La escritura sobre la naturaleza muestra una de las ambiciones más desmedidas de la literatura: la de intentar escapar de la experiencia humana para entender otras formas de ser.
Esta es la undécima entrega de Palabras latinoamericanas, una serie que busca entender el presente de la región a través de la literatura, y viceversa, a partir de palabras clave.
Por pesimista
o cínica que sea, toda literatura, incluso a su pesar, se muestra fascinada con
la existencia del ser humano, con esos conflictos y pequeñas miserias que ella
se encarga de complejizar, engrandecer y, justamente, de convertir en materia
literaria. En este sentido, la escritura sobre la naturaleza muestra una de las
mayores limitaciones de la literatura, pero también una de sus ambiciones más
desmedidas: la de intentar escapar de la experiencia humana para entender o,
mejor aún, experimentar otras formas de ser; concretamente, la de los otros
seres vivos que habitan el planeta. Por supuesto, en ello fracasa, pues resulta
mucho más sencillo exterminar otras formas de vida que comprenderlas. No
obstante, el consuelo que brinda este fracaso no es poca cosa: mostrar cómo nos
relacionamos con toda vida que no es la nuestra.
El resultado,
como podrá comprobar quien lea los libros incluidos en este texto o se asome a
la realidad, resulta catastrófico. Si hoy en día la conciencia ecológica está
cada vez más extendida, se debe a que la aniquilación del mundo natural amenaza
la existencia del humano, y no a la súbita creación de una cultura del respeto
que conciba a la naturaleza como algo más que un bonito e interesante conjunto
de recursos a nuestro servicio, listo para ser explotado. De hecho, en las
fantasías tecnoutópicas tomadas con seriedad en los círculos de poder, se
considera más factible colonizar otros planetas para expandir el progreso
destructivo del ser humano –aunque este impulso, a la que hoy se considera
consustancial a la especie, apenas tenga unos cuantos siglos de ser creada– que
implantar un modelo sostenible que privilegie la supervivencia sobre el
crecimiento. Tolstói sentenció que “cuando los hombres miran un bosque solo ven
leña”, y todo parece indicar que seguimos atrapados en esa mirada utilitarista
y suicida.
La cita
anterior la tomé de Guerras del interior (2019), del peruano
Joseph Zárate, una crónica que, con rigor cuantitativo, curiosidad viajera y
estilo literario, muestra tres diferentes rostros del ecocidio en Perú,
resumidos en los sucintos títulos de sus tres capítulos: madera, oro y
petróleo. Zárate viaja a los “espacios vacíos” de los mapas, esas zonas en las
que no se destaca ninguna población, con lo que se brinda la impresión de que
allí no hay nada, salvo un vacío que necesita llenarse con civilización. El
peruano se entrevista con defensores del territorio y con representantes de
poblaciones autóctonas para brindar una idea del asedio que padecen por la
industria explotadora de recursos, pero también para mostrar que otras formas
de convivencia –tanto entre los seres humanos como entre estos y la naturaleza–
han existido siempre y se siguen creando, aunque ellas también buscan ser
exterminadas: como él mismo recuerda, cada semana al menos dos ambientalistas
son asesinados.
La crónica
invita al pesimismo más documentado por medio de datos que confirman que la
destrucción de la naturaleza va de la mano con la de la sociedad, como que el
ochenta por ciento de la madera comercializada en Perú fue talada ilegalmente o
que siete de cada diez conflictos sociales en ese mismo país son causados por
la explotación de recursos naturales. Pero Zárate también, en un panorama tan
sombrío, tiene la virtud de conservar la capacidad de asombro y brinda
información fascinante, como que el oro contenido de las entrañas de la Tierra
llegó del espacio en una lluvia de meteoritos hace tres mil novecientos
millones de años o que si se fundiera la totalidad del oro explotado a lo largo
de la historia apenas alcanzaría para llenar cuatro albercas olímpicas. De esta
forma, el lector se indigna y se hunde en el desasosiego ecológico, del cual es
difícil salir en los tiempos que corren, pero también se maravilla por la forma
en que Guerras del interior muestra varios de los mundos
contenidos en este mundo, y de la posibilidad que se vislumbra de construir
otro, basado en la sensatez básica de la conservación.
También desde
la crónica, pero en su caso de la más autobiográfica, el mexicano Andrés Cota
Hiriart narra, en Fieras familiares (2022), su relación con
distintas especies en peligro de extinción, sobre todo con los adorables –para
él– reptiles. El libro se divide en dos partes, una dedicada a la infancia y
otra a la adultez, que comparten –sin que importe la diferencia de edad– la
ambición de saber y el amor por la naturaleza. Leídas en conjunto, ambas
resultan conmovedoras a su manera; la primera por conocer a un Cota Hiriart
niño que colecciona, clasifica y estudia como un diminuto naturalista, y la
segunda por revelar al autor ya adulto que recorre el mundo con la curiosidad
del niño. Lo que unifica, además, a ambas partes es un sentido del humor
esplendoroso que contrasta con las aseveraciones difíciles de rebatir sobre la
escala de las extinciones animales provocadas por el ser humano y sobre el
curso muy probablemente irreversible que ha tomado la destrucción del planeta.
