo que vio aquella mañana del 25 de junio no se parecía a nada que hubiera
visto antes, ni como turista habitual de aquellas costas ni como periodista.
—Me impactó
mucho ver que esos grandes edificios de Catia la Mar y Playa Grande ya no
estaban o estaban medio caídos. Fue impresionante ver cómo el paisaje cambió
totalmente. Era una Guaira distinta, era la que yo conocí o vi —relata el
periodista, quien dos meses después de los dos terremotos consecutivos, de
magnitudes 7,2 y 7,5, ocurridos el 24 de junio, continúa viajando a la zona
para cubrir la tragedia. El panorama no ha cambiado mucho, pero sí el contexto
que lo rodea.
Esa soledad de
la que habla se percibe alrededor de las estructuras colapsadas o parcialmente
colapsadas, donde todavía es posible mirar dentro de lo que alguna vez fue un
hogar, un comercio, una oficina o un restaurante. También se siente en los
terrenos baldíos donde los escombros ya fueron removidos por completo y los
sobrevivientes o familiares dejaron de acudir porque ya no queda nada que
recuperar ni a nadie a quien encontrar. Sin embargo, esos terrenos
completamente despejados son todavía una minoría.
Hasta el 24 de
agosto, según declaraciones de Delcy Rodríguez, 600.790 toneladas de escombros
habían sido retiradas de las zonas afectadas, apenas 28 % del total estimado.
Además, se calcula que solo 2 % ha sido procesado en los CDT (Centros de
Distribución Temporal). Se estima que los trabajos de remoción de escombros se
prolonguen por al menos un año.
60 días
después, se contabilizan al menos 6.500 personas fallecidas, cerca de 20.000
que perdieron sus viviendas y, en total, unas 212.000 personas afectadas.
Mientras tanto, las autoridades oficiales siguen sin hablar de cifra de
personas desaparecidas.
Sensación
de soledad
—¿Has ido a La
Guaira?
—Sí, fuimos
recientemente.
—¿Qué te
sorprendió más?
—La soledad.
A comienzos de
agosto, un grupo de arquitectos, liderado por Franco Micucci, viajó a Vargas.
Entre ellos estaba Óscar Nieto, a quien le sorprendieron tanto los derrumbes
como la soledad que encontró en el lugar. Tras el tiempo transcurrido, el
regreso de la cotidianidad sigue siendo discreto. La destrucción parece haber
dejado un vacío y un silencio que arropa el lugar.
—Quedé con esa
sensación de soledad, no solo porque había disminuido la cantidad de apoyo de
rescatistas o personas en la zona, sino también por el vacío de la muerte
simbólica de un lugar —describe Óscar.
La ausencia
también se percibe en los comercios que no han vuelto a abrir o en aquellos
que, aún abiertos, reciben pocos o ningún cliente; en los puertos pesqueros,
donde no hay a quién venderle pescado; en las barriadas, donde también hubo
afectaciones y muchos vecinos fueron desalojados; en las largas avenidas que
ahora lucen solitarias, tanto de transeúntes como de vehículos circulando, y en
las playas que no tendrán bañistas hasta nuevo aviso. Además, el nivel de ayuda
ya no es el mismo.
Los
refugios itinerantes
En La Guaira
aún quedan refugios itinerantes, término empleado por la administración
nacional para referirse a los espacios donde, en primera instancia, fueron reubicadas
las personas que quedaron sin vivienda. Suelen ser áreas al aire libre en las
que fueron instaladas numerosas carpas.
El segundo
paso es el traslado a uno de los 107 refugios transitorios, a donde han sido
trasladadas más de 23 mil personas, según datos oficiales actualizados hasta
julio. No obstante, casi 100 personas permanecen en una escuela dentro del
urbanismo Hugo Chávez, a la espera de saber qué pasará con ellos. Allí, un
grupo numeroso se mantiene en carpas improvisadas, expuestos al calor y la
lluvia, mientras otros están dentro de las instalaciones del centro educativo.