Siempre se puede asistir al apocalipsis con una sonrisa sardónica.
De niño, con
la obsesión y la minuciosidad de los coleccionistas, Cota Hiriart empieza a
adquirir insectos y reptiles hasta que, dentro de sus respectivas peceras, se
acaban adueñando de su casa, ante la resignada permisividad de su madre. Hay
varios episodios que, más que en un gabinete de curiosidades, merecerían
figurar en una antología del humor, pero la anécdota de cómo su querida boa
intentó comerse al niño Cota Hiriart y cómo este fue salvado por su madre y su
pareja es, en una literatura saturada de yos solemnes, una de las más
hilarantes que se han escrito en un continente atosigado con sus diferentes
violencias como para encontrar un espacio para reírse de sí mismo. Los viajes
de la segunda parte –a Borneo, a las Galápagos, a Komodo o a la desconocida e
inaccesible Isla Guadalupe de México, siempre en busca de una especie
legendaria– conservan este humor abierto al conocimiento y, más que como un
explorador anticuado a la National Geographic, el viajero se
asume como un turista torpe más. Quizás Cota Hiriart podría haber explorado más
a fondo la dolorosa paradoja de su formación como naturalista –el haber
aprendido a amar a los animales comprando y traficando algunas veces especies
prohibidas– y de su identidad como viajero –cooperar con la destrucción de los
entornos que visita al formar parte de la industria turística–, aunque tampoco
intenta engañar a nadie, y si escribo esta observación es con base en los
elementos que él mismo brinda para hacerla.
Ya desde la
ficción, con un espíritu de denuncia que puede derivar en algo más, existen
varias novelas centradas en los crímenes cometidos por las empresas en su
perpetua búsqueda de territorios por arrasar. Quizá sea la forma más evidente y
en cierta forma más necesaria –creyendo en un cada vez más ilusorio poder de
intervención de la literatura– de tratar el tema de la naturaleza. También es
un conflicto que –con sus empresarios inescrupulosos, sus héroes ecologistas y
sus escenarios pintorescos– se presta a la novela casi policiaca, que por
motivos obvios siempre gira en torno de un crimen y no de la reinserción social
del delincuente. Un ejemplo sería la ágil El país de Toó (2018), del
guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, que imagina una comunidad maya autogestiva que,
como una pequeña utopía, concibe formas más sostenibles y equitativas de
convivencia. Sin embargo, la comunidad pasa a un segundo plano en la misma
novela frente a las conspiraciones de los políticos que se reparten el país, lo
que refleja narrativamente, a saber si de forma intencional, lo que sucede en
la realidad.
Más
interesante resulta El diablo de las provincias (2017), del
colombiano Juan Cárdenas, novela que cuenta el retorno de un biólogo a su
capital de provincia tras haber estudiado en el extranjero. Pronto el biólogo,
que tras los años de ausencia no entiende nada de lo que ocurre a su alrededor,
se ve envuelto en tramas e intrigas que no alcanza a descifrar, con lo que se
confirma que la paranoia siempre es justificada y lo único que varía es el momento
en que se revela que todos lo perseguían. También hay empresarios
delincuenciales –esta vez relacionados con el monocultivo de la palma, “una
plaga dentro de una plaga dentro de una plaga”– y extraños experimentos
científicos, pero más allá de la trama, lo apasionante de la novela radica en
la atmósfera que la envuelve, como si el mundo fuera de pronto un experimento
maligno que alguien está llevando a cabo con fines desconocidos y seguramente
inconfesables, como de hecho lo es si se observa la teoría de la evolución con
un poco de paranoia: “Digamos que la naturaleza no deja de inventar cosas, pero
buena parte de lo que inventa es inútil durante milenios y no es raro que una
adaptación se atrofie o, al revés, que cambie de utilidad”.
Uno de los
intentos más radicales por sortear la inevitable antropomorfización de la
naturaleza cuando se escribe sobre ella se debe al reciente Solo un
poco aquí (2023), de la colombiana María Ospina Pizarro. Las
narraciones están protagonizadas por animales –un par de perras, un escarabajo,
un puercoespín– y las inesperadas andanzas a las que se ven sometidos por el
ambivalente contacto con humanos: o son abandonados o son rescatados, pero su
suerte ya es decidida por la especie que decidió que era superior a las otras.
Al centrarse en la experiencia de estos protagonistas, Ospina Pizarro se ve
obligada a eludir el tono característico de los géneros que lo han hecho
durante siglos, como la fábula o el cuento infantil. Por suerte, no hay
moralejas ni osos que hablan en sus relatos, que se mantienen imposiblemente
realistas.
El resultado
es más que interesante, pues sin contar grandes hazañas el texto logra crear un
extraño suspenso, fundamentado en el intento de ver el mundo desde otro punto
de vista, el de los seres con los que no compartimos la cultura, pero sí el
instinto, la experiencia de la vida y la certeza de la muerte. Además de una
prosa meditada e incluso diría que hospitalaria, lo que ya resulta una
reivindicación por sí misma, Solo un poco aquí recupera la
vieja noción de que la literatura permite ver la realidad desde otra mirada, en
este caso la animal, lo que la convierte en un experimento atrevido y logrado.
Si escribir
desde el punto de vista animal resulta todo un reto, hacerlo desde el vegetal
es casi inconcebible. A reserva de que surja alguna novela vegetal, el también
colombiano Efrén Giraldo ha publicado el Sumario de plantas oficiosas (2024),
conjunto de ensayos centrado sobre diferentes aspectos de las plantas y –parece
ser que no hay otra forma de hacerlo– y su relación con el ser humano. Desde la
forma en que las plantas han viajado junto con los hombres para invadir y
colonizar ellas también nuevos territorios hasta el herbario de Emily Dickinson
y su relación con la poesía, Giraldo, como una planta que se extiende sin
dirección definida pero sugerente al ocupar un espacio y crear una nueva
geometría, toma un tema como excusa para abandonarlo lo antes posible en nombre
de la digresión erudita o autobiográfica. Escrito durante la pandemia de
covid-19, el Sumario se convirtió en el exterior que el
escritor necesitó para sobrevivir en el encierro, y se mantiene todavía como un
agradable jardín en el que pasear y perderse, pues su falta de un sendero claro
es su mayor atractivo y también algunas veces su mayor defecto, pues las
divagaciones constantes hacen que los textos pierdan una fuerza que claramente
nunca aspiraron a tener, pero que a veces se echa en falta.
Pocos
elementos de la realidad se prestan tan bien para la imaginación apocalíptica
como el cambio climático, gracias al cual las distopías han abandonado el
terreno de los fantástico para acercarse no a la literatura realista, sino al
reportaje, que presenta el fin del mundo tal y como lo conocemos como un hecho
casi noticioso, inevitable, que el escritor ya no tiene que imaginar sino que
proyectar a partir de los hechos presentes. Las distopías climáticas cada vez
son más abundantes y, mejores o peores, la mayoría tienen algo en común: la
naturaleza se muestra como una fuerza reactiva que, si resulta destructiva, es
por la intervención del ser humano. Estrictamente es verdad: el calentamiento
global se debe a las emisiones de carbono, casi el aliento, el soplo de vida y
muerte de la civilización contemporánea. De allí que resulte tan sugerente El
cielo de la selva (2024) de la cubana Elaine Vilar Madruga, donde la
naturaleza es protagonista, y no cualquiera, sino una especialmente cruel y
salvaje, con pretensiones divinas como los viejos dioses, aquellos que pedían
sacrificios sangrientos a cambio de dejar vivir un poco más a su criaturas,
aterradas y agradecidas a partes iguales.
Todo ocurre en
las ruinas de una hacienda, el escenario preferido de la novela romántica y
criollista latinoamericana, cuando el continente, lejos de derrumbarse,
presumía su frustrada entrada en la modernidad. Pero aquí los hechos ya no
ocurren en la bonanza de las plantaciones de María o de Doña
Bárbara, sino en una casona ya sin ínfulas productivas que más bien parece
un templo dedicado a un dios terrible: la selva. Es la selva la que exige a los
pobladores de la hacienda que le entreguen periódicamente niños en sacrificio,
lo que obedecen con una docilidad rutinaria y brutal. Con una sintaxis que
presenta el lenguaje alterado, también él deforme y hermoso como el nuevo orden
natural que describe, El cielo de la selva voltea nuestra
representación de la naturaleza para hacernos ver que estábamos equivocados y
que si nos concebimos el centro del mundo fue guiados por nuestra desmesurada
soberbia. Quizás, contra lo que habíamos creído, toda la destrucción que hemos
llevado a cabo y a la que seguimos abocados es simplemente una forma de huir de
nosotros mismos, de adorar a una divinidad a la que no nos atrevemos a mirar de
frente porque no existe o es solo una excusa para continuar el exterminio,
nuestra verdadera identidad. Quizá la naturaleza, con un costo altísimo también
para ella, acabe por extinguirnos como la ofrenda última que le ofrecemos, y la
historia de nuestra especie simplemente haya sido una prolongada ceremonia sangrienta
cuyo fin se encuentra cada vez más próximo.
La novela de
Elaine Vilar Madruga restituye a la naturaleza su dimensión sagrada, pero no en
la forma de un templo al que hay que respetar, sino como “un dios hambriento
como todos los dioses del mundo”. Se trata de las pocas novelas fantásticas que
tocan el tema de la naturaleza y, probablemente, sea la que mejor ha revelado
su verdadero rostro: aquel cuyas facciones nunca alcanzamos a entender
verdaderamente, pero que será el que presenciará nuestra desaparición. ~
19 diciembre 2024
EDICIÓN ESPAÑA
N° 290 / Noviembre 2025
AUTOR
https://letraslibres.com/literatura/federico-guzman-rubio-palabras-latinoamericanas-naturaleza/

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