Allí conviven
numerosas realidades. Hay quienes pueden procurarse alimentos cuando no llega
ayuda, aunque no siempre. Mientras que para otros, la primera comida del día depende
de la hora a la que comienzan a llegar las donaciones. Ya era mediodía cuando
un grupo de particulares llegó a esta escuela con 400 perros calientes, ropa y
kits de higiene. Mientras las personas recibían los alimentos, Gabriela Azuaje,
integrante del equipo, escuchó a varios decir que, hasta ese momento, no habían
comido.
—Hay personas
que sacrifican sus alimentos o bebidas para dárselos a los niños. Pueden durar
todo un día sin comer porque no saben si al día siguiente llegará más ayuda—,
cuenta Gabriela.
¿Y la
reconstrucción?
La Oficina de
las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) estima,
de forma preliminar, daños directos en viviendas e infraestructuras por
aproximadamente 37 millones de dólares. Al respecto, Alejandro Grisanti,
director y fundador de Ecoanalítica, calcula que reconstruir La Guaira tiene un
costo cercano a los 6.500 millones de dólares, un monto que excede la capacidad
de financiamiento del fisco nacional.
—El Estado
venezolano está muy limitado para poder liderar la reconstrucción por
diferentes razones: está en cesación de pagos y no va a tener acceso en el
corto plazo a los préstamos de los multilaterales, y tenemos un Estado
sancionado—, explica el economista.
Una de las
deudas que mantiene el Estado venezolano es con el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID), se estima en casi 3.000 millones de dólares. El organismo es,
además, uno de los agentes multilaterales que más ayuda a los países de América
Latina ante este tipo de tragedias. A pesar de las recientes licencias y
flexibilizaciones aplicadas, principalmente por Estados Unidos, sobre algunas
sanciones, expertos como Grisanti no visualizan su eliminación en el corto o
mediano plazo.
Pero
reconstruir una ciudad no consiste únicamente en volver a levantar lo que se
cayó. Para el arquitecto Franco Micucci, la reconstrucción debe plantearse
sobre la idea de hacer un mejor trabajo: “igual a lo que había, pero mejor”.
Hace énfasis, además, en la importancia de contar con planes de ordenamiento
territorial y planificación urbana.
En su oficina
conserva, en físico, el famoso estudio que un grupo de japoneses entregó a Hugo
Chávez en 2005 y que luego fue engavetado. Micucci explica que aquel documento
incluye un análisis comparativo de los terremotos ocurridos en Venezuela en
1812 y 1967, un trabajo minucioso que, asegura, debe repetirse ante esta nueva
tragedia.
—La tragedia
enseñó mucho, pero se nos olvidó rápido, y lo más peligroso de no aprender de
la historia es que puedes volver a cometer el mismo error, y eso sí es
injustificable—, advierte el arquitecto.
Mientras
tanto, La Guaira sigue buscando a sus muertos
Entre las
ruinas de las torres OPPPE-26 (Oficina Presidencial de Planes y Proyectos
Especiales) transcurren los días de Maryori Brito, de 49 años. Aquel 24 de
junio fue rescatada de entre los escombros. 55 días después, encontró los
cuerpos de su hija, Christy Piñango Brito; de su nieto, Noah Isaac Medina
Piñango, y de su yerno, Yorky Medina. Pero entre las ruinas de la OPPPE-26, su
búsqueda continúa. Su esposo, Maikel Joel Romero Rumbo, y su hijo, Christian
José Piñango Brito, siguen sin aparecer.
Maryori ha
escuchado de quienes manejan la maquinaria que, en aproximadamente un mes y
medio, comenzarán a remover con maquinaria pesada lo que queda de los
escombros. Estos rumores preocupan a los familiares que, al igual que ella,
mantienen una última esperanza: recuperar los cuerpos de sus seres queridos
para darles un descanso digno y poner fin a sus incansables búsquedas.
—Uno siempre
va a tener el dolor—, dice Maryori.
Este texto
forma parte de un especial de La Gran Aldea a dos meses de los terremotos que
cambiaron para siempre el paisaje y la vida de La Guaira. Para conocer más
sobre las historias de quienes siguen viviendo las consecuencias de la tragedia,
escuchar a los expertos y recorrer junto a nosotros las zonas más afectadas, te
invitamos a ver nuestro documental La soledad de La Guaira: un estado
en espera.
https://laldea.site/2026/08/25/la-soledad-de-la-guaira-un-estado-en-espera/

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